Esclava victoriana

El chantaje.

Londres, 1857.

—¿Así que no puede pagarme, Linus?

Linus Homestadd miró al hombre que estaba sentado al otro lado de la enorme mesa de roble y se pasó la lengua por los labios, nervioso. Tenía la boca seca debido al miedo, y las manos estaban empezando a temblar. Las cerró en puños, apretándolas para que no se diera cuenta de su estado.

Joseph Malcolm Howart no era una persona compasiva, y dirigía su casa de apuestas con una mano firme y dura, como si fuera un aristócrata medieval en su feudo particular.

—No, —susurró, no atreviéndose a mirar a esos ojos fríos como el hielo.

Malcolm suspiró como si aquella declaración supusiera una gran decepción para él, aunque la estaba esperando. Había hecho todo lo posible para fomentar la adicción de Linus a la ruleta, el veintiuno, el póquer y a cualquier otro juego de azar de los que se jugaba en su casino para llevarlo precisamente a este punto.

—Y su padre, ¿no puede pedirle ayuda?—. Sabía cuál iba a ser la respuesta, pero así y todo se obligó a formularla.

—No. —Afianzó la negativa con un gesto desesperado de la cabeza—. No va a ayudarme esta vez.

Su padre se había cansado de pagar sus deudas de juego. Cuando le había dado el ultimátum seis meses atrás, se lo había dejado bien claro.

—Entonces voy a tener que enviarle a la cárcel.

Linus se estremeció. ¡No podía ir a la cárcel! Solo pensar en las condiciones inhumanas, en el ambiente putrefacto, en la suciedad…

—Ha de haber otra solución, señor —dijo con un hilo de voz—. Puede que… ¿no habrá nada que yo tenga, que usted pueda querer?

Malcolm sonrió, satisfecho. Por fin estaban llegando a dónde él quería. Se miró las uñas, distraído, como si estuviese pensando en una contestación a esa pregunta cuando la conocía muy bien. Desde hacía cuatro años.

—Su hermana —dejó ir al fin. Linus lo miró, parpadeando con extrañeza.

—¿Mi… hermana?

—Sí —afirmó Malcolm con contundencia, fijando la mirada en los ojos temblorosos de su interlocutor—. Su hermana a cambio de sus pagarés. Quedará libre de deudas, pero su hermana será mía. Mía en todos los aspectos.

***

Lo había conseguido. Malcolm se permitió sonreír con satisfacción en cuanto Linus abandonó su despacho. Cuatro años, desde el siete de febrero de mil ochocientos cincuenta y tres; ese era el tiempo que hacía que se había jurado que la señorita Georgina Homestadd le pertenecería. Las palabras que esa mujer le había dirigido aquél día, se habían clavado como un puñal en su pecho.

«No se acerque a mí, señor Howart. Sé quién es, y cuáles son sus negocios. Me repugna su sola presencia. ¿Por qué no vuelve al arroyo del que ha venido?».

Si las hubiera pronunciado un hombre, lo habría matado. Siendo mujer, hubiera podido pasarlas por alto si no hubiesen habido testigos, pero las risitas maliciosas de las amigas de la señorita Homestadd lo avergonzaron como nunca se había sentido. Él solo quería un baile, nada más. El evidente desprecio a sus humildes orígenes, venidos de la insulsa y gazmoña hija de un comerciante, le enervó la sangre y un odio feroz se enroscó en su corazón.

En aquella época, recién cumplidos los treinta años, se había hecho la estúpida ilusión de encontrar una mujer decente con la que casarse, una esposa que le diese lo que jamás había tenido: una familia. Había tenido que tirar de algunos hilos para ser invitado a las casas de sus clientes habituales, gente respetable que de noche acudían a su casino y perdían la respetabilidad en las mesas de juego y entre los muslos de sus putas. Incluso había empezado a considerar la idea de deshacerse de sus negocios para que su esposa no se sintiera avergonzada, y empezar a invertir en otros más decentes. Pero aquella frase lo marcó, y supo que ninguna mujer lo aceptaría de buena gana, no sin recurrir al chantaje y la extorsión. Se juró que encontraría la manera de hacerla sentir en sus propias carnes qué era la humillación. Se vengaría, sin lugar a dudas.

