Mientras esperas

Capítulo uno.

He odiado Nueva York desde que tengo uso de razón. Siempre me ha parecido una ciudad fría y cruel, como un enorme monstruo que nos está digiriendo poco a poco, encerrados en los intestinos que son sus calles. No es un sentimiento muy afortunado para alguien que ha nacido y crecido en ella, y que siempre ha pensado que no tendría una oportunidad para ser regurgitado como una bola de pelo y huir. ¿Sabías que la gran mayoría de neoyorkinos nacen y mueren sin haber salido nunca de sus propios barrios? Es una idea aterradora.
No hay cielo nocturno. Las estrellas permanecen escondidas entre las nubes de contaminación, los reflejos de las farolas y los grandes anuncios luminosos que pretenden disimular la falta de alma de la ciudad. Hay miseria, muerte y dolor en todas las calles.


Odio Nueva York, y odio la gente que aquí vive, incluyéndome a mí misma, por ser tan cobarde por no tener el valor de huir de ella. Es como vivir encerrada en una burbuja putrefacta con la puerta ante las narices sin ser capaz de alargar la mano para abrirla: sabes que más allá está la libertad y el aire limpio, pero el terror te petrifica y prefieres seguir viviendo entre la inmundicia con tal de no arriesgarte a cruzar el umbral.
Nunca he entendido por qué hay tanta gente que sueña con venir aquí. Yo sueño con irme. Incluso cuando era pequeña y mi padre vivía, soñaba con marchar a un lugar donde pudiera tumbarme sobre la hierba y pasar las horas muertas mirando el cielo.
Mi padre tenía el mismo sueño; supongo que de tanto hablarme de él me contagió el odio por esta ciudad y las ganas de huir. Y también el miedo. Él nunca lo logró. Murió con cuarenta y tres años de un ataque al corazón, cuando yo todavía no había cumplido los doce años, y me dejó completamente sola en esta ciudad llena de zombies.

—¿Otra vez aquí, Clara?
—Eso parece.
No había ningún tipo de reproche en la voz de Amanda, más bien una comedida sorpresa teñida con un punto de cansancio. Los últimos treinta días he acudido a ella más veces de las que quiero admitir.
Amanda es una mujer todavía joven. No sé su edad exacta, pero debe tener cuatro o cinco años más que yo. Lleva el pelo rubio recogido en un moño serio y tirante sobre la nuca, pero en sus ojos azules siempre brilla una chispa de diversión que no puede ocultar ni cuando se pone esas horribles gafas a lo Rottenmeier, antes de ponerse a teclear en el ordenador.
Siempre viste trajes chaquetas oscuros, y si no fuese porque la conozco de hace años, me engañaría completamente y pensaría que es una mujer rígida e implacable en lugar del amor de persona que sé que es.
Trabaja en una agencia de empleo, especializada en personal doméstico, y ha sido la encargada de encontrarme trabajo desde que cumplí los dieciocho años, cuando protección de menores se desentendió de mí. Hasta aquel momento, había sido como un paquete perdido en correos, yendo de casa de acogida en casa de acogida, sin encontrar ningún lugar en el que me quisieran lo suficiente como para quedarse conmigo.
—¿Qué ha ocurrido ahora? Los Sanders son buena gente, y siempre han tratado bien a sus empleadas —me dijo mientras me hacía entrar en el cubículo en el que trabajaba.
—No tengo ninguna queja de ellos. —Me senté en la silla de skay roto y dejé ir un suspiro de alivio. Todavía me dolía la pierna—. Pero su hijo es un pequeño monstruo con el que no estoy dispuesta a lidiar. Ayer le dio una patada a mi bastón, y me caí al suelo. Cuando se lo dije a sus padres, puso cara de inocente y lo negó todo.
El bastón es mi tercera pierna, mucho más útil que la verdadera. Nací con una deformación congénita en el pie derecho, que lo convirtió en una especie de muñón desagradable que a duras penas me sirve para apoyarlo en el suelo. Sin el bastón, no puedo dar más de cuatro pasos. Ni siquiera sería capaz de mantenerme en pie si no hubiese sido por la testarudez de mi padre, que me obligó desde muy pequeña a obviar el dolor que sentía hasta endurecer los músculos lo suficiente para dejar de lado la silla de ruedas.
