Mientras sonríes

Prefacio

Todo ocurrió con demasiada rapidez.
Estaba frente a Álvaro Ojeda, calibrándolo con los ojos, cuando vi esa sonrisa suya que ya me había puesto los pelos de punta cuando la había visto en las fotos que el teniente me había enseñado casi un año antes.
—¿Quieres probar la mercancía? —me dijo, y sus ojos oscuros relampaguearon un instante—. Adelante, no te cortes. Échate unas rayitas, invita la casa.
Había sido un duro y largo camino llegar hasta aquí, un camino que me había costado un año de mi vida. Álvaro era el mayor narcotraficante de Boston, un distribuidor a gran escala. No trataba con los camellos a pie de calle, sino con otras mafias y bandas a las que les hacía llegar el material para que ellos la distribuyeran. Trataba directamente con los cárteles colombianos y hacía de intermediario, llevándose un buen porcentaje por el trabajo. Si conseguíamos quitarlo de la ecuación, el movimiento de cocaína se detendría y durante mucho tiempo las calles de Boston estarían limpias. Y si teníamos suerte y lo convencíamos para testificar, quizá podríamos desmantelar la mayoría de mafias y bandas de la zona.

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Échale la culpa al karma

karmaCapítulo uno

No entiendo por qué tienen que pasarme a mí estas cosas. De verdad que no lo sé. Mi amiga Eugenia siempre me dice que tenemos que echarle la culpa al karma y después seguir con nuestras vidas tan ricamente, porque si intentamos analizar con profundidad los motivos por los que nos pasan ciertas cosas, acabaríamos pegándonos un tiro.
Y tiene razón.
Por eso he convertido la frase «échale la culpa al karma» en mi mantra personal, y voy murmurándola como una loca, al ritmo de Michael Jackson, mientras quito el polvo de las estanterías de mi tienda, Cosas necesarias, nombre que le puse en honor a Stephen King.
Claro que yo no soy como el señor Gaunt, ni voy provocando el caos allí por donde paso.
Mi tienda no es muy grande, pero me encanta. Tiene un aire de viejo muy retro, con las paredes pintadas de color blanco sucio, molduras en el techo, estantes de madera de color oscuro, y una lámpara de araña, de hierro negro, de esas que imitan las que antiguamente se usaban con velas en lugar de bombillas. La puerta de entrada y el pequeño escaparate es del mismo estilo, y todo es original, de cuando se inauguró la tienda en los años cuarenta; excepto el letrero que hay encima de la puerta, que tuve que encargar e insistí en que fuera parecido al que había originalmente, y que podía verse claramente en una foto de la época que encontré en el archivo municipal.

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Mientras esperas

Capítulo uno.

He odiado Nueva York desde que tengo uso de razón. Siempre me ha parecido una ciudad fría y cruel, como un enorme monstruo que nos está digiriendo poco a poco, encerrados en los intestinos que son sus calles. No es un sentimiento muy afortunado para alguien que ha nacido y crecido en ella, y que siempre ha pensado que no tendría una oportunidad para ser regurgitado como una bola de pelo y huir. ¿Sabías que la gran mayoría de neoyorkinos nacen y mueren sin haber salido nunca de sus propios barrios? Es una idea aterradora.
No hay cielo nocturno. Las estrellas permanecen escondidas entre las nubes de contaminación, los reflejos de las farolas y los grandes anuncios luminosos que pretenden disimular la falta de alma de la ciudad. Hay miseria, muerte y dolor en todas las calles.

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Esclava victoriana

El chantaje.

Londres, 1857.

—¿Así que no puede pagarme, Linus?

Linus Homestadd miró al hombre que estaba sentado al otro lado de la enorme mesa de roble y se pasó la lengua por los labios, nervioso. Tenía la boca seca debido al miedo, y las manos estaban empezando a temblar. Las cerró en puños, apretándolas para que no se diera cuenta de su estado.

Joseph Malcolm Howart no era una persona compasiva, y dirigía su casa de apuestas con una mano firme y dura, como si fuera un aristócrata medieval en su feudo particular.

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Descubriendo a Sarah

CAPÍTULO 1

—Paul, colega, necesito que te acerques a casa de mi madre. Ha preparado un paquete para mí y yo no puedo acercarme. —Paul se frotó la sien intentando disipar el dolor de cabeza que se había instaurado desde primera hora de la mañana.

—Vale, tío, sin problema. Dame la dirección y me paso esta tarde —contestó Simon haciendo equilibrismos para que el teléfono no se le cayera del hombro mientras se desnudaba para meterse en la ducha.

—Gracias, Paul. Y oye —le advierte—, no tengas sueños guarros con mi madre.

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En la oscuridad

El sol me está dando en la cara.

Hace un buen rato que lo sé, veo el velo rojo y brillante de mis párpados, y eso no me deja dormir. Y además, hay algo tirándome del pelo, una caricia áspera. Me desperezo lentamente, aún no sé dónde estoy, pero el sol es cálido y agradable y el sillón de piel es demasiado acogedor. Estiro la mano para tocar los dedos de mi acompañante, pero ahí no hay nadie. Nadie humano, porque unos ojos felinos, verdes, me miran con atención cuando abro los párpados. Es uno de los gatos de Crowley, una gata negra que no se aparta cuando le rasco la cabeza. Su ronroneo me devuelve poco a poco a la realidad mientras me incorporo y me quedo sentado en el sillón. La gata me mira y salta al suelo para subirse al piano y tumbarse ahí, en un charco de sol.

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Johnny

Como cada tarde, Sam apretaba el paso a la salida de la Escuela Secundaria para Señoritas Santa Brígida. Estaba nublado y la lluvia, perezosa, salpicaba los parabrisas de los coches. Ella y sus amigas caminaban rápido, deseando atravesar la verja que las encarcelaba durante ocho horas todos los días. Entonces, en la calle gris, bajo el cielo igual de gris, podrían ser libres. Al menos durante un rato. Más tarde, otra verja diferente, la de sus mansiones con jardín, las apresaría de nuevo.

—¿Lleváis las autorizaciones? —preguntó Amy.

Las otras dos chicas sacaron de los bolsillos el documento con el sello de la escuela y se lo mostraron.

—Le daré el mío a mi hermano para que lo falsifique.

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