Le había llevado cuatro años tenerla en sus manos, porque estaba seguro que ya la tenía. Cuatro años palmeando las espaldas de Linus, el hermano menor y bastante atolondrado de Georgina. Cuatro años camelándolo poco a poco, introduciéndole en la sangre el veneno del juego. Cuatro largos años haciéndose pasar por su amigo, riéndole las gracias, perdonándole alguna que otra deuda, invitándolo a subir a las habitaciones con sus chicas a divertirse, llenándole el vaso con el mejor whisky a cuenta de la casa… hasta que lo tuvo en sus manos.

Entonces empezó a reclamarle algunas deudas. «Somos amigos, pero esto es un negocio, Linus. ¿Qué sería de mi negocio si lo mezclara con la amistad?». «Mi padre pagará, no te preocupes». Y pagó. Una vez. Dos. A la tercera ya le costó más, y tuvo que enseñarle a Linus que la amistad estaba sobrevalorada; su padre pagó cuando lo devolvió a su casa con un brazo roto. Pero Linus ya tenía la fiebre del juego en las venas, así que en cuanto se recuperó, volvió al antro que Howart dirigía: La mansión de Afrodita.

Y las deudas volvieron a amontonarse, y llegaron al punto que había estado buscando.

La señorita Georgina Homestadd adoraba a su hermano pero, al contrario que a él, no se le conocían vicios ni debilidades. Era una mujer cristiana, decente, y orgullosa, que colaboraba con infinidad de obras de caridad, se mostraba amable con los menos favorecidos, acudía religiosamente a la iglesia cada domingo, y amadrinaba la escuela parroquial, ocupándose de recaudar fondos para que los niños pobres pudieran tener una educación.

Sería todo un reto corromper su alma, convertirla en su juguete, aplastar su orgullosa altanería hasta transformarla en su sumisa esclava, siempre dispuesta a satisfacer sus deseos.

Ya se la imaginaba, arrodillada a sus pies, con la vista baja y completamente desnuda, ruborizándose mientras él se deleitaba acariciándole las tetas hasta que sus pezones se convirtieran en guijarros. Oírla sollozar cada vez que la poseyera, y escuchar su voz suplicándole piedad.

No la tendría.

***

—Me encerrarán, Georgina.

—¡No digas tonterías, Linus! —exclamó la señorita Homestadd mirando ceñuda a su hermano—. Habla con padre, acabará cediendo y pagará tus deudas.

Linus negó con la cabeza, apesadumbrado. Se arrepentía de la situación en la que había puesto a su hermana, pero sabía que no tenía otra opción.

—Padre no pagará, ya lo he intentado. ¡Eres mi única esperanza! ¿Qué más te da a ti? —añadió, amargado como un niño al que le niegan un caramelo—. Tienes veintinueve años y ninguna perspectiva de casarte. Esta puede ser tu última oportunidad.

—¡No voy a casarme con el señor Howart! —Se levantó y empezó a caminar por la salita. Prefería mil veces quedarse soltera el resto de su vida, que unirse a aquel demonio dueño de un Casino y de la mitad de los prostíbulos de Londres. No, nunca jamás cedería—. Yo misma hablaré con padre.

—Eso no cambiará nada. No pagará mis deudas y a ti te prohibirá casarte con él. Yo acabaré en la cárcel, y padre no moverá ni un músculo para sacarme de allí. —Se dejó caer en el sofá, abatido—. Estoy perdido.

Gergina se quedó quita delante de la chimenea y alzó la vista hasta el retrato de su madre. Cuando esta había muerto, ella se había jurado que cuidaría de Linus y que lo mantendría a salvo. Pero esto… esto estaba mucho más allá de sus responsabilidades.

—¿Cuánto le debes? Tengo las joyas de madre; quizá si las vendiera…

—Veinte mil libras —susurró Linus.

—¡Veinte mil libras! —gritó Georgina. ¡Eso era una fortuna!— ¿Cómo has podido perder tanto? —le recriminó. Como mucho, sacaría diez mil libras por las joyas de su madre, eso si encontraba un comprador generoso.

—Tenía crédito, y siempre empezaba ganando. Y cuando mi suerte cambiaba y comenzaba a perder, seguía jugando con la esperanza de recuperarme. Las deudas se fueron acumulando día tras día hasta que…

—Hasta que el señor Howart las reclamó —dijo, angustiada—. Oh, Linus, cómo has podido hacer algo así.

