Johnny

Como cada tarde, Sam apretaba el paso a la salida de la Escuela Secundaria para Señoritas Santa Brígida. Estaba nublado y la lluvia, perezosa, salpicaba los parabrisas de los coches. Ella y sus amigas caminaban rápido, deseando atravesar la verja que las encarcelaba durante ocho horas todos los días. Entonces, en la calle gris, bajo el cielo igual de gris, podrían ser libres. Al menos durante un rato. Más tarde, otra verja diferente, la de sus mansiones con jardín, las apresaría de nuevo.

—¿Lleváis las autorizaciones? —preguntó Amy.

Las otras dos chicas sacaron de los bolsillos el documento con el sello de la escuela y se lo mostraron.

—Le daré el mío a mi hermano para que lo falsifique.

Sam devolvió una sonrisa cómplice a su compañera. Skyler, que era un poco más lenta, parecía no comprender.

—¿Por qué quieres hacer eso? —preguntó, sacudiéndose la lluvia de los hombros.

—Así podremos irnos al fin a Las Vegas —le aclaró Sam—: Solo tiene que cambiar la fecha de la excursión, poner otro lugar y especificar que se trata de dos días en lugar de uno solo. Tendremos tiempo suficiente para largarnos bien lejos, y cuando nuestros padres se quieran dar cuenta…

Skyler la miró con sus ojos marrones muy abiertos. Estaba asustada, claro. Sam ya lo sabía. Skyler siempre había sido una cobarde, todo le daba miedo: el tabaco, el alcohol, los tacones, el carmín, los hombres. Amy, en cambio, no tenía miedo a nada, pero Sam sabía que era interesada y que no podría contar con ella siempre. Solo mientras a Amy le viniera bien.

«En realidad estoy sola». Esa era la mayor verdad de su corta existencia. Y se la repetía continuamente para no olvidarla nunca.

La escuela era un edificio grande, de tres alas, con paredes de piedra vista y rodeado por un amplio prado. Más allá de la valla de forja estaban aparcados los coches de alta gama que esperaban a las alumnas. Mercedes, Audi, Volkswagen. Algún Chevrolet. Las chicas abrían las puertas y entraban con desagrado, molestas por aquel chaparrón que estropeaba su pelo y sus chaquetas. Las madres o los asistentes personales de sus padres ponían el motor en marcha y se alejaban, llevándolas de vuelta a los seguros refugios del hogar.

Samantha las miraba sin envidia alguna. A sus ojos eran como vacas, viajando constantemente entre el matadero y la granja. Eran jóvenes, guapas, vibrantes, pero cada día morían un poco más. Ella podía verlo, aunque nadie más lo hiciera.

Era ridículo, todo aquello. Las monjas, las clases, las normas. La falda por debajo de la rodilla, los calcetines altos, el uniforme bien abrochado, el pelo recogido. Los rezos antes de cada clase, el código de comportamiento, las varas sobre los nudillos.

Sé educada. Sé una buena chica. Haz caso a tus padres. Haz caso a tus profesores.

Las tres amigas se escurrieron por una bocacalle, con las carteras bamboleándose al costado, mirando por encima del hombro. El autobús privado del Santa Brígida se marchaba sin ellas una tarde más. Cuando al fin perdieron de vista la prisión, pudieron al fin respirar.

—Hasta nunca —dijo Amy levantando el dedo corazón hacia el lugar por el que el vehículo había desaparecido—. Odio ese maldito autobús que siempre huele a vómito.

Corrieron por las callejuelas más oscuras, riendo y empujándose. Skyler era cobarde y tenía miedo, pero también corrió. Amy solo lo haría hasta cierto punto. Pero Samantha no temía a nada. Ya no.

No grites. No te rías en alto. No grites. Nunca levantes la voz.

Normas absurdas.

Estudia, para que conozcas el valor del esfuerzo. Aprende, pero no demasiado. Y luego, espera que los demás te juzguen. Que juzguen cuánto vales, cómo de lista puedes ser, a qué altura debes llevar la falda, cómo tienes que recogerte el pelo.