—Vaya, lo siento mucho. Nunca he recibido queja de ellos en ese sentido.
—Pues te aseguro que no me lo invento.
Mi voz sonó claramente a la defensiva, porque Amanda levantó las manos en señal de paz, como si temiera que yo fuese a soltar uno de mis interminables discursos con los que atacaba a la gente cuando me sentía agredida verbalmente.
—Lo sé, cariño. Sé que no eres de las que se inventa excusas ni elude el trabajo duro. Aunque últimamente estás un poco más gruñona de lo normal —añadió mostrándome una sonrisa dubitativa que me indicó claramente que estaba preocupada por mí, pero que no se atrevía a manifestarlo abiertamente.
No me gusta que se preocupen por mí, porque normalmente esa preocupación va unida a una lástima que no quiero recibir. Me siento mucho más cómoda cuando alguien me llama «tullida» con desprecio o asco, a que me diga «pobrecita». Sé cómo reaccionar a lo primero, pero lo segundo hace que me sienta inferior y defectuosa.
—Este mes ha sido una mierda —admití. Respiré profundamente y apreté la empuñadura del bastón con las manos, buscando valor. Siempre me ha costado reconocer mis puntos débiles, y el mes de mayo es el peor de todos.
Amanda asintió con la cabeza sin decir nada al respecto. Ella sabe que mi padre murió el cuatro de mayo, y que este mes siempre estoy excesivamente sensible, algo que se traduce en una irritación constante que me hace estar de mal humor durante todo el día.
—¿Has pensado alguna vez en dejar Nueva York? —me preguntó de repente, mirándome fijamente.
Su pregunta me sorprendió. Nunca le había hablado de mi odio hacia la ciudad que me había arrebatado a mi padre, ni de mi cobardía al no ser capaz de huir de ella. No era algo que tuviera ganas de admitir, pero mi boca contestó antes de que yo pudiera hacer nada para impedirlo.
—Constantemente —confesé ante mi propia sorpresa, y una vez la admisión salió libremente, no fui capaz de parar—. Odio esta ciudad, y me encantaría poder marcharme de aquí, pero soy demasiado cobarde para arriesgarme. ¿A dónde iba a ir, sin tener dinero, ni empleo, y sin conocer a nadie?
Amanda alzó las cejas, sorprendida por mi inesperada y vehemente confesión. Hacía diez años que nos conocíamos, y nunca me había oído hablar así.
—Y, ¿dónde te gustaría vivir? —me preguntó, animándome a seguir.
—Pues en algún lugar donde pudiera ver el cielo estrellado por la noche, y respirar aire puro. Donde no tuviera miedo de salir a la calle cuando el sol se pone, y donde la gente salude con un «buenos días» cuando se cruza contigo por la calle.
La enorme sonrisa en su rostro, me dio miedo. Igual que el brillo de sus ojos entrecerrados. Apoyó el codo sobre la mesa y la cara en su puño para mirarme. Estuvo unos segundos en silencio así, observándome, como si estuviese calibrando una idea que iba tomando fuerza en su mente. Hubiera salido corriendo si mi pie deforme no me lo hubiese impedido.
—Creo que tengo el lugar idóneo para ti —afirmó finalmente. Se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho—. Mi tío Angus tiene un rancho en Montana. Es viudo, y necesita a alguien que se ocupe de la casa. Ofrece 1.500 $ de sueldo, más comida y alojamiento. —Entrecerré los ojos e iba a decir algo, pero Amanda me lo impidió levantando una mano—. No digas nada. Espérate a saberlo todo. Tiene tres hijos, y cuatro trabajadores permanentes, que lo ayudan a cuidar del rancho. Tu trabajo sería ocuparte de la casa, y de las comidas de todos ellos. En los meses de verano, también tendrías que ocuparte de dar de comer a los trabajadores temporales que contrata. Librarías cada domingo, y un mes de vacaciones pagadas. —Sacó una carpeta de uno de los cajones de su mesa, y me la dio—. Aquí dentro tienes una copia del contrato, en la que especifica cuáles serían tus funciones punto por punto. Llévatelo, léelo, y piénsalo detenidamente.
