Échale la culpa al karma

karmaCapítulo uno

No entiendo por qué tienen que pasarme a mí estas cosas. De verdad que no lo sé. Mi amiga Eugenia siempre me dice que tenemos que echarle la culpa al karma y después seguir con nuestras vidas tan ricamente, porque si intentamos analizar con profundidad los motivos por los que nos pasan ciertas cosas, acabaríamos pegándonos un tiro.
Y tiene razón.
Por eso he convertido la frase «échale la culpa al karma» en mi mantra personal, y voy murmurándola como una loca, al ritmo de Michael Jackson, mientras quito el polvo de las estanterías de mi tienda, Cosas necesarias, nombre que le puse en honor a Stephen King.
Claro que yo no soy como el señor Gaunt, ni voy provocando el caos allí por donde paso.
Mi tienda no es muy grande, pero me encanta. Tiene un aire de viejo muy retro, con las paredes pintadas de color blanco sucio, molduras en el techo, estantes de madera de color oscuro, y una lámpara de araña, de hierro negro, de esas que imitan las que antiguamente se usaban con velas en lugar de bombillas. La puerta de entrada y el pequeño escaparate es del mismo estilo, y todo es original, de cuando se inauguró la tienda en los años cuarenta; excepto el letrero que hay encima de la puerta, que tuve que encargar e insistí en que fuera parecido al que había originalmente, y que podía verse claramente en una foto de la época que encontré en el archivo municipal.


