Mientras sonríes

Prefacio

Todo ocurrió con demasiada rapidez.
Estaba frente a Álvaro Ojeda, calibrándolo con los ojos, cuando vi esa sonrisa suya que ya me había puesto los pelos de punta cuando la había visto en las fotos que el teniente me había enseñado casi un año antes.
—¿Quieres probar la mercancía? —me dijo, y sus ojos oscuros relampaguearon un instante—. Adelante, no te cortes. Échate unas rayitas, invita la casa.
Había sido un duro y largo camino llegar hasta aquí, un camino que me había costado un año de mi vida. Álvaro era el mayor narcotraficante de Boston, un distribuidor a gran escala. No trataba con los camellos a pie de calle, sino con otras mafias y bandas a las que les hacía llegar el material para que ellos la distribuyeran. Trataba directamente con los cárteles colombianos y hacía de intermediario, llevándose un buen porcentaje por el trabajo. Si conseguíamos quitarlo de la ecuación, el movimiento de cocaína se detendría y durante mucho tiempo las calles de Boston estarían limpias. Y si teníamos suerte y lo convencíamos para testificar, quizá podríamos desmantelar la mayoría de mafias y bandas de la zona.


Me había costado mucho acercarme hasta él para conseguir este encuentro cara a cara, meses de trabajo y de hacerme pasar por una narcotraficante dispuesta a gastar mucho dinero para conseguir buen material hasta ganarme su confianza y que accediera a reunirse conmigo. El trato era millonario, y le dejé bien claro a su subalterno, con quién había estado haciendo negocios hasta aquel momento, que no iba a ceder en mi demanda: quería hacer el trato directamente con Álvaro Ojeda. Los millones que iban a moverse esta noche, bien valían que él estuviera presente.
—No suelo cagar donde como —le solté, en mi más puro estilo de chica dura—. Las drogas hacen que el ser humano pierda el control de sí mismo, y a mí me gusta mantener siempre el control.
Estábamos en las afueras de Boston, en medio de un descampado oscuro rodeado por naves industriales. La única iluminación que teníamos eran los faros de nuestros propios coches, y la luz difuminada que llegaba, más mal que bien, de las calles adyacentes donde se amontonaban los almacenes y las fábricas.
—Una chica sensata. —Álvaro volvió a sonreír, y tuve que hacer un esfuerzo por no echar a correr.
Siempre me pasaba lo mismo. Desde que había entrado en el Departamento de Narcóticos de la policía de Boston, todos se maravillaban por mi sangre fría, y por la facilidad que tenía de meterme en el papel de una narcotraficante dura como el acero. ¿La verdad? Cada vez que tenía que «hacer negocios» con uno de estos hijos de puta, temblaba por dentro. Era como si una alarma chillona me gritara en la cabeza «¡Corre! ¡Corre! ¡Lárgate de aquí!». Pero no lo hacía. Me quedaba allí, quieta como un roble en mitad de un campo, cumplía con mi parte, y acabábamos enchironando al sospechoso con un buen puñado de cargos y pruebas en su contra.
Pero esa noche todo se fue a la mierda.
—¿Sabes qué? No me fío una mierda de las zorras como tú. —Me repasó de arriba abajo con ojos encendidos, como si me desnudara, y se pasó la lengua por los labios—. No me fío una mierda —repitió.
Aquello se estaba yendo al carajo, así que improvisé. No podía permitir que el tío dudara de mis intenciones, ni del personaje que estaba interpretando. Me acerqué a él en dos zancadas, con las manos bien separadas del cuerpo para que ningún gatillo fácil de los que lo acompañaban, pensara que tenía la intención de hacerle daño a su jefe, o se desataría un infierno que me costaría la vida.
Me quedé a dos centímetros de su nariz, y lo miré con los ojos destilando frialdad.
—Me importa una mierda que no te fíes de mí —le espeté siseando, recalcando con dureza la palabra mierda—. Mis credenciales están limpias, yo tengo el dinero, tú la mercancía, y vamos a hacer negocios. No intentes joderme, Álvaro.
Él sonrió de medio lado. He de reconocer que si el tío no fuese pura escoria, quizá sí dejaría que me jodiera un rato. Era guapo, del tipo latino, como yo, con el pelo oscuro y los ojos de un color chocolate muy apetecibles. Con el cuerpo musculoso, parecía un atleta de triatlón. Pero era pura escoria, y yo no me acostaba con ratas.
—Eso es precisamente lo que estoy intentando, nena —me susurró—. Siempre les hago una prueba a mis compradores, ya sabes, para asegurarme que no son polis encubiertos. Normalmente me conformo con que se pongan hasta el culo de coca, pero en tu caso… —Me volvió a repasar de arriba abajo, sentí su mirada acariciándome, desnudándome, mientras se pasaba la lengua por los labios. Solo le faltaba echar a babear—. En tu caso, —repitió. Me miró fijamente los labios y tuve que esforzarme por no apretarlos, y seguir manteniendo esa postura relajada, como si aquí no estuviera pasando nada fuera de lo normal, que por regla general, hacía que ellos también se confiaran—. Me conformaré con que le hagas un buen trabajito a mi pequeño Dick Tracy.
Al principio no lo entendí, hasta que comprendí el juego de palabras. El muy cabrón quería una mamada.