—¿Hace poco que es viudo?
—No, hace unos años. ¿Por qué?
—Porque no entiendo por qué busca ahora a alguien para que se ocupe de su casa.
—Tenía una mujer que lo hacía, pero es mayor y decidió jubilarse para ir a cuidar de su hija que acaba de dar a luz a su segundo nieto. Necesitan urgentemente a alguien que la sustituya. El verano está al caer y no pueden permitirse el lujo de estar sin cocinera cuando empiece el trabajo duro.
—Está bien. Me llevaré esto y lo estudiaré. ¿Hasta cuándo tengo tiempo para decidirme?
—No puedo darte más de veinticuatro horas. El puesto ha de estar cubierto antes del fin de semana.
—Ok. Lo consultaré con la almohada y mañana por la mañana te digo algo.
—Es tu oportunidad, Clara —me dijo mientras me levantaba para irme—. Estaría bien que no la dejases escapar.

Aquella noche no pegué ojo. La pasé sopesando los pros y los contra al mismo tiempo que no paraba de dar vueltas en la cama. La oferta de trabajo era magnífica para alguien como yo, y tan difícil de encontrar como una aguja en un pajar. Tenía claro que una oportunidad así solo se me presentaría una vez en la vida, y que si no la aprovechaba, me pasaría la vida yendo de casa en casa como había hecho hasta ahora, sustituyendo temporalmente a la criada de turno que estuviera de vacaciones, ganando una miseria  que solo me permitía sobrevivir.
Por otro lado, si aceptaba la oferta tenía que arriesgarme a marchar del único lugar que había conocido hasta aquel momento, para ir a vivir a un sitio extraño, alejado de la mano de Dios, y ser la única mujer en una casa en la que convivían cuatro hombres; y eso me daba miedo, a pesar de que confiaba lo suficiente en Amanda como para saber que no iba a encontrarme con un grupo de psicópatas al más puro estilo La matanza de Texas.
Cuando amaneció, no había sido capaz de tomar una decisión.
Me levanté de la cama y me quedé sentada en ella, con los pies descalzos en el suelo. Miré a mi alrededor, observando con atención el cuchitril en el que vivía desde que había cumplido la mayoría de edad. Era un apartamento apestoso de una sola habitación, con manchas de humedad en las paredes que hacían que la pintura se saltara. Lo tenía todo en el mismo sitio, lo que los modernos llaman «concepto abierto», pero que en mi caso era más bien «la caseta de mi perro es más grande». La cama, la cocina, el comedor y sala de estar, todo estaba en un puño de veinticinco metros cuadrados, con una única ventana que daba a la escalera de incendios, y a través de la cual solo podía ver la fachada del edificio de enfrente. El sol nunca había entrado allí, al contrario de la cucaracha que vi paseándose tranquilamente muy cerca de mi pie tullido.
«¿En serio te lo tienes que pensar? —me dije, observando al repugnante bicho—. Imagínate viviendo en un lugar en el que puedes ver el cielo desde la ventana; llenar tus pulmones de aire limpio con cada inspiración; dormir toda la noche con tranquilidad, sin que las peleas de los vecinos te despierten».
Intenté imaginármelo, pero no pude.
En aquel preciso momento, la pareja que vivía encima de mi piso empezó a pelearse. Se insultaban a gritos, llamándose de todo, y el sonido del cristal al romperse, seguidos de los gritos de dolor de ella, inundaron el aire. En el apartamento de al lado, alguien puso en marcha un molinillo de café eléctrico. En otro, empezó a sonar Jennifer Lopez a todo trapo.
Mis ruidosos vecinos habían despertado y el breve intervalo de paz había terminado.
Tenía que irme de allí, o acabaría volviéndome loca.
Precisamente por eso, acepté.

***

—Arriba, Kaden. Es hora de levantarse.
—Joder, papá. Todavía no ha amanecido, y es domingo.