Está situada en el centro de Esquelles, en una zona peatonal que ha acabado convirtiéndose también en zona comercial, y me va bastante bien. Vendo cosas relacionadas con la magia, ritos, rituales, cultos, alquimia, religiones exóticas y paganas, creencias empíricas, y asuntos fantasmales, espirituales y espiritistas, y trato continuamente con magos, brujas, videntes, médiums y adivinos. La mayoría de ellos vienen a comprar, pero a algunos les alquilo la trastienda para que puedan recibir a sus clientes.
Por eso no entiendo cómo he podido enamorarme de un puñetero granuja y sinvergüenza más escéptico que una piedra, que no para de burlarse de mí, y que llama a mi tienda «La pequeña tienda de los horrores». Incluso tuvo el mal gusto de regalarme una planta carnívora por mi cumpleaños, a la que, por supuesto, llamé Audrey Jr.
—¿Ya le has dado su gotita de sangre? —me pregunta Daniela con socarronería.
Ni siquiera la he oído entrar, y eso que la campanilla que hay en la puerta de mi tienda es bastante escandalosa, así de perdida estaba en mis propios pensamientos.
—No, te estaba esperando a ti. La tuya le gusta más.
—Por supuesto —admite—. Es mucho más dulce.
Sonríe de oreja a oreja con la broma. Cada vez que Daniela viene a buscarme a la hora de cerrar, tenemos la misma conversación tonta, como si Audrey Jr. fuese como la de la película y, en lugar de conformarse con un poco de agua y alguna mosca de vez en cuando, necesitara de sangre humana para vivir.
—¿Dulce? Tú no tendrías nada dulce ni que te rebozaras en azúcar.
Daniela se ríe porque sabe que es verdad. Es la persona más borde que he conocido nunca. Tiene una lengua afilada que es capaz de rebanarte a trocitos minúsculos solo con sus palabras, aunque desde que se ha hecho novia formal de Alonso, parece que se ha tranquilizado un poco.
Será que la tiene demasiado ocupada dándole otros usos.
—Dame cinco minutos para guardar esto —sacudo el plumero con el que estaba quitando el polvo delante de sus narices, y la hago estornudar—, y para apagar las luces, y nos vamos.
—Quita eso, coño.
Sacude la mano como si espantara moscas y yo me meto en la trastienda sin dejar de reírme.
Daniela es maja en el fondo, y es una de mis compañeras de piso. Junto con Alonso, Paula y Susana, formamos un quiteto de amigos un tanto extraño y ecléctico. Vivimos juntos bajo el mismo techo, que no revueltos. Bueno, Daniela y Alonso sí viven revueltos, es lo que tiene estar enamorado y ser incapaz de quitar las manos de encima del otro. Os juro que a veces me dan envidia, y otras me dan arcadas de tan empalagosos que se ponen. Pero son buena gente, y llevamos una convivencia tranquila.
Siempre había pensado que compartir piso sería algo complicado. La convivencia no siempre es fácil, sobre todo cuando, como en nuestro caso, tenemos caracteres tan diferentes. Pero siempre he dicho que cuando quieres algo y pones de tu parte, lo consigues.
Y nosotras lo hemos conseguido.
¡Menos mal!
Cuando compré este piso, no pensé que me costaría tanto pagarlo. ¡Jesús! Entonces todavía no estábamos en crisis, y mi tienda me iba de maravilla. La gente tenía dinero y lo gastaba a espuertas en cualquier cosa. ¿Ahora? Ahora parecemos todos catalanes, devotos de la virgen del puño cerrado.
Ah, calla, que yo sí lo soy.
Pero claro, ¡si es que no hay dinero! ¿cómo vamos a gastarlo?
La cuestión es que, cuando la tienda empezó a bajar sus beneficios, me vi en la obligación de alquilar las habitaciones. Por suerte, el piso es enorme y pude arreglar las cuatro habitaciones que tenía llenas de tonterías para poder alquilarlas. No es legal, ya lo sé, pero oye, en estos tiempos que corren, cada uno se busca la vida como buenamente puede; y gracias a eso puedo pagar sin problemas la hipoteca y los gastos.
—¡Date prisa! —me grita Daniela, ya impaciente.
—¡Ya voy, ya voy! —le contesto mientras salgo casi tropezando con mis propios pies. Cierro la puerta con llave y bajo la persiana de golpe.
—Julio también vendrá, al final.
Daniela lo dice con mordacidad. Menos mal que está a mis espaldas, así no me ve cerrar los ojos y morderme el labio con saña para no soltar un improperio. ¿Por qué, Dios mío, por qué? En mala hora se me ocurrió enrollarme con él el pasado Carnaval.
Sí, Julio es el culpable de todos mis males. Es bombero, amigo y compañero de Alonso. En Carnaval nos enrollamos un poco y la cosa no llegó a más ese día porque a Daniela la raptó y casi mató un enfermo mental llamado Nil (una historia de novela, en serio). Pero cometí el error de salir con él días después, y entonces sí que acabamos en la cama. Es encantador y muy guapo, pero también una veleta inconstante con un enorme miedo al compromiso que me trae por la calle de la amargura, porque yo, que parece que tengo complejo de mártir, me he enamorado de él como una idiota.
—Pues creo que me voy a casa.
—¡No seas tonta! —exclama Daniela, medio enfadada—. Vale que es un gilipollas que se ha portado contigo como el culo, y no creas que no se la tengo guardada, pero no has de dejar que te impida hacer lo que te dé la puta gana.
Daniela no cambiará nunca, lo sé, y aunque casi (casi) me he acostumbrado a su manera de hablar, intercalando todo tipo de palabrotas malsonantes, hay momentos en que me dan ganas de lavarle la boca con lejía.
Pero no ahora mismo, porque tiene toda la razón.
—Lo sé, pero no tengo ganas de verle la cara.
—Lo que no tienes ganas es de que vuelva a intentar arrimar cebolleta contigo —dice riéndose a carcajadas—, porque mira que el tío no se da por vencido.
—Parece no comprender que NO es NO.
Empiezo a caminar mientras intento decidir si me vuelvo a casa o voy con ellos. El plan era ir a cenar y después al karaoke a echarnos unas risas, pero no me apetece mucho pasar varias horas al lado de Julio.
—El problema es que tu NO, es un NO con la boca chica, porque se ve a la legua que te mueres por sus huesitos.
Tiene razón. Otra vez. No puedo evitar mirarlo con cara de besugo mientras le digo que no quiero tener nada que ver con él. Pero es que una cosa es lo que el corazón siente, y otra muy distinta lo que me conviene. Y no me conviene liarme con él porque sé que saldré escaldada. Si no me hubiera enamorado de él como una tonta, no me importaría tenerlo como amigo con derecho a roce durante una temporadita, la justa, hasta que él se cansara de mí. O yo de él. Pero estoy enamorada, y tenerlo revoloteando a mi alrededor no es nada bueno para mi salud mental, sobre todo cuando le da por revolotear alrededor de cualquier otra chica hasta que consigue llevársela a la cama, delante de mis propias narices.
—Precisamente por eso prefiero evitarlo —admito sin pudor—. Porque sé que un día u otro acabará minando mis defensas.
—Pues lo tienes crudo.
Me abraza con fuerza, en mitad de la calle. La gente nos mira, pero nos da igual. Escondo mi rostro en la curva de su cuello y ahogo las ganas de llorar que de repente me han entrado. La aparto con brusquedad antes de perder la batalla.
—Déjate de monsergas. No pienso caer de nuevo en sus redes. Julio se puede ir a… a…
—A tomar por culo. A la mierda. A cascársela a un baño público. A follar con un mono.
—Qué fina eres, por Dios.
—Qué fina soy, hostia puta.