Sonríe. Sonríe siempre. Deja que hablen los mayores, deja que hablen los profesores. Y cuando seas adulta, deja que hablen los hombres.

Sonríe y obedece.

Esas eran las leyes dispuestas para ellas. Pero Sam estaba loca, así que hacía arder la ley y solo la cumplía cuando había algo en juego.

Corrieron hasta llegar al barrio contiguo, apenas a tres manzanas, y allí se detuvieron en una calle sin salida. A un lado había un edificio alto de hormigón en cuyo muro posterior habían pintado graffittis con nombres ininteligibles. Al otro estaba la puerta trasera de un restaurante oriental. Los contenedores de basura se apiñaban junto al muro que cerraba la travesía y de una alcantarilla brotaba una nube de vapor deshilachado. Había charcos entre las grietas de asfalto y las baldosas quebradas de la calle, pero más allá de la basura y la pestilencia, el refugio de las tres jóvenes seguía intacto.

—¿Lleváis algo de beber? —preguntó Amy mientras caminaban.

—Yo no tengo nada.

—¿Queréis que vayamos a comprar? —propuso Sam.

—¿Comprar alcohol? Ni de coña. Luego mi madre me hará echarle el aliento y a ver cómo se lo explico.

—Eres una aguafiestas, Skyler.

Allí estaba su banco, un asiento alargado de madera que habían llevado hasta allí desde un parque cercano. Con unas cajas viejas y una tela oriental comprada en el mercadillo por diez dólares, Amy había fabricado una especie de porche. A veces los trabajadores del restaurante salían a tomar un descanso y las veían allí. Nunca se acercaban, pero Sam entendía perfectamente sus miradas. Las entendía demasiado bien. Podía ver la lascivia, el turbio deseo y la violencia en sus ojos.

Las tres chicas se sentaron y sacaron el paquete de cigarrillos. Samantha extrajo uno y se lo encendió con el mechero que llevaba escondido en el calcetín. Luego se subió la falda y remetió la cinturilla para dejarla corta, por encima de las rodillas. Cruzó las piernas y se soltó el cabello, tomando una profunda calada.

No fumes. No te sientes así. No es de señoritas.

¿Es que quieres que piensen que eres una puta? ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que eres?

Relajada, Sam hizo caso omiso a aquella voz oscura que parecía susurrarle al oído. Echó la cabeza hacia atrás y enredó un dedo en su larga melena rubia.

Samantha Hudson estaba loca. Ella lo sabía. Su mente mantenía diálogos continuamente, su cabeza estaba llena de voces y no funcionaba como la de cualquier otra persona, como la de alguien normal. No, ella no era normal. Era un defecto en la familia, un fallo en la sangre de los Hudson. Rara, atrevida, incomprendida, sentía que no encajaba en ninguna parte.

Llevaba meses soñando con escaparse de casa y ahora al fin, el plan estaba en marcha. Dejaría atrás a su madre, dejaría atrás el colegio, hacia la salvaje lejanía, dando tumbos hacia donde la vida la quisiera llevar. Era lo que quería hacer. Era lo único que sentía en su corazón que podía hacer, lo único posible para que todo tuviera algún sentido.

—Ya falta poco. En unos días seremos libres —dijo Amy como si pudiera leerle la mente.

Dio una profunda calada que le raspó los pulmones, escuchando mientras las otras dos chicas charlaban. La nicotina y el fuego, junto con la conversación ligera, quemaron poco a poco las cadenas, igual que cada tarde. Al menos durante un rato.

***

Johnny aceleró otra vez. Las sirenas de la policía se escuchaban cada vez más lejos, tal vez ya podría relajarse…

No, de ninguna manera. Si algo le habían enseñado las calles de Detroit era a no ser nunca confiado. Hizo un cambio de sentido y después callejeó un poco por las vías más estrechas hasta que dejó de oír otra cosa que no fuera el ruido de la lluvia sobre el suelo, sobre el metal de la moto, en los charcos, en el cuero del chaleco.