Me di la vuelta, escondiendo la cabeza bajo la almohada. Por un momento, me sentí como si volviera a tener trece años, intentando remolonear para conseguir unos minutos más en la cama. Mi padre soltó un bufido exasperado.
—Hoy llega la nueva cocinera, y tienes que ir a buscarla a la estación de autobús.
—Que vaya Keitan, o Knox —gruñí—. ¿No quedamos en que se ocuparía uno de ellos?
—Tus hermanos todavía no han vuelto y no contestan al teléfono.
Suspiré, resignado a mi terrible sino. Estaba claro que este domingo tampoco iba a poder dormir a pierna suelta hasta que me cayera de la cama. Había sido una semana horrible en la que casi no había podido pegar ojo, y me había aguantado de pie de puro milagro gracias al café cargado que prepara Daisy por la mañana. Pero el domingo ella no está, ya que se va al pueblo a pasar el día en casa de su hija, como ha hecho desde que trajo al mundo a su primer nieto.
—¿Y se puede saber dónde coño se han metido ese par de vagos?
—Deja de quejarte y mueve el culo.
Keitan y Knox son mis hermanos menores. Dos granos en el culo, si queréis saber mi opinión. Igual que Daisy desaparece cada domingo, ellos lo hacen el sábado por la noche, cuando van hasta Cascade en busca de «carne fresca», como dicen. Capullos. Tienen locas a todas las chicas del pueblo, y creo que quedan pocas con las que no se hayan acostado. Son unos casanova irreductibles a los que algún día, algún padre o marido cabreado, romperán las piernas. A veces pienso que los cambiaron en la nursería del hospital cuando nacieron, porque no se parecen ni a mi padre ni a mí.
Kaden, Knox y Keitan. Nuestros padres demostraron tener un gran sentido del humor cuando nos pusieron los nombres. Me imagino sus conversaciones cuando mi madre estaba embarazada de mí.
«¿Cómo lo vamos a llamar?»
«Busquemos nombres que empiecen por K. Así, de paso, justificamos el nombre del rancho Triple K».
«Pero solo es uno, no son trillizos».
«Bueno, ya tendremos más. Hasta tres».
Y cumplieron. Vaya si lo hicieron. Después de a mí, tuvieron a dos incordios que no han parado de darme por culo desde que nacieron.
Me levanté refunfuñando, antes de que mi padre usara alguna de las técnicas de cuando yo era adolescente, como tirarme un cubo de agua helada por encima, preguntándome qué tipo de ventaja tenía el tener dos hermanos, si todas las obligaciones desagradables recaían siempre en mí. No soy muy sociable, al contrario que Keitan y Knox. No llego a ser gruñón, ni soy tímido, pero no me gusta relacionarme con gente nueva; eso se lo dejo a ellos. Yo prefiero concentrarme en dirigir el rancho que nos da de comer. Pero como siempre, a la hora de la verdad han desaparecido del mapa.
Me duché rápidamente, me vestí y bajé las escaleras de dos en dos. Eran las siete de la mañana y tenía media hora para llegar a la parada del autobús para recoger a Clara Simmons, la nueva empleada del rancho que iba a ocuparse de la casa; pero antes tenía que pasarme por la cocina para mi dosis diaria de cafeína.
—¿Hay café, papá? —pregunté mirando de un lado a otro.
Mi padre estaba sentado en la isla central, tomándose su desayuno de cada día: huevos fritos con bacon y un enorme tazón de humeante y espeso café. Pero no había ni rastro de que hubiera más preparado.
—Me he recalentado el que sobró de ayer en el microondas. Tienes que hacer de nuevo.
—¡No tengo tiempo! —exclamé, exasperado. ¡Maldita sea! Cogí la taza de mi padre y me la bebí de un trago ante su atónita mirada.
—¡Kaden! ¿Te parece bonito robarle a tu padre el único café que queda?
—No eres manco, papá. Pon la cafetera. Yo tengo prisa.
—No se te habría hecho tarde si no hubieras remoloneado.
Típico de mi padre, hacerme sentir como un preadolescente cuando ya he superado la treintena. Y muy típico también el no mencionar a mis hermanos en su regañina.