—¿Así, en frío? —le seguí el juego—. ¿Sin una cita previa? Soy una chica tradicional, no me van esas cosas. —Sonreí, coqueta, y di unos pasos atrás para poner distancia entre ambos—. Pero después de una buena cena, quién sabe…
Él se echó a reír con desgana y yo tuve la compulsión de gritar el código rojo que haría que todo el descampado se llenara de polis, pero apreté la mandíbula y pude contenerme porque todavía no había pasado nada por lo que pudiéramos encerrar a aquella rata de cloaca y tirar la llave.
—Así que eres una chica tradicional… En ese caso, nena, estamos perdiendo el tiempo.
Se giró e hizo un gesto con la mano a sus secuaces, cuatro hombres gigantes como armarios empotrados, con grandes bultos bajo los sobacos que me indicaban claramente el tipo de material que escondían allí: armas grandes, potentes, de las que la revientan a una de un disparo.
—¡Espera! —grité. No quise parecer desesperada, pero mi voz sonó como un graznido—. He venido a hacer negocios, no a venderme como una puta en un burdel. ¿Es que una mujer no puede mantener su dignidad?
Se giró para mirarme, a medio camino de su coche.
—No me gustas, princesa de hielo —soltó con desprecio—, a pesar de todos tus antecedentes y de lo que la gente dice de ti. El lugar de una mujer está en la cama con las piernas abiertas, para que su hombre pueda follarla bien, y no aquí, intentando comprar la mierda que vendo.
La feminista que hay en mí se revolucionó al oír esas palabras, pero me mordí la respuesta sarcástica que asomaba a mis labios. Tenía un papel que interpretar, y debía ceñirme a él.
—Quizá cuando encuentre al hombre adecuado me convertiré en una idiota babeante —contesté bromeando—, pero hasta que ese día llegue, una chica tiene derecho a buscarse la vida.
—Quizá el hombre adecuado está aquí delante de ti. —Abrió los brazos, señalándose a sí mismo—. Un hombre capaz de ponerte en tu lugar, que es de rodillas y con la boca abierta. ¿Quieres hacer negocios conmigo? Ya sabes qué tienes que hacer.
Joder. Mierda. El tío no iba a bajarse del burro.
—No lo hagas —susurró una voz a mis espaldas.
Mike.
Joder. Me había olvidado completamente de él.
Mike era mi compañero y mi respaldo. En cada encuentro, se mantenía unos pasos por detrás de mí, metido en su papel de secuaz y guardaespaldas. Nunca hablaba, y a veces incluso llegué a pensar que ni siquiera respiraba, siempre en un segundo plano y casi invisible a pesar de su estatura y corpulencia.
—Debo hacerlo —contesté entre dientes. Álvaro seguía con la mirada fija en mí, esperando mi respuesta, sabiendo que había ganado esa partida.
—Nita, joder —exclamó Mike, y me agarró del brazo.
Los ojos de Álvaro relampaguearon, y entonces se desató el infierno.
Empezó con un leve reconocimiento en los ojos del narco, un fruncimiento imperceptible de su frente y una orden dada con voz fría.
—Matadlos.
No sé qué vio Álvaro en la estampa que formábamos Mike y yo allí, con mi brazo sujeto por su fuerte mano, enmarcados por las luces de los coches, en mitad del descampado, bajo el cielo oscuro de aquella noche desastrosa, pero lo que vio no le gustó nada y decidió cortar por lo sano.
Todo ocurrió como en cámara lenta y, al mismo tiempo, como en una de esas películas mudas que van más rápido de lo normal.
Álvaro se giró y se dirigió a su coche mientras sus secuaces sacaban las armas. Mike me empujó con fuerza para sacarme de la línea de tiro mientras desenfundaba y gritaba. Yo caí golpeándome el hombro y la cabeza contra el suelo. Las balas silbaron. Grité «¡cielo negro! ¡cielo negro!», que era el código que haría que los policías apostados en las calles adyacentes, o escondidos dentro de las naves industriales, cayeran sobre el descampado como un enjambre de abejas furiosas. Rodé sobre mí misma y saqué mi arma. Disparé, furiosa, sin ver realmente a dónde. Algo me emborronaba la visión, y ante mí solo veía bultos que se movían sin ton ni son.
Gritos. Maldiciones. Intenté levantarme y algo impactó en mi pierna, haciendo que doliera como mil demonios, como si el infierno se hubiera apoderado de ella. Caí de nuevo, sin dejar de disparar, apretando la mandíbula para no gritar. Me pasé la mano por la cara, intentando despejar los ojos. Algo caliente y húmedo la empapó.
Entonces llegaron. El descampado se llenó de los uniformes oscuros del SWAT, de las luces azules y rojas de los coches, y todo acabó tan rápido como había empezado.
—¿Mike? —grité, o por lo menos eso es lo que creí. La realidad fue que mi voz a duras penas salió por la boca más que como un susurro.
Me levanté, cojeando, y arrastré la pierna hasta donde, unos segundos antes, había estado Mike, dispuesto para protegerme. Todavía seguía allí. Por lo menos, lo que quedaba de él.