Ah, y algo más. El móvil.

Detuvo el vehículo junto a un viejo restaurante chino y calzó el freno, sin desmontar, rebuscando el teléfono bajo la chupa.

Cuando descolgó lo hizo con una mueca amarga. Seguro que era Garrett. «Ya se ha enterado. Joder, ¿cómo lo hace? Si apenas han pasado veinte minutos».

—¿Sí?

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no vayas por tu cuenta?

Johnny suspiró. Echó una mirada alrededor, cerciorándose de que las cosas se habían enfriado. Caía la tarde y las luces urbanas empezaban a encenderse. Grupos de afroamericanos se reunían bajo las cornisas, refugiándose de la lluvia, escuchando música y haciendo sus trapicheos. Ni rastro de la policía.

—Ya… lo siento… oye, mira, no estaba planeado. Fue un encontronazo.

—¿Quién empezó? Y dime la verdad.

Garrett no necesitaba levantar la voz ni hablar de manera agresiva para imponer su autoridad. Johnny le respetaba porque era un tío duro, de los duros de verdad. De esos que no fanfarronean. Y como le respetaba, era una de las pocas personas a quienes no mentía.

—Estaba en el Pancho’s, acababa de salir y había dos de ellos en la puerta. Ninguno lo esperábamos. Nos quedamos un poco… ya sabes, eh, sin saber qué hacer. Seguí mi camino y al rato empezaron a increparme. No iba a responder, pero…

—Así que empezaste tú.

—Según se mire…

—John.

Se pasó la mano por el pelo, agobiado. Esto era peor que lo de la policía. Los asuntos con la madera se arreglaban con un soborno, o recurriendo a Emily, pero las peleas entre bandas… eso sí era un marrón. Y para colmo tenían que ser los putos Angry Souls. Sabía lo que venía a continuación: Garrett tendría que ir a hablar con Zachary y explicar lo sucedido, y Zachary usaría cualquier excusa para humillar a los Wolfhounds.

—Se me cerraron alrededor, ¿vale? Intenté alejarme, no quería problemas, pero me estaban acorralando, así que le di un puñetazo a Randall.

—Bien. Ya hablaremos cuando vuelvas. Te estoy esperando en el Kennel.

—Vale. —Suspiró—. Mira, me haré responsable, ¿de acuerdo? No tienes por qué cargar con esto.

Garrett soltó una risa seca desde el otro lado del teléfono.

—No digas chorradas, Johnny. Sabes que eso dará igual. Ellos me harán responsable a mí.

—Ya. Lo siento. De verdad que lo siento.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio frío y después, Garrett colgó. Johnny soltó el aire de los pulmones lentamente y volvió a pasarse la mano por el pelo, oscuro y mojado de lluvia.

Menudo marrón. Un puto marrón, sí.

—Bueno, no lo voy a solucionar amargándome —se dijo rápidamente.

Cogió el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo. Había parado de llover. Pasó la mano por el espejo retrovisor y se miró en él, tocándose con los dedos la magulladura en el pómulo. Esbozó una sonrisa traviesa al ver el cerco morado que se le había quedado alrededor del ojo.

Nunca se había considerado un tío guapo, pero sabía que tenía algo. Y los golpes le quedaban bien, se sentía sexy. «No debería estar pensando en esto», se reprochó. «Bah, hasta que no vaya al Kennel, puedo hacer lo que quiera».

Johnny Cassidy tenía nombre de cowboy, y como a los protagonistas de esas viejas películas del Oeste, sufrir no se le daba nada bien. Había nacido en Detroit y llevaba aquella ciudad en las venas. Puede que fuera una ciudad horrible, pero también le gustaba. Era paradójico, pero qué no lo era. Se tomaba los problemas con humor e intentaba no agobiarse con nada, pero en días como aquel era casi imposible.

