En la oscuridad

El sol me está dando en la cara.

Hace un buen rato que lo sé, veo el velo rojo y brillante de mis párpados, y eso no me deja dormir. Y además, hay algo tirándome del pelo, una caricia áspera. Me desperezo lentamente, aún no sé dónde estoy, pero el sol es cálido y agradable y el sillón de piel es demasiado acogedor. Estiro la mano para tocar los dedos de mi acompañante, pero ahí no hay nadie. Nadie humano, porque unos ojos felinos, verdes, me miran con atención cuando abro los párpados. Es uno de los gatos de Crowley, una gata negra que no se aparta cuando le rasco la cabeza. Su ronroneo me devuelve poco a poco a la realidad mientras me incorporo y me quedo sentado en el sillón. La gata me mira y salta al suelo para subirse al piano y tumbarse ahí, en un charco de sol.

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Johnny

Como cada tarde, Sam apretaba el paso a la salida de la Escuela Secundaria para Señoritas Santa Brígida. Estaba nublado y la lluvia, perezosa, salpicaba los parabrisas de los coches. Ella y sus amigas caminaban rápido, deseando atravesar la verja que las encarcelaba durante ocho horas todos los días. Entonces, en la calle gris, bajo el cielo igual de gris, podrían ser libres. Al menos durante un rato. Más tarde, otra verja diferente, la de sus mansiones con jardín, las apresaría de nuevo.

—¿Lleváis las autorizaciones? —preguntó Amy.

Las otras dos chicas sacaron de los bolsillos el documento con el sello de la escuela y se lo mostraron.

—Le daré el mío a mi hermano para que lo falsifique.

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Irresistible

CAPÍTULO UNO

La noche en que Steve me empeñó como si fuera un reloj viejo, yo estaba bañándome en el piso de arriba. Eran las ocho de la tarde y mi número empezaba a las once, así que tenía tiempo de sobra para dedicarme un par de horas a mí misma. Entonces Steve entró sin llamar y me tiró una toalla a la cabeza, cargándose todo mi zen, mi ki y mi feng shui.

—Vamos, Alex, sal de ahí —me dijo—. Tienes que venir a un sitio.

Le miré con fastidio, pero no le hice caso. Nunca le hago caso, ni a él ni a nadie, y mucho menos a la hora de mi puto baño. Es mi momento y me gusta que respeten mi intimidad, así que le ignoré. Pero al cabo de un rato empezó a enfadarse. Me gritó. Le grité. Me tiró del pelo para sacarme a rastras de la bañera. Le solté un puñetazo… Y así durante un rato. Lo que viene siendo una pelea callejera, solo que conmigo en pelotas. Luego al fin, cedí y fui a vestirme. Media hora después, cuando llegamos al parking, yo tenía un ojo morado. Pero deberíais ver cómo estaba él.

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