El funeral de Mike fue como todos los funerales de un agente que ha caído durante el servicio, pero no para mí. Él no había sido solo mi compañero y mi respaldo; también se había convertido en mi amigo, en el hermano que nunca había tenido. Cuando llegué a narcóticos me acogió bajo su ala, me enseñó todo lo que sabía y que yo necesitaba, y poco a poco pasó de ser mi mentor a ser mucho más.
Muchos creían que ese algo más tenía mucho que ver con la cama, pero la realidad era que nunca nos habíamos acostado, ni siquiera dado un beso. Sí, a veces había visto en sus ojos esa ansiedad por dar el paso, o lo había sorprendido comiéndome con los ojos, pero yo siempre me las había apañado para cortar el momento porque no quería que nuestra relación se complicara. Me gustaba, consideraba que era guapo, pero apreciaba demasiado lo que teníamos como para mandarlo todo al diablo por un revolcón que no llegaría a nada más porque, en ese sentido, yo no sentía nada especial por él.
Sí, lo que le había dicho al hijo de puta de Álvaro Ojeda era cierto, yo soy una chica tradicional que no se entrega al sexo con cualquiera, ni de buenas a primeras, por un simple calentón.
Asistí al funeral en silla de ruedas, con la pierna jodida y una conmoción cerebral. Tuve que pelearme con el médico para hacerlo, y casi me obliga a pedirle el alta voluntaria. Al final, conseguí que me diera un respiro y que las enfermeras miraran hacia otro lado durante un par de horas, durante las que me pude escabullir con una silla de ruedas del hospital, empujada por el teniente, para volver después a mi cama, toda dolorida y asqueada de la vida.
No había podido procesar la muerte de Mike hasta aquel momento, y me pasé dos días en que tiré por la ventana mi vestido de tía dura y lloré a todas horas como una magdalena.
Mike ya no estaba. Mike estaba muerto. Y había sido culpa mía.
Pero el remate vino tres meses después, cuando ya estaba físicamente recuperada, y cuando llevaba varias sesiones en el psicólogo del departamento.
—Lo siento, Nita, pero no puedes volver a la calle.
Esas fueron las palabras del teniente que me dejaron helada hasta el tuétano. Estábamos en su despacho, en la comisaría. Las voces amortiguadas de la gente que trabajaba allí, mis compañeros durante cuatro años, llegaban hasta mí a través de la cristalera que nos separaba de ellos.
—¿Cómo? —pregunté, aturdida—. El psicólogo me ha dicho que podía reincorporarme.
No entendía nada.
—Reincorporarte, sí. Volver a trabajar encubierta, no. Puedes hacer trabajo administrativo, nada más.
—¡Hijo de puta! —exclamé, cabreada. El muy cabrón del loquero no había tenido huevos a decírmelo a la cara.
—¡Nita!
—Lo siento, teniente, pero no pienso quedarme sentada detrás de un escritorio rellenando papeles y haciendo informes. Me niego. Si no puedo trabajar en la calle aquí, pediré el traslado. A anti vicio, u homicidios.
—¿Crees que allí no leen los informes psicológicos? Estés donde estés, da igual. El psicólogo ha dictaminado que eres inestable, como una bomba de relojería que estallará en cualquier momento. Una patata caliente, hablando claro, que nadie querrá coger con la manos porque corre el riesgo de perderlas.
Me levanté en un impulso. Ese ha sido mi mayor problema una gran parte de mi vida. ¿Cuando trabajaba encubierta, bajo una identidad falsa? Era fría y calculadora. Pero lo olvidaba cuando volvía a ser la inspectora Nita García, y actuaba por impulsos, muchas veces estúpidos y errados.
—Pues me voy —anuncié, con la esperanza de que el teniente se bajara del burro y rompiera el informe del psicólogo—. Soy la mejor en mi campo, y si el departamento de policía no me quiere en las calles, me buscaré otro trabajo en el que no sean tan tiquis miquis.
—Nita, no digas gilipolleces. ¿A dónde irás si dejas la policía?
Me encogí de hombros.
—FBI, DEA. Parques y jardines. Me disfrazaré de arbusto y perseguiré a los dueños de los perros que no limpian sus cacas. Lo que sea con tal de no quedarme detrás de un escritorio.
Saqué mi placa dorada, la que tanto trabajo me había costado conseguir, y la dejé sobre la mesa, delante del teniente. Hice el gesto de ir a sacar mi arma, pero entonces me acordé que no la tenía, que me la habían retirado hacía semanas cuando los de asuntos internos investigaron el tiroteo, y no me la habían devuelto.
—Nita, piénsalo bien.
—No tengo nada que pensar. Gracias por todo, William. —Lo llamé por su nombre por primera vez en los cuatro años que llevaba trabajando bajo sus órdenes—. Ha ido un placer trabajar para ti.
—Nita, te estás equivocando de medio a medio.
—Quizá, puede ser, pero prefiero eso a quedarme donde ya no se fían de mí.
Me largué de allí sin despedirme de nadie. Me sentía como un pedazo de mierda repudiada. Todo por lo que había luchado, todo lo que había conseguido, se estaba yendo por el desagüe con rapidez. Había perdido a mi mejor amigo, pero por lo visto eso no era bastante, y lo hados habían decidido que podían pisotearme todavía un poquito más arrebatándome la única esperanza que me había mantenido en pie desde el día del tiroteo: recuperar mi trabajo.
