Esclava liberada (Relato completo)

Como lectora, cada vez que termino una novela, paso la última página y cierro la contraportada, me asalta una curiosidad enorme por saber qué les deparará el futuro a los personajes sobre los que he estado leyendo. Me pregunto si serán felices, si tendrán hijos, ¿envejecerán juntos? ¿Seguirán amándose, o todo habrá sido una lucha inútil? Pienso en ellos como si fueran seres vivos porque para mí, mientras he estado sumergida en su historia, han sido tan reales como yo misma.

Días antes de empezar a escribir este relato, cuando ni siquiera estaba en mi cabeza hacerlo, eché una ojeada a Esclava victoriana. Faltaba apenas un mes para que cumpliera un año de vida (lo hizo el 12 de enero), y me pregunté exactamente lo mismo: ¿qué habrá sido de Malcolm y Georgina? ¿Quién mejor que yo para saberlo?

La idea echó raíces y germinó para convertirse en este relato que os ofrezco de manera gratuita, para que todas aquellas que también tengáis curiosidad por saber qué fue de Malcolm y Georgina, podáis saciarla.

Un beso a todas, mis perversas. Que sepáis que siempre os tengo en el corazón.

Sophie West.

 


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Esclava victoriana

El chantaje.

Londres, 1857.

—¿Así que no puede pagarme, Linus?

Linus Homestadd miró al hombre que estaba sentado al otro lado de la enorme mesa de roble y se pasó la lengua por los labios, nervioso. Tenía la boca seca debido al miedo, y las manos estaban empezando a temblar. Las cerró en puños, apretándolas para que no se diera cuenta de su estado.

Joseph Malcolm Howart no era una persona compasiva, y dirigía su casa de apuestas con una mano firme y dura, como si fuera un aristócrata medieval en su feudo particular.

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Descubriendo a Sarah

CAPÍTULO 1

—Paul, colega, necesito que te acerques a casa de mi madre. Ha preparado un paquete para mí y yo no puedo acercarme. —Paul se frotó la sien intentando disipar el dolor de cabeza que se había instaurado desde primera hora de la mañana.

—Vale, tío, sin problema. Dame la dirección y me paso esta tarde —contestó Simon haciendo equilibrismos para que el teléfono no se le cayera del hombro mientras se desnudaba para meterse en la ducha.

—Gracias, Paul. Y oye —le advierte—, no tengas sueños guarros con mi madre.

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Placer y obsesión

Primera parte: Encaje y seda

Sabía que aquello no estaba bien.

No solo por la diferencia de edad entre ambos, sino también por la relación profesional que manteníamos. Siempre me habían dicho que no era bueno mezclar los negocios con el placer, y hasta aquel momento me había mantenido fiel a las enseñanzas de mi padre en lo que al negocio se refería, pero caer en la tentación fue algo tan paulatino y gradual, que a duras penas fui consciente que lo hacía.

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