***

La tasca es un bar de pinchos retro cool paleto que está ubicado en el Paseo Marítimo de Esquelles, o por lo menos así es como lo llama Daniela. Se ha convertido en nuestro lugar favorito cuando salimos todos juntos porque se come bien y a buen precio, a pesar del lugar en el que está. Paula y Susana ya nos están esperando, y forman una pareja muy extraña.
Paula es heavy total, y desde que mandó a la porra su trabajo (estaba hasta el moño de su jefe), ya no abandona este look. Antes se vestía de «persona normal» por culpa del trabajo, y eso la hacía sentirse una traidora consigo misma. Viste unos pantalones pitillo negros, con unas botas de caña baja de motero (en pleno verano y con este calor, por Dios), y una camiseta negra con una enorme calavera en el pecho, con el cuello muy ancho como una barca, que deja un hombro al aire hasta casi el codo. Tiene el pelo oscuro y muy corto, y varios piercings en la cara.
Susana, en cambio, es una fashion victim. Es modelo fotográfica y de pasarela, aunque últimamente está intentando hacer sus pinitos en el cine. Viste un modelito más apto para una fiesta en Hollywood que para un bar de pinchos, tan corto que como se agache se le van a ver todas las interioridades y secretos. Es plateado y brilla como una bombilla led, y tiene un escote de esos que hace que a los hombres se les salten los ojos. También tiene el pelo corto, aunque con un corte mucho más femenino y largo que Paula, y su castaño claro está acentuado por unas cuantas mechas rubias.
Nos saludan con la mano cuando nos ven aparecer, y cuando llegamos a ellas todo son besos, risas y alboroto.
—¿Y Alonso? —pregunta Daniela—, ¿no ha llegado todavía?
—Yo pensaba que ibais a venir juntos —contesta Paula, chinchando un poco—. Como parecéis siameses…
—Siempre están pegaditos —se burla Susana.
—Necesitaba descansar de él y le he dado permiso para ir a tomarse algo con Julio antes de quedar con nosotras —contesta Daniela poniendo cara de suficiencia, como una reina hablando con sus súbditos—. He de darle un respiro de vez en cuando.
—Haces bien —añado yo—. El pobre se ha adelgazado unos cuantos kilos desde que estáis juntos.
—¡Eso es por el ejercicio que le obliga a hacer cada noche! —exclama Paula entre risas, haciendo un gesto obsceno con las manos imitando el acto de hacer el amor.
—¡Cuánta envidia suelta!
—¡Oh! ¡Sí! ¡Más fuerte, bomberito mío! ¡Ah! ¡Ah!
Todavía nos estamos riendo cuando llegan Alonso y Julio. El primero, antes de sentarse, le da a Daniela un beso en la boca de aquellos que quitan el sentido, y Julio obliga a Susana a moverse para poder meter una silla entre ella y yo, y sentarse a mi lado.
—Hola, brujilla —me dice con ese tono tan sensual que siempre utiliza con las chicas y que hace que nos derritamos—. ¿Cómo está Audrey Jr.?
—Deseando comerte —le suelto, desabrida, pensando en la afición carnívora de la planta original, pero me doy cuenta de lo mal que ha sonado en cuanto las palabras han salido de mi boca.
—No, cariño. La que está deseando comerme eres tú.