Salí a la calle y el frío me golpeó en toda la cara. El invierno había llegado con ganas y, aunque todavía no había nevado, las calles pronto se cubrirían de blanco para joderme todavía más.
Odiaba la nieve. Odiaba Boston. Odiaba mi vida. Me odiaba a mí misma.
Qué panorama, ¿eh? Definitivamente alentador.
Quince días más tarde, después de haber recibido los elegantes rechazos por parte del FBI y de la DEA, y cuando estaba tomando en consideración de forma seria el ahogar mis penas como lo hacen tradicionalmente la mayoría de policías, aferrándome a una botella de whisky, llegó la llamada que cambió mi vida para siempre.

Capítulo uno

El pueblo de Cascade parecía sacado de una postal de Navidad. Hacía sol y las calles estaban despejadas, pero la nieve cubría todo lo demás. Era un pueblo pequeño, de casas bajas y porches delanteros, con gente de aspecto tan feliz que me daban ganas de sacar la cabeza por la ventanilla del coche que había alquilado en el aeropuerto, y vomitar. Crucé una plaza en la que había varios muñecos de nieve y un montón de críos correteando alrededor y enseguida vi la oficina del sheriff, mi destino.
En mi mente todavía resonaba el eco de la conversación que había mantenido con mi amigo Mac, que había regresado a su pueblo hacía un tiempo para hacerse cargo del puesto de sheriff.
Su llamada de teléfono llegó cuando yo ya estaba desesperada, al borde de empezar a ahogarme en una botella de whisky. Al principio no me sorprendió, porque nos llamábamos de vez en cuando desde que nuestros caminos se habían separado. Los lazos creados durante los meses que estuvimos  juntos en la academia de policía eran fuertes, y el hecho de que fuéramos destinados a comisarías diferentes no hizo que nuestra amistad se perdiera.
Después, él desapareció del mapa y nos perdimos la pista durante un tiempo.
—Dichosos los oídos —le dije en cuanto contesté. El identificador de llamadas del móvil me había chivado quién era.
—Lo mismo digo, algodón de azúcar.
No pude evitar echarme a reír. Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así. El mote venía de los primeros días en la academia, cuando yo llegué dispuesta a imponerme a todo el mundo, con tan mal carácter que solo me faltaba ladrar. Un día, Mac se presentó ante la puerta de mi habitación con un palo de algodón de azúcar, para que me ayudara a dulcificar mi carácter, me dijo. Le cerré la puerta en las narices, y acabó con el dulce estampado en la cara. Desde ese día fui «algodón de azúcar» para él, en un claro sarcasmo al mal humor que siempre cargaba conmigo.
—He estado ocupada —me excusé.
—¿Tanto como para no decirme que estás sin trabajo?
Me quedé fría como el hielo, y me retraje en mí misma. ¿Iba a echarme una bronca por eso? ¿A tenerme lástima? No pensaba permitírselo.
—Eso no es asunto tuyo —contesté con hosquedad—. Además, ¿cómo te has enterado en ese pueblucho perdido lleno de paletos en el que estás?
—Tenemos teléfonos, ya sabes. Y sigo manteniéndome en contacto con mucha gente.
—Y son todos unas alcahuetas que no tienen nada mejor que hacer que cotillear —gruñí.
—No tienen nada mejor que hacer que preocuparse por su amiga y compañera que está en problemas.
—Y… ¿me llamas para regodearte?
—No seas gilipollas. Te llamo para ofrecerte un trabajo. Voy a necesitar aumentar el personal de la oficina en los próximos meses, y te quiero a ti como mi segundo.
—¿Me ofreces trabajo por compasión?
—Sí, por compasión, te lo suplico —gimió con voz aflautada como si estuviera en un apuro en el baño, bromeando para hacerme reír, y lo consiguió—. En serio, Nita. Van a construir un resort cerca de Cascade, y en unos meses esto empezará a llenarse de turistas. El Ayuntamiento ya ha aprobado el presupuesto para aumentar mi personal, y estaba rompiéndome la cabeza buscando a alguien que contara con la misma experiencia que yo para que fuese mi mano derecha, cuando me enteré de lo que había pasado contigo.
—Soy una bomba de relojería, eso es lo que dijo el psicólogo. ¿No tienes miedo de que te estalle en los morros?
—Yo soy una puta bomba de relojería, Nita, así que no, no me preocupa.
Acepté, por supuesto. Malditas las ganas que tenía de encerrarme en un pueblo de mierda en la otra punta del país, pero, ¿qué otras opciones tenía? ¿Vender hamburguesas en el McDonalds de la esquina? Así que empaqueté todas mis cosas y alquilé un trastero para guardarlas. No tenía ni idea del tiempo que estaría fuera, ni siquiera si acabaría volviendo, pero de momento no me apetecía llevármelo todo. Me traje conmigo lo más necesario: la ropa y algunos objetos de los que no quería separarme. Los metí en una maleta y me subí en un avión rumbo al estado de Montana.

Aparqué delante de la oficina del sheriff, detrás de dos coches patrulla. Justo cuando estaba cerrando la puerta, sonó mi teléfono.
—Hola, mamá —dije con cansancio—. Te dije que te llamaría yo en cuanto llegara y tuviera un momento.