Se cambió la raya de lado y se apoyó en la moto, mirando el restaurante y conteniendo un suspiro. Tenía hambre. Tal vez sería buena idea entrar y pillar un teriyaki o algo así. Esos mamones le habían tirado su comida al suelo durante la pelea, y aquello no se lo perdonaba. A Johnny siempre le había parecido un delito grave desperdiciar la comida, y que otros se la tirasen era peor aún, un acto imperdonable.

Le puso la cadena a la moto y se dirigió a la puerta. Y estaba a punto de entrar cuando vio algo que le llamó la atención: un destello dorado en el rabillo del ojo.

Al volver la cabeza, su curiosidad se tornó en asombro y durante varios segundos, no pudo hacer otra cosa que mirar embobado aquella escena irreal.

Era como si un pedazo del paraíso hubiera caído por accidente en aquel rincón sórdido de la ciudad. Silbó entre dientes.

—Hoy es tu día de suerte, Johnny —se dijo a sí mismo.

Se trataba de tres chicas preciosas. Eran muy jóvenes, o eso parecía a juzgar por el uniforme escolar que vestían. Estaban allí mismo, al fondo del callejón, sentadas en un viejo banco de madera cubierto por una colcha de lino de color azafrán y llena de agujeros. La de la izquierda tenía el pelo negro y ondulado, algunas pecas en el rostro y se sentaba con las piernas un poco abiertas, dejando ver las braguitas blancas de algodón bajo la falda de tablas. Se pintaba los labios, mirándose en un espejito, mientras conversaba con las otras dos. Tenía un aspecto rebelde y en cierto modo, peligroso. Aquella cría sería toda una mujer fatal cuando hubiera crecido, estaba seguro de ello.

En el centro se acomodaba otra muchacha un poco más infantil, con el pelo castaño recogido en una coleta y la expresión entre asustada y aburrida. Era guapa, pero mucho más vulgar que sus compañeras.

Al otro lado, una joven rubia, con el pelo liso fumaba distraídamente, sentada de medio lado, como una dama en un diván, con el cuerpo ligeramente apoyado en su compañera. Esta llevaba la melena igual de larga que la chica morena, pero la suya era ligera, vaporosa, en lugar de sensual y salvaje.

Aquel era el destello que le había atraído al principio. Aquella muchacha, que parecía un hada, era dorada y hermosa. Tenía la nariz respingona, la barbilla redonda, los labios carnosos y las cejas altas. Las pestañas oscuras enmarcaban un par de ojos claros, tal vez verdes o azules, no podía saberlo a causa de la distancia.

¿Qué demonios hacían tres colegialas pijas en un maldito callejón del West Side? Y sobre todo, ¿quién era esa preciosa chica y de qué reino mágico había salido?

Eran como una aparición, tan bonitas, allí en medio de la porquería… de hecho, resultaba un poco inquietante. Y lo fue aún más cuando ella le miró.

Al principio, a Johnny le había parecido lánguida, inocente y etérea. Pero cuando aquellos ojos se fijaron en los suyos, de pronto sintió que estaba equivocado. No había nada etéreo en ella. La muchacha tenía una mirada amarga, oscura… antigua. ¿Cómo podía una chica tan joven tener unos ojos así, tan viejos? Miró sus labios pintados de carmín, el humo del cigarrillo que brotaba entre ellos y después volvió a sus ojos, que no se apartaban de él. La vio cambiar de postura, cruzar las piernas y levantar las cejas, como desafiándole.

Y antes de darse cuenta de lo que hacía, caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y la prudencia olvidada en alguna parte.

. . .

La brisa agitaba la tela que les servía de techo, se colaba bajo sus faldas y les enfriaba los muslos. Estaba oscureciendo y pronto tendrían que irse. Apuraban aquellos últimos minutos de libertad haciendo planes de futuro. Escaparían de casa y se irían a Las Vegas, y…

—Mi amiga Sharon está trabajando allí de camarera, en un local. Desnudándose no, solo de camarera, ya sabes. Cuando lleguemos, nos quedaremos en su apartamento un par de días hasta que encontremos trabajo —explicaba Amy.

