Johnny

Como cada tarde, Sam apretaba el paso a la salida de la Escuela Secundaria para Señoritas Santa Brígida. Estaba nublado y la lluvia, perezosa, salpicaba los parabrisas de los coches. Ella y sus amigas caminaban rápido, deseando atravesar la verja que las encarcelaba durante ocho horas todos los días. Entonces, en la calle gris, bajo el cielo igual de gris, podrían ser libres. Al menos durante un rato. Más tarde, otra verja diferente, la de sus mansiones con jardín, las apresaría de nuevo.

—¿Lleváis las autorizaciones? —preguntó Amy.

Las otras dos chicas sacaron de los bolsillos el documento con el sello de la escuela y se lo mostraron.

—Le daré el mío a mi hermano para que lo falsifique.

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