—Siempre dices que llamas y nunca lo haces —me regañó—. Ni siquiera sabríamos que habías dejado el trabajo si William no nos hubiera avisado.
Mi teniente y mi padre se conocían desde hacía años. Mi padre también fue policía en Boston hasta que se jubiló hacía un par de años, y se fue con mi madre a vivir a Florida, en una de esas urbanizaciones solo para jubilados, con pistas de tenis, piscina, campo de golf y servicio médico las 24 horas del día.
—El teniente podría haberse estado calladito —contesté yo de mal humor. Tenía treinta años y mis padres seguían metiéndose en mi vida como si fuese una adolescente recalcitrante y revoltosa.
—Eres imposible, hija. Te comportas como si fuésemos tus enemigos, sin darte cuenta de que lo único que queremos es que seas feliz.
La especialidad de mi madre, hacerme sentir culpable por querer ser independiente.
—Lo sé, mamá —me obligué a decirle para que se tranquilizara, porque si no lo hacía, empezarían los sollozos apagados.
—Lo sabes, pero te da igual.
—Mamá, lo siento, pero tengo que colgar. No te preocupes, ¿vale? Todo irá bien.
Colgué sin esperar a que me contestara, porque sabía que a continuación llegaría la lista de «cosas que he hecho mal en mi vida», y después la de «errores que ella me advirtió que no debía cometer», seguidos de «las noches de insomnio que he provocado por mi mala cabeza». Como cuando decidí entrar en la academia en lugar de ir a la universidad y buscarme un buen hombre con el que casarme; o cuando pedí el ingreso en narcóticos cuando ascendí a inspectora, o cuando…
Bueno, era una lista interminable que me negaba a repetir, y que aumentaría considerablemente cuando les confesase que, entre mis planes de futuro, no entraba el ser madre. Ese día el cielo caería sobre mi cabeza, aplastándome.
Subí a la acera y me dirigí hacia la puerta de la oficina del sheriff. Justo cuando iba a empujarla, se abrió y me encontré chocando contra un duro muro de carne masculina.
—Lo siento —dijo una voz aterciopelada. Levanté los ojos y me encontré con un rostro anguloso de piel tostada por el sol, unos ojos brillantes, entre verdes y azulados, y un gran sombrero de vaquero.
Era un hombre alto. Yo mido 1’75 y mi frente quedaba a la altura de su nariz afilada. Sonrió, mostrándome una perfecta hilera de dientes de anuncio de dentífrico.
Lo miré entrecerrando los ojos. El muy capullo estaba ahí quieto, en mitad de la puerta, sin apartarse para que yo pudiera entrar, mirándome con ojos traviesos como si yo fuese un bollo relleno de crema y él estuviese a punto de darme un bocado.
Me dieron náuseas.
—O te apartas, o te vomito encima —le dije.
—¿Nita? —La voz de Mac sonó detrás del desconocido, que por fin se apartó para dejarme entrar—. ¿Acabas de llegar y ya estás haciendo amigos?
—Díselo aquí a don muñeco de nieve. —Le señalé con el pulgar mientras pasaba por su lado—. ¿Amigo tuyo?
—Knox Wescott —dijo mirando al hombre—, permíteme que te presente a Nita García, la nueva incorporación a la oficina del sheriff, y que será mi mano derecha en cuanto jure el cargo.

***

«¿Esta monada, una poli?», me pregunté en cuanto Mac me la presentó.
Cuando había chocado con ella en la puerta, su aroma me había inundado las fosas nasales. No llevaba el típico perfume floral e intenso que solían llevar las mujeres que yo conocía, sino algo mucho más liviano, como a cítricos. Me gustó, pero cuando levantó el rostro para mirarme y clavó en mí sus ojos oscuros, fríos y entrecerrados, me sacudió un estremecimiento por todo el cuerpo. Por un momento tuve la sensación de que iba a cogerme con sus manos y partirme en dos.
«Qué repelús» pensé, pero continué con mi rostro amistoso pegado a mi cara, el rostro que todo el mundo espera ver siempre en mí, el sonriente, divertido, fiestero y ligón Knox Wescott, que se ha tirado a la mitad de la población femenina del estado.
Alargué la mano hacia ella para estrechársela. La miró, me miró a la cara, y la palmeó con desgana sin llegar a cogerla, soltando un «encantada» que sonaba a cualquier cosa menos a que estuviera «encantada» de conocerme.
—Será interesante verte de uniforme.
No sé por qué lo dije. Mi lengua es mil veces más rápida que mi cerebro, y a pesar de que me ha metido en más de un lío, no he conseguido encontrar la manera de contenerla.
La chica era guapa, con ese pelo negro cayéndole en cascada hasta la cintura, unos grandes ojos negros que brillaban como si tuvieran vida propia, la piel morena, y unos labios carnosos que darían mucho juego en la cama. Durante un momento me pregunté qué sentiría si los utilizara para hacerme una mamada, pero acto seguido me vi en urgencias, sangrando como un cerdo, porque me había arrancado la polla de un mordisco.
Eso hizo que se me encogiera, y no era a consecuencia del frío que entraba por la puerta todavía abierta.