—Hasta luego, papá.
Salí de la casa sin replicarle. No tenía tiempo para la misma tonta discusión de siempre, que acababa con los dos enfadados: yo por culpa de la irresponsabilidad de mis hermanos y de la actitud sobre protectora de mi padre; y él, porque no comprende que a mí me exaspere que los siga tratando como a chicos cuando ya son hombres hechos y derechos.
Subí a la ranchera y enfilé el camino hacia la carretera que llevaba hasta Cascade. El pueblo no es muy grande, menos de 7.000 habitantes, y está un tanto lejos de las principales carreteras del estado. Por eso, la compañía de autobuses decidió que no le salía rentable poner una parada en el mismo pueblo, y nos tuvimos que contentar con la que hay en el cruce donde están los desvíos hacia Cascade, Portnam y Castle Rock, y que está a veinte minutos en coche del propio pueblo.
La señorita Simmons iba a llegar en el autobús de las 7’30, y teniendo en cuenta lo que yo tardaría en llegar hasta allí, no estaría a tiempo ni de broma.

***

Me arrepentí de mi decisión, en el mismo momento en que bajé del autobús y vi lo que había ante mí.
Nada.
Absolutamente nada digno de mención. Hectáreas y hectáreas de pasto por los cuatro puntos cardinales; cerros ondulados, algunas colinas, grupos de árboles esparcidos aquí y allá, y unas montañas recortadas en el horizonte. Ningún alma viviente a la vista.
Había venido a parar al culo del mundo.
Después del viaje en avión y de las horas que pasé en el autobús para llegar hasta aquí, no había nadie esperándome. Menos mal que no iba cargada, ya que había guardado la mayor parte de mis cosas en un trastero antes de venir, y había enviado el resto hasta el rancho dos días antes de salir de viaje, incluida mi ropa y algunos libros de los que no quería separarme. Ir arrastrando una maleta cuando tienes un pie tonto y tienes que ayudarte constantemente por un bastón, no es muy práctico, así que solo llevaba conmigo un pequeño bolso de viaje con cuatro «porsiacasos» que toda chica ha de llevar encima, aunque sea una tullida como yo.
Me senté en el banco de plástico barato que había bajo la marquesina de la parada del autobús, y me dispuse a esperar. Era temprano y todavía no hacía calor, pero pensé que si tenía que permanecer allí demasiado rato, el sol acabaría pegando fuerte y no tenía ni una botella de agua para paliar la sed. Acabaría muriendo bajo una marquesina cutre, olvidada, de inanición y deshidratada.
Rebusqué el teléfono móvil en mi bolso, esperando no tener que sacarlo todo para encontrarlo. Tenía guardado el número de teléfono del rancho Triple K y pensé en llamar, pero se había quedado sin batería.
Golpeé el bastón contra el suelo, cabreada, y entonces ocurrió algo que me dejó patidifusa: respiré. Respiré profundamente intentando calmarme, y llené mis pulmones con aire puro. Allí no había olor a fritos, polución o a sudor rancio, y mi boca no se llenó del amargo regusto a derrota que el aire de Nueva York dejaba siempre. Sonreí sin darme cuenta, y se convirtió en una carcajada histérica que me sorprendió a mí misma. Reí hasta que me dolió la barriga, sin saber muy bien por qué, pero por primera vez en mi vida desde que murió mi padre, me sentí feliz.
Estar en medio de ninguna parte, rodeada de campo, poder mirar el cielo azul sin que estuviera recortado por la silueta de algún edificio, respirar aire puro, y no oír nada, nada en absoluto, ni el murmullo constante de la gente que se convierte en un gemido que se incrusta en los oídos y es imposible deshacerte de él; fue como si de repente me quitase cuarenta años de encima, y me sentí como una mujer joven de veintiocho, que es lo que yo era en realidad, con toda una vida llena de sorpresas agradables por delante.