—Lo siento, Georgina —sollozó Linus—. Lo siento tanto…

—No te preocupes —le dijo poniéndole una mano sobre el hombro, confortándolo—. Iré a hablar con el señor Howart. Quizá haya otra solución.

***

Al día siguiente, Malcolm Howard recibió la visita que tanto anhelaba. La recibió con una sonrisa sarcástica en los labios, y no se levantó cuando Georgina entró en su despacho, ni le ofreció un asiento, obligándola a permanecer de pie. Era el momento de empezar a mostrarle qué le esperaba en el futuro.

—Señor Howart —dijo ella en cuanto el criado abandonó la habitación—. Supongo que ya sabe de qué he venido a hablar.

—Exactamente, señorita Homestadd —contestó mirándola apreciativamente. Georgina se sintió como si él la estuviera desnudando con la mirada.

—Supongo que sabe que no voy a aceptar su propuesta.

—Entonces su querido hermano acabará en la cárcel. —Fijó los ojos en los de ella y torció su sonrisa. A ella le pareció el mismo diablo—. Y si todo acabara ahí… —continuó, echándose hacia atrás, y juntando las manos delante de sus labios como si estuviera rezando—. Pero la vida allí es muy dura, y tengo amigos que convertirán la existencia de nuestro querido Linus en un verdadero infierno.

Soltó la amenaza sin borrar la sonrisa del rostro. La vio temblar imperceptiblemente, y él ensanchó aún más la sonrisa.

—Pero… ¿por qué quiere casarse conmigo? —preguntó, indecisa.

—Para castigarla —contestó sin dudarlo. No quería que ella tuviera ninguna esperanza—. Porque soy un hombre vengativo y cruel, sin conciencia, que se cobra todas las afrentas. —Se levantó, rodeó la mesa y se puso delante de ella. La miró desde su altura de más de un metro ochenta, clavándola en el suelo como si fuese un conejo hipnotizado por una cobre con su fría mirada—. Porque el día que me despreciaste —añadió, tuteándola—, me juré que me las pagarías. ¿Y qué mejor manera que obligándote a convertirte en mi mujer? Mía, para hacer contigo todo lo que yo quiera. En mis manos, dependiendo de mi buena voluntad para sobrevivir. Mi esclava, para satisfacer todos mis brutales deseos.

Una llamarada de fuego se apoderó de los ojos de Georgina, y lo miró enfurecida.

—No hay esclavitud en Inglaterra, señor Howart. —Intentó ser contundente, pero su voz tembló. Empezaba a ver que no sería un hombre fácil de tratar, y que no atendería a razones.

—¿De veras? ¿Y no son esclavas de sus maridos, todas las mujeres casadas? —Ella tembló, reconociendo que en el fondo tenía razón—. Una mujer depende de su esposo en todos los aspectos —la instruyó él, por si acaso no acababa de comprender la vastedad de la idea—. Para comer, para vestirse, para ser atendida por el médico… incluso para salir a la calle. Si una mujer es maltratada, ¿qué puede hacer? Nada. Y si se vuelve demasiado molesta, puede recluirla en Bedlam sin ningún problema. Solo necesita firmar un documento y pagar generosamente al director del hospital. —Se calló, esperando que ella comprendiera—. ¿O me equivoco, Georgina?

—No. —Tragó, asustada—. No se equivoca.

—Bien. —Se separó de ella y caminó hasta el mueble bar. Se sirvió un vaso de whisky, se volvió a sentar en su silla detrás de la mesa y la observó detenidamente mientras hacía girar el líquido en el vaso—. Me alegra que lo comprendas. Ahora decide. ¿Te casas conmigo, con todas las consecuencias, o mando llamar a los alguaciles para que detengan a tu hermano?

Iniciación.

No tuvo mucho qué pensar. Le había jurado a su madre que cuidaría de su hermano y que no permitiría que nada malo le pasase, así que, ¿qué otra opción tenía? Ninguna.

Su padre no aprobó la boda. Es más, se enfadó y la amenazó con desheredarla, pero Georgina no atendió a razones. La vida de su hermano estaba en sus manos y, siendo su padre como era, si se enteraba de los motivos que la habían llevado a aceptar unirse en matrimonio con Joseph Malcolm Howarts, sería capaz de encerrarla bajo siete llaves para impedírselo. Y eso mataría a Linus.