—Tendremos que mentir sobre nuestra edad —dijo Skyler.

—¿Qué más da? Ya solo nos quedan unos meses. Menos a Samantha. Tú cumples en noviembre, ¿no, Sam?

Ella asintió distraídamente, dando una profunda calada.

—No importa, no nos pillarán. —«Al menos, no a mí». Las tres amigas habían decidido marcharse, pero Sam no se creía que Skyler fuera a ser capaz de hacerlo. De hecho ni siquiera contaba con ello. En la intimidad, cuando se imaginaba lejos siempre lo hacía sola. Ni siquiera pensaba en Amy.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque no parecemos niñas… y porque no querrán hacerlo. Les diremos que tenemos dieciocho y aunque sepan que no es cierto, fingirán creérselo. ¿No sabes que a los tíos les gustan jóvenes?

El rostro de Skyler se descompuso, pero Amy no se inmutó. Ella también sabía unas cuantas cosas sobre la vida.

—¿Y qué más da eso para ser camarera? —murmuró Skyler, cada vez más apocada.

Sam iba a responderle algo brusco y amargo cuando vio al hombre acercándose a ellas.

Al principio se alarmó. Nadie las molestaba allí, los asiáticos no se atrevían a romper las distancias y nadie más se metía en aquellos callejones. Le dio un rápido vistazo: vestía jeans desgastados y algo rotos, botas de puntera de acero, una chupa de cuero cerrada y un chaleco encima, negro, de tela vaquera, con algunos parches cosidos. El pelo revuelto le caía sobre la frente y los ojos y al parecer no se había afeitado en unos días. A través de los mechones oscuros descubrió una mirada azul, tan clara y transparente que no parecía acorde con aquel aspecto duro y rebelde.

Esa fue la única razón de que su miedo se transformara en curiosidad. Y por eso no se movió del sitio ni hizo caso a sus amigas, que se removían inquietas y parecían dispuestas a salir corriendo antes de que el hombre llegara, deteniéndose frente a ellas.

—No quiero ser grosero, pero ¿qué estáis haciendo aquí?

Amy se adelantó con una respuesta brusca.

—¿Y a ti qué te importa? ¿Es que eres el dueño de la calle?

El hombre no desvió la vista, la tenía fija en ella. Samantha se pasó la lengua por los labios, disimulando el estremecimiento misterioso que la sacudía por dentro.

—No, de esta no —replicó el desconocido con chulería—. Pero este barrio no es muy seguro.

—No es tu problema.

Se hizo un silencio incómodo. Sam se recogió el pelo detrás de la oreja, sin apartar la mirada. Él imitó su gesto, apartándose los mechones oscuros de la frente con los dedos, pero pronto volvieron a caerle delante del rostro. Los ojos claros del joven le hacían sentir una absurda confianza, como si pudiera abandonarse a él sin temer ninguna consecuencia. Se sentía incapaz de alejarse de ellos, no quería. Eran lo más puro que había visto en mucho tiempo.

«Ojalá fueran solo sus ojos», pensó Samantha con un cosquilleo en el estómago.

Era guapo. Expresivo. Una combinación imposible de picardía y amabilidad. No podía imaginarle siendo una mala persona. Sí, deseaba hablarle, confiar en él… ser su amiga, formar parte de su vida, como si eso pudiera salvarla de algo. Pero no. No eran más que bobadas. A pesar de su juventud, Sam ya sabía que todo el mundo podía ser malvado, incluso los niños. Solo había que darles el poder suficiente.

El silencio se prolongaba demasiado, así que decidió hablarle.

—¿Tienes nombre?

Él sonrió de forma traviesa y alargó la mano hacia ella, tras limpiársela en el pantalón, como si temiera mancharla o algo así.

—John. Pero todos me llaman Johnny.

La estrechó con firmeza.

—Yo soy Samantha.