Tuve el convencimiento de que iba a ser feliz, allí. Sin saber cuánto tiempo duraría en ese trabajo, supe, instintivamente, que jamás volvería a Nueva York, ni a ninguna otra gran ciudad. Aquello que tenía ante mí era lo que mi padre y yo habíamos soñado antes que a él se lo llevara el infarto, y ahora que por fin me había decidido a dar el paso, no iba a echarme atrás, costara lo que me costara.
Cuando terminé de reír, dejé ir un sonoro suspiro. Me recliné hacia atrás, hasta apoyar la cabeza en el anuncio de la marquesina, y cerré los ojos para poder empaparme de todo lo que me rodeaba. Al principio había creído que no olía a nada, pero no era cierto: olía a pasto, a sol, a tierra fértil. Incluso hubo momentos en que llegó un ligero tufillo a estiércol que no me molestó en absoluto. Durante un tiempo había sido la encargada de la limpieza de los baños públicos de un centro comercial y, en comparación, el estiércol me olía a gloria, a libertad, a independencia y sencillez.
Creo que me quedé medio dormida, con la cabeza apoyada contra la marquesina y las manos unidas en la empuñadura del bastón, que tenía colocado entre mis piernas, porque no me di cuenta de la llegada de alguien hasta que oí su voz.
—¿Es la señorita Simmons?
Abrí los ojos y parpadeé, confusa. Durante un segundo no supe dónde estaba, y toda mi atención se centró en la magnífica mandíbula que tenía ante mí, triangular, con un pequeño hoyuelo en el centro, y recubierta de una barba de dos días. El resto del rostro estaba oculto bajo un sombrero Stetson negro, adornado con una cinta de cuero que lo rodeaba, lleno de monedas pegadas.
—Yo misma. ¿Y usted es..?
Le dirigí una sonrisa espontánea, nacida en parte de la alegría de oír otra voz en aquel lugar desierto, y en parte por la inmensa sensación de paz que había conseguido durante aquel rato que había pasado allí, completamente sola y en silencio.
—Kaden Wescott.
La voz era profunda y algo cavernosa, muy sensual, como seda sobre la piel. Cuando alzó el rostro pude ver una nariz romana, un tanto ganchuda pero no desagradable, en absoluto, y unos ojos verdes brillantes que me miraban sobre unos pómulos marcados. Era un rostro muy varonil, curtido por el sol y los elementos, con un dorado que no se adquiría en un spa, sino trabajando bajo el sol de un estado como Montana.
—Lamento llegar tarde —se disculpó. Parecía incómodo y mantenía sus manos quietas al lado del cuerpo, sin hacer ningún gesto que indicara que tuviese la intención de ofrecerme una para estrechármela.
—No importa —contesté. ¿Qué iba a decir? El rato que había pasado allí, sola, me había ido muy bien para quitarme de encima los nubarrones de tormenta que amenazaban mi mente cuando llegué.
Él asintió con la cabeza y miró imperceptiblemente hacia el bastón que yo todavía sostenía entre mis manos. No vi que demostrara sorpresa al verlo, así que me imaginé que Amanda les había advertido de mi minusvalía.
—Será mejor que nos pongamos en marcha. Todavía tenemos tres cuarto de hora de camino hasta el Triple K. —Se giró y caminó hacia la ranchera de color verde que había estacionada al lado de la marquesina, y pude admirar un estupendo culo enfundado en unos pantalones vaqueros que se le adherían a la piel como un guante. Tenía las piernas ligeramente arqueadas, y el andar típico de los vaqueros, balanceando las caderas, producto de pasar tantas horas a caballo.
Me sorprendió que no hiciera algún gesto para ayudarme a levantar. La mayoría de la gente, cuando se encuentra conmigo por primera vez (o con alguien como yo), tienen tendencia a pensar que necesito ayuda para hacer cualquier cosa, y se desviven por ayudar sin darse cuenta que esa actitud, tan paternalista nacida de la lástima más pura, muchas veces nos hace sentir incómodos. No saben cómo reaccionar, cuando lo único que han de hacer es seguir actuando como con cualquier otra persona.
Cogí el bolso, que se había quedado sobre el banco cuando busqué el teléfono móvil, y lo volví a colgar de mi hombro. Lo seguí, caminando ayudada por el bastón. Kaden me abrió la puerta del pasajero y me observó mientras subía. Me costó un poco, ya que en estos coches los asientos están más altos que en un turismo, pero ni él hizo el gesto de ayudarme, ni yo se lo pedí.