La boda se celebró cuatro días después en el mismo casino, en el despacho en que se había entrevistado con él por primera y única vez. Ofició la ceremonia un capellán medio borrachín que no cesaba de reírse como un chivo, y que tenía una nariz roja que no paraba de gotear. Firmaron como testigos su hermano Linus, que parecía muy arrepentido por la situación a la que había llegado su hermana, y el señor Smith, el secretario de Malcolm. Una vez acabada, su ya marido despidió a todo el mundo, cerró la puerta y se la quedó mirando, fijando en ella sus ojos fríos como el hielo hasta que ella tuvo ganas de gritar.

Estaban de pie, ella en mitad de la estancia, él apoyado en la puerta con indolencia, repasándola con sus ojos. Georgina no pudo soportar más aquel silencio.

—¿Y bien? ¿Ahora qué?

Los ojos de Malcolm dejaron de ser hielo para convertirse en fuego enfurecido.

—¿Te he dado permiso para hablar? —siseó. Ella tembló y vio por primera vez la verdadera naturaleza de su esposo—. Creo que no. —Se apartó de la puerta y caminó hacia ella, decidido—. Nunca vuelvas a hablar en mi presencia sin permiso. Nunca hagas nada que yo no te haya dicho. Y acostúmbrate —le cogió la barbilla entre sus dedos—, a obedecer todas mis órdenes con rapidez. Recuerda que aún no le he dado los pagarés a tu hermano —la amenazó—, y no lo haré hasta que estés domesticada.

A Georgina la enfureció que hablara de ella como si fuera un animal doméstico, una mascota, o un caballo. ¿Domesticada? ¿Quién se creía que era? No se había dado cuenta, y había expresado esos sentimientos en voz alta. Lo supo cuando los ojos de su marido llamearon de nuevo y apretó con crueldad la sujeción en su mandíbula.

—Soy tu amo, con todas las letras, Georgina. Y tú, eres mi esclava. ¿Lo has entendido?

—Nunca seré tu esclava —replicó, pero lo cierto era que lo hizo porque pudo mas su orgullo que el miedo. Malcolm se rio, burlándose de ella.

—Ya lo eres, querida. Ya lo eres.

Se apartó de ella y se sentó de nuevo al otro lado de la mesa. Movió algunos papeles haciendo ver que trabajaba en las cuentas de sus negocios, dejándola a ella allí de pie, confusa y sin saber qué hacer.

—¿No… no vas a enseñarme dónde vamos a vivir? —preguntó, asustada aún pero no sabiendo cómo mantenerse silenciosa. Había tantas cosas que quería preguntar, que necesitaba saber; y no podía creer que él fuese realmente tan cruel como quería aparentar.

Malcolm levantó la mirada; en su boca había un rictus de desagrado.

—¿No me has entendido cuando te lo he dicho antes? —Se estaba divirtiendo de lo lindo, viéndola tan confundida y enfurecida a partes iguales—. Te lo repetiré porque parece que tu mente no es capaz de retener una simple orden: no hables hasta que te dé permiso. No hagas nada. Simplemente quédate ahí quieta, esperando, hasta que yo decida que puedes moverte. ¿Ha quedado claro?

—¿Y qué me vas a hacer si no obedezco? —estalló—. ¡Maldito demonio de corazón negro!, ¿qué harás, eh?

—Muchas cosas, Georgina —contestó Malcolm sin moverse de su sitio. Ella había replicado, pero no se había atrevido a mover del lugar en que la había dejado—. Puedo hacer cualquier cosa, y ten por seguro que te castigaré obligándote a hacer aquello que más te moleste. ¿Quieres provocarme?

—No me conoces de nada. —Su orgullo seguía hablando sin saber en qué líos la estaba metiendo—. No puedes saber qué es lo que más me molesta.

Malcolm soltó una carcajada y se dejó caer hacia atrás en la silla.

—Eres una mujer, y decente. Sé perfectamente qué puedo hacer para humillarte. ¿Quieres hacer la prueba, Georgina? Bien. Pensaba concederte algo de tranquilidad el resto del día y no molestarte hasta la noche, pero está visto que necesitas ya que te dé una lección. —La miró de arriba abajo y se pasó la lengua por los labios, relamiéndose—. Quiero ver qué he comprado. Desnúdate.