Durante unos segundos, él retuvo su mano y ella le dejó hacer. Después tiró con suavidad de los dedos, liberándose sin que él se opusiera. Un nuevo cosquilleo se agitó en su estómago y en la punta de sus dedos.

. . .

Su voz era dulce y grave.

Samantha.

Dedos suaves y labios pintados, ojos azules, sin miedo. La otra muchacha, la del pelo negro, seguía diciendo algo, pero Johnny ya no le prestaba atención.

Garrett le esperaba en el Kennel. Iba a ser una noche muy larga. Larga y jodida, llena de explicaciones y de malas caras. La perspectiva no era muy esperanzadora… pero allí estaba Samantha, que parecía un regalo en medio de aquella ciudad de mierda, un punto de luz dorada entre la oscuridad.

—¿Puedo invitarte a comer algo, Samantha?

Ella se llevó el cigarrillo a la boca y aspiró, soltando el humo hacia un lado y girando la cara.

—No, Johnny. No puedes —respondió con dulzura.

—¿Por qué?

—Porque no te conozco de nada. Y tengo que volver a casa antes de que se haga tarde.

Johnny siguió el movimiento de sus dedos cuando ella volvió a apartarse el pelo detrás de la oreja. Sus gestos y su forma de hablar le fascinaban. ¿Cómo podía parecer tan adulta? ¿Cómo podía tener tanto glamour? No era más que una colegiala, ¿qué era lo que le daba ese aire de estrella de Hollywood venida a menos? Quizá el excesivo carmín o la amargura al fondo de sus ojos.

Sentía ganas de tocarla, de besarla, de protegerla, de derribar sus muros y hacer que se sintiera a salvo. Samantha era hermosa y fascinante, sí, pero también estaba herida. Por desgracia, Johnny había visto a bastante gente herida como para saberlo.

—Entonces déjame llevarte. Tengo la moto aparcada ahí detrás.

—No, gracias.

—¿No te fías de mí?

Ella dibujó una media sonrisa.

—¿Debería hacerlo? Tú mismo lo dijiste, este barrio no es seguro. Y no pareces un hombre respetable.

Había algo ambiguo en su tono de voz y en la forma en que le miraba. «No habla del todo en serio», se dijo. Cruzó los brazos y echó una mirada hacia el otro lado del callejón, donde un grupo de orientales fumaban junto a la puerta de la trastienda.

—Por eso precisamente deberías confiar en mí. No parezco respetable, es cierto. Pero eso es bueno. Los hombres que parecen respetables, rara vez lo son.

Ella dejó transcurrir unos segundos en silencio y después, como si esas palabras la hubieran convencido, se puso en pie y recogió su cartera, que se colgó del hombro.

—¡Sam, pero qué haces!

—Samantha, no vayas.

Ignorando a sus amigas, la chica echó a andar hacia la calle, pasando por su lado como una reina.

—Grosse Pointe —dijo ella simplemente.

Johnny alzó las cejas. Grosse Pointe era el barrio rico de Detroit, donde las familias más adineradas tenían sus mansiones y villas. Fue tras ella y le cogió la cartera para llevarla él. Samantha le dejó hacer, dedicándole una mirada enigmática.

—¿Eres la hija del presidente o algo así?

—No. Soy de la familia Hudson.

Se acercó a la moto y desató la cadena, mirando al cielo. Las nubes grises seguían ahí arriba, ahora iluminadas de ámbar por la luz de las farolas, pero por suerte ya no llovía. Montó y arrancó, haciendo un gesto a la chica para que subiera tras él. Ella lo hizo, enseñando las braguitas blancas al levantar la pierna para sentarse a horcajadas sobre el vehículo.

—¿Los Hudson de Chrysler, los dueños de la empresa de coches, los grandes almacenes, y todo eso?

—Sí.

Los brazos de ella le rodearon la cintura. Sintió el calor de su cuerpo contra la espalda y el perfume a lilas que desprendía su pelo. «Joder. Samantha Hudson. Voy a meterme en problemas—se dijo—. En más problemas».

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