Cerró la puerta en cuanto yo estuve acomodada, giró alrededor de la ranchera y se sentó tras el volante.

***

Clara Simmons no era lo que esperaba. Ni por asomo. Cuando Amanda nos advirtió que tenía una leve minusvalía de nacimiento y que necesitaba un bastón para poder moverse con libertad, me imaginé a una chica amargada y gris. No sé por qué siempre asociamos este tipo de cosas, quizá porque creemos que así nos sentiríamos nosotros si estuviéramos en su lugar.
Pero Clara Simmons no tenía nada de gris; y, desde luego, no parecía una mujer amargada. Lo supe en cuanto me dirigió aquella sonrisa luminosa.
Lo primero que vi a través del parabrisas de la ranchera cuando me acerqué a la parada del autobús, fue un amontonamiento de colores chillones que casi me derriten las retinas. Acababa de quitarme las gafas de sol y este me había deslumbrado, por lo que aquello me pareció como si alguien hubiera abandonado un montón de ropa debajo de la marquesina. Cuando por fin mis pupilas se acostumbraron y bajé de la camioneta, vi que aquello era una mujer sentada, medio dormida, con un enorme bolso de tela estampada en flores a su lado.
Lo primero que me vino a la cabeza para definirla, fue la palabra «peculiar». Llevaba un peculiar tono lila de pelo, con un corte descuidado que le llegaba hasta los hombros; sus manos reposaban sobre la empuñadura de un bastón, decorado de arriba abajo con los rayas verticales con los colores del arco iris; tenía las piernas cubiertas por una falda larga y ancha, de color rosa pálido, adornada con corazones de todos los colores; llevaba una chaqueta, estilo tejano, de color amarillo canario; y sus botas, anudadas al tobillo, eran moradas.
Iba a causar sensación en un lugar tan pueblerino y tradicional como Cascade.
Cuando abrió los ojos y me sonrió, sentí que un estremecimiento me recorría de arriba abajo, como si hubiera metido los dedos en un enchufe.
Tenía la nariz pequeña y respingona, que en nada se parecía a mi pico de águila. Si la besara, nuestras narices no chocarían como dos icebergs en mitad del océano, y nos ahorraríamos la torpeza y la incomodidad de después. Tenía una frente alta coronando un rostro en forma de corazón, con una barbilla delicada y unos labios carnosos. Fijé mi mirada en ellos mientras ella parpadeaba al oír mi voz, y cuando entramos en la camioneta para ponernos en marcha, di gracias mentalmente por haber llevado las gafas de sol. Con ellas puestas, podía permitirme mirarla de reojo sin que se diera cuenta.
—¿Han llegado ya mis cosas? —me preguntó, y durante unos segundos no supe de qué me hablaba—. Las envié hace dos días. Tres ya, en realidad.
—Sí, llegaron ayer por la tarde. Pusimos todas las cajas en tu dormitorio. Allí las encontrarás.
—Estupendo, muchas gracias.
Ninguno de los dos sabíamos de qué hablar, y se estableció entre nosotros un silencio incómodo del que no podíamos salir. Finalmente, fue ella la que lo rompió con un tema del que me apasiona hablar.
—¿Es muy grande, el Triple K?
Puedo pasarme horas y horas hablando sobre mi rancho, hasta conseguir que mis oyentes se duerman de puro aburrimiento; pero Clara no solo no se durmió, sino que me escuchó con verdadero interés, absorbiendo cada una de mis palabras como si fuese una niña a la que se le está contando un cuento de hadas, interrumpiéndome de vez en cuando para hacerme preguntas que yo contestaba con mucho gusto. De vez en cuando la miraba de reojo, escondido tras mis gafas de sol, y la observaba, lleno de curiosidad por esta mujer de voz vibrante y mirada limpia.
Atravesamos Cascade sin darnos cuenta apenas, y enfilé por la carretera que llevaba hasta el rancho sin dejar de hablar.

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