Capítulo dos

Me pongo roja como un tomate. El hecho de ser pelirroja y tener pecas, no ayuda nada a mi facilidad para ponerme colorada, y lo odio. En serio. ¡Lo odio! Es como tener un semáforo en la cara.
—Tu rubor me da la razón —ataca de nuevo, susurrando en mi oído. Me aparto de él todo lo que me permite la dichosa silla, echando la cabeza hacia un lado, y lo miro entrecerrando los ojos.
—Rubor —me burlo—. Parfavar. Esa palabra parece sacada de una de esas novelas románticas que lee Daniela.
Se gira hacia mí y me mira con sus ojos azul celeste chispeando de diversión. Pasa un brazo por mi espalda hasta dejarlo reposando en el respaldo de la silla, y se inclina otra vez.
—¿Románticas? —pregunta, divertido—. ¿O eróticas? Porque si es de estas últimas me encantaría leer una contigo, y poner en práctica cada escena que relate.
—Alonso. —Me giro hacia mi amigo y compañero de piso—. ¿Todos los bomberos sois igual de salidos que este? —pregunto con una sonrisa que pretende ser pícara pero que creo que expone abiertamente mi fastidio.
—Creo que es algo que viene con la profesión —contesta, muy serio—. Será por exponernos a tanto fuego.
Daniela se ríe antes de exclamar:
—¡Doy fe!
—No tiene nada que ver con mi profesión —exclama Julio siguiendo la broma—. Si creyera en las mismas tonterías que tú —me dice al oído mientras todo el mundo sigue riendo—, pensaría que me has lanzado un hechizo de amor.
—Si creyeras en las mismas tonterías que yo, sabrías que el karma es muy vengativo, y que te devuelve con creces lo que vas sembrando.
—Entonces, debo esperar que me devuelva mucho amor —contesta sonriendo.