Nita ni siquiera se dignó contestarme. Se giró para darme la espalda y pude ver con claridad el trasero que ocultaban los tejanos que vestía: prieto, redondo, perfecto.
No pude ver nada más de ella aquel día. El plumón que llevaba puesto, abrochado hasta el cuello, no me dejó calibrar su figura, ni el tamaño de sus pechos. Aquello era un acto reflejo, no porque verdaderamente me interesara a nivel sexual, pero los hábitos adquiridos durante mi lejana adolescencia eran muy difíciles de abandonar, sobre todo porque no había encontrado ninguna mujer que me interesara más allá de un buen polvo.
Si algún día encontrase a una mujer como Clara, la esposa de mi hermano Kaden, haría lo imposible por reformarme y cambiar de actitud. Pero en casi veintiocho años que tenía, no había encontrado ni rastro de ella. No había un amor platónico en mi vida, ni una mujer que me hubiese marcado de alguna manera especial. No había jadeado como un perro, ni suspirado por amor. Nunca en toda mi vida.
Y estaba claro que no iba a hacerlo por una mujer como Nita, que exudaba autoridad, agresividad y decisión por todos los poros de su piel. A mi me habían gustado siempre las mujeres más bien sumisas, no del tipo «átame a la cama, azótame el culo y haz lo que quieras conmigo», pero sí de las que no solían discutir, las que bajaban los párpados con timidez cuando me acercaba a ellas y les hablaba, las que era consciente que me deseaban y sabía que me comían con los ojos.
Y Nita no parecía en absoluto de ese tipo. Era más bien una mujer guerrera, y a mí no me gustaban las guerreras.
Me fui haciendo un gesto con la mano para despedirme, pero Mac ya estaba hablando con ella y no se dio ni cuenta que yo abandonaba la oficina. Salí a la calle y cerré la puerta detrás de mí.
Era mediodía, y me apetecía mucho tomar una cerveza. En invierno no hay mucho trabajo en el rancho de la familia, el Triple K, y las obras del resort que íbamos a construir en una pequeña parte de las tierras del rancho no iban a empezar hasta la primavera, cuando la nieve y el hielo hubiesen desaparecido. Así que no tenía mucho qué hacer para ocupar mi tiempo, excepto perderlo.
Mi otro hermano, Keitan, con el que había empezado a trabajar en el proyecto del resort años atrás, cuando todavía estábamos en la universidad, se había trasladado a Nueva York después de la boda de mi hermano Kaden con Clara. Tenía la misión de buscar financiación para el proyecto utilizando los contactos que habíamos hecho durante esa época, y no tenía planeado volver hasta pocos días antes de Navidad, cuando toda la familia se reuniría para pasar las fiestas.
Hacía años que no se reunía la familia al completo, desde la muerte de mamá. Entonces yo tenía nueve años, pero todavía recordaba con claridad lo que era reunirse durante varios días con tíos, tías, primas, primos… Mamá lo organizaba, y la casa se llenaba de gente. Si me levantaba de noche para ir al baño, tenía que ir con cuidado de no pisar a nadie porque mi dormitorio se llenaba de primos durmiendo en colchones en el suelo; y si bajaba a la cocina para beber agua, los ronquidos de los adultos que se amontonaban en el comedor y el salón, me acompañaban durante todo el camino.
Pero cuando mamá cayó enferma y murió, con ella desapareció la tradición.
Hasta este año, en que Clara, bendita sea, había decidido revivirla con el beneplácito de todos nosotros.
Me encaminé hacia el Winter is coming, el bar propiedad de Annabelle, una preciosidad morena con ojos azul zafiro que llegó aquí desde Florida cuando heredó el local de su tío. Sirven la mejor cerveza del condado, y los mejores nachos de todo el estado, receta propia de su familia y que no vende a nadie por mucho dinero que le ofrezcan.
—Buenos días, preciosura —la saludé sentándome a la barra y dejando sobre ella mi sombrero stetson.
—¿Buenos días? Casi más bien buenas tardes. ¿Acabas de levantarte, trasnochador?
No esperó a que pidiera, y me llenó una gran jarra de cerveza con su gracia habitual, que dejó delante de mí. El bar no estaba muy lleno, y estaba ella sola detrás de la barra. Pero por la noche, en cuanto caía el sol, se llenaría a rebosar de gente con ganas de divertirse.
—Hace horas que estoy de pie. —Tenía fama de juerguista y trasnochar a menudo, pero eso no me había impedido nunca levantarme temprano al día siguiente, si era necesario—. Acabo de salir de la oficina de Mac, y me he chocado con su nueva ayudante.
—¿Nueva? ¿Una mujer? ¿No me digas que este pueblo empieza a entrar por fin en el siglo veintiuno?
—Eh, que somos muy modernos —me quejé—. Hay luz eléctrica en las casas, llega la televisión por cable, y hay cobertura para los móviles. ¿Qué más quieres?
—Un poco de mentalidad progresista y moderna —refunfuñó—. Algunos de tus congéneres parecen recién sacados de las cuevas.
—¿Te ha pasado algo? —pregunté, preocupado. Belle no es el tipo de mujer que suele quejarse por que sí.
—Nah, nada importante. Oye, ¿y tu hermano? ¿Qué sabes de él?
—¿De Kaden? —me extrañé. Belle y él fueron amantes hace años, y pasaron a ser buenos amigos cuando su relación terminó—. Si vino ayer por aquí con Clara, ¿no? ¿No hablaste con él?
—Me refiero a Keitan, idiota.
—¡Ah, ese! Ni idea. —Me encogí de hombros—. Follándose a media Nueva York, supongo.
—No sé de dónde sacáis tantas energías —se rio—. Y la nueva ayudante, ¿cómo es?
—¿Qué nueva ayudante?
—Joder, tío, estás un poco espeso, ¿no?
—Belle, me cambias de un tema a otro sin aviso, ¿qué quieres?
—Que espabiles, coño.
Me dio un golpe con el nudillo del dedo corazón en la cabeza, y dolió.
—Au, joder con la furia latina. —Me froté la cabeza mientras la miraba con los ojos entrecerrados—. ¿Por qué me pegas? —le reclamé, gimiendo como un niño. Se echó a reír al ver mi pantomima, y yo la acompañé durante un rato—. Pues tiene toda la pinta de ser latina como tú, y se llama Nita García. Supongo que la conocerás pronto, está ahora en la oficina hablando con Mac.
—Será bueno tener a una mujer de uniforme por aquí.
—Sí, supongo que sí. Aunque si tiene el mismo genio que tu…
—¿Qué problema tienes con mi genio?
—Que es demasiado exuberante.
—¡Eso no es verdad! Soy una persona cabal, analítica, poco dada a dejarse llevar por las emociones. —En ese momento sonó un estruendo de cristales rotos al otro lado del local—. ¡Morgan! ¡Otra vez rompiendo mis malditos vasos! ¡Te los voy a descontar del sueldo!
La observé saliendo como una furia de detrás del mostrador hacia el pobre camarero que se había tropezado con sus propios pies, un chaval joven, de no más de veinte años, que palidecía a marchas forzadas mientras la veía acercarse a él como una locomotora desbocada. No pude evitar echarme a reír. ¿Cabal, analítica y poco dada a dejarse llevar por las emociones? Sí, seguro.

***

Mac me recibió con un abrazo de oso que yo acepté sin gruñir demasiado. Después empezó a hablar y me enseñó la comisaría, pero yo presté poca atención. Mi estúpida mente se había quedado pillada con el aroma masculino que había captado al chocar contra don muñeco de nieve, también llamado Knox Wescott, a pesar de tener la nariz embotada por el frío de la calle.
—¿Hay muchas movidas por aquí? —pregunté, más que nada para no parecer idiota.
—¿Movidas? No, no muchas. No hay grandes crímenes, ni narcotraficantes. Algún idiota de instituto vendiendo maría, borrachos los fines de semana, algún robo de vez en cuando… Es una zona tranquila, aunque quizá eso puede cambiar en cuanto el resort de los Wescott se ponga en marcha. Quién sabe.
Esto último lo dijo con disgusto, como si no le gustase nada la perspectiva. Un momento, ¿de los Wescott?
—¿Wescott? ¿Como muñeco de nieve?
—Sí. De hecho, la idea fue suya y de su hermano menor.
—¿Hay más como él?
—¿Cómo él?
—Sí, ya sabes… —Moví las manos sin saber bien cómo expresar en palabras lo que quería decir—. Como él.
Mac dejó ir una risita que no me gustó nada, pero me guardé muy mucho de quejarme o pedirle explicaciones.
—Son tres hermanos. El mayor, Kaden, está felizmente casado. Después está Knox, al que acabas de conocer. Y el pequeño, Keitan, está en Nueva York pero aparecerá por aquí en unos días, para las Navidades. ¿Por qué esa curiosidad?
Eso mismo me estaba preguntando yo a mí misma. ¡Qué me importaba a mí esa familia!
—Para saber si tengo que hacerme con un cargamento de antieméticos —gruñí.
—¿Antieméticos? —Mac se rio—. He oído decir muchas cosas de esos hermanos, pero no precisamente que fuesen vomitivos. De hecho, la mayoría de mujeres suspiran por ellos.
—Ya, seguro. Oye, tengo hambre, ¿dónde se puede comer por aquí?
—En el Grill & Chips. Cojo la chaqueta y nos vamos.
—¿Y dejas la oficina sola?
—No hay problema. Tengo el desvío de llamadas activado y me llegará al móvil.
—¿Y si viene alguien para… lo que sea?
—Esto es un pueblo, Nita —me dijo con condescendencia—. Me encontrarán en seguida.
—Si tú lo dices…

El Grill & Chips resultó ser un lugar agradable, hogareño y calentito, que teniendo en cuenta el frío glacial que había en el exterior, se agradecía mucho. Paredes pintadas de un verde claro y recubiertas de madera clara hasta la altura de mi cintura, mesas cubiertas con manteles a cuadros rojos, fotos antiguas (supongo que de Cascade) enmarcadas, y un gran ventanal en la parte trasera que daba a una terraza exterior que ahora estaba cubierta de nieve.
—Cuando llegue la primavera abrirán la barbacoa de nuevo —comentó Mac—. Entonces será una delicia venir a comer aquí.
—¿Quieres decir que ahora no lo es? —preguntó una voz varonil a mis espaldas.