***

Dos horas después estamos ya en el karaoke, bien aposentados, con nuestras bebidas en la mesa, y riéndonos como locos. Me encanta venir aquí, y me encanta subir al escenario a cantar. Sé que no tengo una voz prodigiosa y que, probablemente, si hubiera intentado ganarme la vida como cantante, me habría muerto de hambre; pero tampoco lo hago tan mal, ya que la mayoría de las veces me aplauden.
Julio está cantando Bailar pegados, de Sergio Dalma, y no me quita los ojos de encima. Sé que está intentando seducirme con la letra de la canción y yo no puedo evitar quedarme embobada mirándolo, y disfrutar con el espectáculo.
Julio es guapo, de la misma manera en que lo es Brad Pitt. Tiene el pelo rubio un poco largo, siempre medio despeinado. Sus ojos azul celeste tienen motitas doradas en el borde, están coronados por unas cejas pobladas y masculinas, y sus pestañas, espesas, son la envidia de cualquier chica. Tiene la nariz larga y un poco ancha en la punta, y los labios carnosos casi siempre los tiene torcidos en una media sonrisa seductora que hace que todas las chicas caigan rendidas a sus pies.
Y su cuerpo está a la altura del rostro. Musculoso sin exagerar, fibroso, ágil, con piernas largas y un culo respingón que queda de muerte metido en vaqueros. Cintura estrecha y hombros anchos, y unas manos grandes que cuando acarician provocan chispas sobre la piel.
Lo sé muy bien.
Lo que no entiendo es por qué sigue empeñado en repetir conmigo, si ya nos hemos acostado una vez. Que yo sepa, no es de esos. La lista de chicas que han pasado por su cama es interminable, y nunca lo he visto coquetear con la misma dos veces seguidas: en cuanto consigue lo que quiere, que es un buen revolcón, le da puerta y adiós. ¿Por qué conmigo no hace lo mismo? ¿Será porque no estoy interesada en repetir?
Julio está acostumbrado a ser perseguido por las chicas con las que se ha acostado. Es un espectáculo bastante denigrante para cualquier mujer que tenga un poco de sentido común y orgullo femenino, ver cómo lo asedian e intentan seducirlo por segunda vez, a pesar de su indiferencia. No es cruel con ellas, pero tampoco se muestra muy amigable. A veces lo he oído quejarse a Alonso por este asedio cuando la chica en cuestión es más insistente de lo normal, pero en el fondo sé que le gusta. ¿Por qué, sino, se comporta así?
—No sé por qué te resistes tanto a él —me susurra Susana, que está sentada a mi lado. Paula ha desaparecido, y Alonso y Daniela se están dando el lote a nuestro lado.
—Porque no me interesa un tío que no tiene ninguna intención de comprometerse.
—Yo haría una excepción con él.
—Yo ya la hice —confieso—, y no me interesa repetir la experiencia.
Susana abre los ojos como platos, y me mira, incrédula.
—¿No es bueno en la cama?
—Al contrario. Es demasiado bueno para la salud de cualquiera, y no quiero convertirme en una más de esas ridículas mujeres que lo acosan públicamente. Aunque en el fondo, las comprendo.
—Pues yo no lo he catado. Aún. —Me mira con ojos de traviesa—. ¿Te molestaría si lo intentara?
Sé que he puesto cara de asesina en serie cuando se echa hacia atrás, levanta las manos, abre los ojos con espanto, y se apresura a aclarar:
—¡Lo digo en broma!
¿En broma? ¡Ja! Y unas narices, lo dice en broma. Susana es libre como el viento, sin novio ni compromiso sentimental alguno, y yo no debería enfadarme si intenta ligar con él. Quizá así conseguiría que Julio dejase de acosarme a mí, pero estoy celosa, no puedo evitarlo.
—Yo no lo haría, rubia, a no ser que quieras que Nuria te rebane el cuello mientras duermes.
Paula interviene sin avisar, apareciendo de repente con un cubata en la mano. Se sienta a mi lado y me guiña un ojo, aunque no entiendo bien a santo de qué.
—¡Yo no haría eso! —protesto—. Estoy en contra de la violencia, ya lo sabes.
—Ya sabemos que eres pacifista, espiritual, y todas esas monsergas —admite Paula—. Pero también eres mujer, y estás locuela perdía por ese cacho de carne.
Señala a Julio, que ya ha terminado de cantar y viene hacia nosotras contoneándose como un gato muy grande. Todas las chicas de la sala se lo quedan mirando y babean mientras aplauden, y no puedo culparlas. Es demasiado guapo para la salud. Mira un poco mosqueado porque Paula le ha robado el sitio a mi lado, pero ella le devuelve la mirada, desafiante, y al final se rinde y se sienta al otro lado, delante de mí.
—¿Cuándo te toca cantar a ti? —me pregunta.
—Dentro de un rato. ¿Por qué?
Eso digo yo. ¿Por qué pregunto lo que no quiero ni me interesa saber?
—Porque disfruto mucho mirándote.
—Será escuchándola —tercia Paula con una mueca.
—No. Mirándola. Y no pienso quitarte los ojos de encima. Verte encima del escenario me dará una perspectiva única.
Lo hace para ponerme nerviosa, lo sé, y no debería permitírselo, pero las piernas han empezado a temblarme. ¡Maldita sea mi estampa! ¿Por qué este hombre consigue alterarme de esta manera? ¿Por qué se lo permito?
Le robo el cubata a Paula y le doy un trago bien largo. Puaj. Es de whisky y estoy a punto de escupirlo. Hubiera estado bien, dejar que mi boca se convirtiera en una fuerte y echárselo por encima a Julio. Sería una buena manera de obligarlo a irse, pero soy demasiado buena persona y me lo trago a pesar del asco.
—Te está bien empleado, por ir chorizando bebida ajena sin preguntar —me dice Paula al borde de la carcajada al ver mi cara. Julio se ríe por lo bajo sin quitarme los ojos de encima.
—Idos a hacer puñetas —les suelto mientras me levanto intentando ser digna, lo que hace que se rían todavía más. Qué rápido cambia Paula de bando.
—¿Vas al baño? —me pregunta Susana, que no ha coreado las risas y parece que está de mi lado.
—Sí, ¿me acompañas?