—Sabes perfectamente que no es eso, Sebastian —replicó mi amigo con una sonrisa—. Nita, permíteme que te presente al dueño, Sebastian Cole. Sebastian, esta es Nita García.
Sebastian me ofreció su mano y yo la estreché. Tenía una sonrisa franca y cordial, y unos bonitos ojos chocolate. Por un momento pensé que había venido a parar al pueblo de los «chicos guapos», porque tres de tres era demasiado para las estadísticas: Mac, el muñeco de nieve, y ahora Sebastian.
—Encantada de conocerte.
—¿Estás de visita en Cascade? —preguntó.
—No, viene para quedarse —contestó Mac por mí—. En unos días se incorporará a la oficina del sheriff, y será mi mano derecha en cuanto coja el ritmo al puesto.
—Estupendo. Es bueno tener caras nuevas por aquí. ¿Vais a comer?
—Sí, por favor.
Sebastian nos sentó en una mesa cercana a los ventanales que daban a la terraza ahora cerrada, que estaba cubierta de nieve. El sol se reflejaba sobre ella, multiplicando la claridad que daba por sí mismo.
—¿Qué va a ser? —nos preguntó. Recitó los platos del día y ambos escogimos una buena hamburguesa con patatas fritas, beicon y huevos.
—Veo que no has perdido tu apetito —me dijo Mac cuando Sebastian se retiró para llevar nuestro pedido a la cocina.
—Eso nunca —gruñí.
Soy comilona, y lo bueno es que con todo el ejercicio que suelo hacer cada día, quemo con facilidad toda la grasa. Lo malo, es que en las últimas semanas, sumida en mi depresión por todo lo que había ocurrido, viéndose derrumbar mi vida y mi futuro ante mis propios ojos, me había abandonado bastante y esas calorías de más se habían agarrado con fuerza en mis caderas.
—Me alegro. Con todo lo que ha pasado, esperaba encontrarte cadavérica y no de tan buen ver.
—¿Buen ver? Mis narices. He engordado.
—Para mí estás estupenda.
—Deja de darme cera. ¿Vamos a ir negocio por negocio para que me presentes? —pregunté para cambiar radicalmente de tema.
—No. Este viernes hay reunión del consejo municipal, y lo haremos allí. Estará presente casi todo el mundo y nos ahorraremos el paseo.
—Ajá. Estaré lista como una res para ir al matadero.
Sebastian nos trajo la comida y la ataqué con ganas. Estaba hambrienta, además de cansada por el viaje. No es que estuviera tranquila, ni que mi mente se decidiera a darme un descanso de la pesadilla en la que estaba sumida desde el tiroteo, pero ¡eh! una chica tiene derecho a intentar relajarse, aún cuando su mejor amigo estaba descansando bajo tierra y ella todavía no había conseguido descubrir qué lo había provocado todo.
—Lo habrías conseguido, ¿sabes? —me dijo Mac en un susurro. Al principio no entendí de qué me hablaba, pero al mirarlo al rostro supe que se refería a lo que había provocado que me largara de Boston.
—Quizá. Pero lo dudo. El loquero tiene razón, ¿sabes? Hay algo aquí —me toqué la cabeza con el dedo varias veces—, que hizo crack aquella noche. Todavía no he averiguado el qué, pero supongo que cuando lo haga, no me va a gustar una mierda.
Mac sonrió con la tristeza pintada en los labios.
—Sé a lo que te refieres.
Lo miré, intentando averiguar si solo estaba intentando ser comprensivo, o realmente sabía de qué iba todo aquello. Lo que vi hizo que me preguntara qué era lo que le había pasado a él cuando desapareció, y que lo había llevado de regreso a su pueblo buscando, ¿qué?
—Sí, supongo que sí. —Me quedé en silencio unos minutos, dedicando toda mi atención a la hamburguesa que tenía delante de mí, masticando con pereza porque no quería que mi boca quedara vacía ya que no quería seguir hablando. Pero acabé tragando, y las palabras salieron sin que me diera cuenta—. ¿Sabes qué estaba a punto de hacer cuando me entró tu llamada? —Mac no contestó. Se limitó a mirarme y esperar que yo siguiera hablando—. Tenía una gran y hermosa botella de whisky encima de la mesa, preparada para empezar a ser vaciada.
—Emborracharse no es la respuesta.
—No. Tampoco lo es mirar el cañón de una Smith & Wesson y preguntarse qué se sentirá al tener una bala en la cabeza.
—Joder, Nita.
—Tranquilo. —Sonreí con cansancio intentando quitarle hierro al asunto, bromeando—. El suicidio ha desaparecido de mi lista de cosas pendientes. Solo pensar en mi madre llorando delante de mi ataúd, me quitó las ganas.
—Eso es bueno.
—Sí. Por eso te agradezco que pensaras en mí para este trabajo. De verdad.
—A pesar de lo que me costó convencerte.
—Bueno, una chica decente tiene que hacerse rogar, ¿no?
Mac se echó a reír, y yo me relajé. Las cosas se habían puesto demasiado intensas y ya estaba sintiéndome incómoda, pero el momento había pasado, todo lo que había que decir se había dicho, y ahora podía empezar a concentrarme en mi futuro como ayudante del sheriff en el remoto pueblo de Cascade, Montana.

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