Susana asiente mientras se levanta, y cuando pasa por delante de Paula, la pisa a propósito clavándole el tacón.
—¡Eh! ¿Qué haces? —protesta esta.
—Castigarte por burlarte de una amiga —sentencia con seriedad.
—Pija de mierda, podrías haberme hecho daño.
—Qué lástima que no lo haya conseguido, fracasada. Claro, con esas botas tan machorras que llevas, cualquiera lo consigue. ¿Alguna vez vestirás como una chica de verdad?
—Cuando tú no parezcas una puta.
Me llevo a Susana a rastras de allí antes de que la cosa se desmadre. Somos buenas amigas, pero a veces nos puede el genio que todas tenemos.
—No me gusta que discutamos por culpa de ese energúmeno de Julio —le digo mientras la empujo hacia el baño.
—Yo no discutía por él, sino por ella. Últimamente está inaguantable y parece que busca pelea constantemente.
—Sí, me he dado cuenta. Supongo que estar en el paro le está pasando factura.
—Yo le dije que no se despidiera sin haber encontrado antes otra cosa, pero, ¿me hizo caso? Nooooo, claro que no. Susana es la tonta del grupo y nadie me hace caso.
—¡Ninguna de nosotras piensa que seas tonta! —protesto, indignada.
—Pues esa es la sensación que tengo.
Susana ha cambiado mucho en los últimos meses. Antes sí que la creíamos tonta. Era la típica modelo engreída, más preocupada por pesar la lechuga que iba a llevarse a la boca, que por los sentimientos de los demás. Parecía fría, egoísta, hipócrita y bastante prepotente. Pero cuando asesinaron a Sonia, la amiga de Daniela, algo cambió, aunque no sé el qué. Pasaron de odiarse a muerte a convertirse en grandes amigas, y eso fundió el hielo con el que Susana se protegía. Ahora es una chica completamente diferente; supongo que lo de antes era una máscara, y la de ahora, es la Susana real.
—Susana. —La obligo a pararse y la cojo del brazo para girarla y que pueda mirarme a la cara—. Ya no pensamos que seas tonta, en serio. Pero nos tuviste engañadas durante mucho tiempo con tu actitud de antes, y sí es cierto que te teníamos un poco de asco. Pero ya no. La nueva Susana nos gusta mucho, y es una amiga estupenda. Pero ya sabes cómo es Paula, cabezona como ella sola, y cuando se le mete una idea entre ceja y ceja…
—No permite que nadie la convenza de hacer lo contrario —acaba ella por mí, con su tono empapado de resignación.
—Exacto. No solo no te hizo caso a ti. ¿Crees que fuiste la única que se lo aconsejó? Pero cuando se pone en ese plan, no escucha a nadie. Es de las personas que necesitan pegarse el trompazo para darse cuenta de que se están equivocando.
—Pues que no nos lo haga pagar a nosotras.
—Bueno, las buenas amigas también han de estar ahí en los momentos malos, ¿no? Así que mejor no se lo tenemos en cuenta.
—De acuerdo. Pero el día que no se ponga esas botas, le clavo el tacón. Por gilipollas.
—Y yo la sujeto para que no pueda escaparse.
Nos reímos las dos, y eso logra tranquilizarme.
Cuando salimos del baño ya casi me toca a mí cantar, así que dejo a Susana, que vuelve a la mesa, y me voy hacia el lateral del escenario para prepararme. Hay una chica cantando el Let it go, de la película Frozen, y lo hace de pena, la pobre; pero parece que se lo está pasando genial, y a fin de cuentas, a eso se viene a un karaoke, ¿no?
Me subo al escenario dispuesta a darlo todo. Sé que la canción que he escogido no le pega mucho a mi look neo hippie, pero cuando empiezan a sonar los primeros acordes de So what, de Pink, me olvido de mi trenza pelirroja, de mi falda larga blanca con volantes, de mis sandalias de tiras, y de mi camiseta de tirantes de florecitas, y dejo que mi voz rasgada salga por mi garganta.
Cuando llego al estribillo, todo el mundo sigue el ritmo de la canción con las palmas, y eso consigue que me crezca y me olvide de todo, excepto de la música que hace vibrar el aire y el escenario bajo mis pies. Es como… estar en el centro del universo y sentir toda la energía que se acumula, y fluye, atravesando mi cuerpo, trayéndome felicidad y alegría.
Cantar es mágico.
Pero no es mi vida. Nunca lo ha sido.
A veces, cuando alguien me dice que es un desperdicio que no aproveche este don, a mí me da la risa. No considero un don el tener una voz pasable. Para mí, eso es un regalo del que disfruto, y nada más. Nunca me he imaginado encima de un escenario, cantando de forma profesional, ni siquiera cuando era una niña. Mi pasión siempre ha ido por otro lado, uno mucho menos prosaico y mucho más espiritual.
Porque siempre he sabido que yo era especial, a pesar de que todo el mundo me decía que estaba loca.
Les presto mi voz a los que ya no la tienen.
Cuando bajo del escenario, Julio me está esperando. Me sonríe de esa manera que lo hace con todas, lo que a mí me saca de quicio.
—Vaya, brujilla, tienes una voz preciosa —me dice.
—Esto… Gracias.
Intento pasar por su lado pero él se interpone.
—He de admitir que me ha sorprendido la canción que has escogido. Jamás me hubiera imaginado que te gusta Pink.
—¿Por qué? ¿Esperabas algo de Enya?
—No. De Michael Jackson. —Empieza a cantar el último estribillo de Thriller moviendo los brazos como un zombie mientras se ríe.

That it’s a thriller, thriller night
Because I can thrill you more
Than any ghost who would dare to try
Girl, this is thriller, thriller night
So let me hold you tight
And share a killer, driller

—Un día matarás a alguien con uno de tus chistes malos —rezongo, esquivándolo y alejándome de él para volver con mis amigas.
Las muy tontas la están liando, aplaudiéndome de pie y dando saltitos, y no puedo evitar contagiarme de su alegría y olvidarme de Julio y sus bromas estúpidas.
Él se queda atrás, y no vuelvo a verlo en toda la noche.
Mejor, ¿verdad?

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