Georgina se sobresaltó. No estaría pidiéndole que se desnudara en ese mismo instante, ¿no? Allí, en un despacho en el que cualquiera podría entrar en cualquier momento. Reaccionó alzando la barbilla intentando mostrarse segura a pesar que tenía miedo.

—No pienso desnudarme.

—Como quieras. Lo haré yo. —Se levantó y caminó decidido hacia ella. Ella no pudo evitar retroceder hacia la puerta, asustada—. Pero no seré delicado; haré jirones con tu vestido y, ¿qué te pondrás cuando tengas que salir de aquí? Porque yo no voy a proveerte de nada con qué cubrirte.

Georgina llegó hasta la puerta e intentó abrirla. Malcolm llegó un instante después y apoyó una mano en la madera impidiendo que pudiera abrirla, y rodeó su cintura con el otro brazo, sujetándola.

—No tienes escapatoria, esposa mía —le susurró al oído—. O me obedeces, o tu hermano muere. Ya te lo dije. No quiero discutir, ni pelear contigo. Solo quiero una esposa obediente y solícita que atienda todas mis demandas. Si te sometes desde el principio, todo será mucho más fácil para ti, e incluso puede que llegue a apreciar tus esfuerzos y te recompense con alguna de las chucherías que os gustan a las mujeres. Resístete, y lo pasarás muy, muy mal. ¿Has entendido?

Ella lo sentía respirar en su nuca, y el contacto de su cuerpo a su espalda y su brazo alrededor de la cintura, la asustaban. ¡No quería esto! ¡Odiaba a Malcolm, odiaba a su hermano Linus por haberla llevado a esta situación, y odiaba a su padre por no haberla protegido!

Asintió, vencida. No tenía más remedio. Estaba atrapada.

—Bien —oyó decir a Malcolm al tiempo que se apartaba. Dio una vuelta a la llave de la puerta y se la guardó en el bolsillo—. Así no intentarás escapar de nuevo y te sentirás más segura, supongo. Estaremos solos tú y yo. Nadie entrará por sorpresa. —Sonrió, mostrando una dentadura perfecta. Si supiera qué le deparaba el futuro… lo de ahora era solo un simple aperitivo—. Empieza.

Georgina miró su marido mientras este volvía al asiento detrás de la mesa y se sentaba.

—Ne… necesito… no puedo desabrocharme el vestido yo sola —dijo con un murmullo, no siendo capaz de aguantarle la mirada y desviando los ojos hasta posarlos en el suelo. Malcolm sonrió, orgulloso de sí mismo. Aquella era la pose que quería siempre en ella: humilde, asustada.

—Pues pídemelo.

—¿Qué?

—Pídemelo. Que te ayude. ¿O prefieres que llame a una de las chicas?

Una de las chicas. Georgina supuso que se refería a una de las putas que trabajaban allí. Se sintió sucia, mancillada, humillada. Veía su futuro y no era diferente al de aquellas mujeres.

—N… no. ¿Puedes ayudarme, por favor?

—Esa no es la manera.

—¿Cómo? He… he dicho «por favor».

—Sí, pero recuerda que ahora eres mi esclava, Georgina. ¿Cómo debes dirigirte a mí?

Georgina tragó saliva. ¿Hasta dónde llegaría para humillarla? ¿Y todo por qué? ¿Qué tenía contra ella? Que pudiera recordar, solo se habían visto una vez antes de obligarla a casarse con él. Había sido en una fiesta. Le había solicitado un baile y ella se negó. Nada más.

—¿Puedes ayudarme con el vestido, Amo?

Malcolm sonrió ampliamente. Todo estaba yendo mucho más deprisa de lo que esperaba. No sabía si aquello lo complacía o hubiera preferido que ella se resistiera un poco. No, aquello le gustaba. No era partidario de utilizar la violencia contra las mujeres… si podía evitarse.

—Por supuesto, Georgina. Ven aquí. —Arrastró el asiento hacia atrás para hacerle sitio entre sus piernas. Ella se acercó, dudosa, y se puso de espaldas a él, esperando—. ¿Pretendes que yo me levante? —preguntó, la voz endurecida—. Ponte de rodillas, ahora.

Georgina se dejó caer, temblando. Tenía la necesidad de abrazarse a sí misma, hacerse un ovillo y desaparecer. ¿Aquella iba a ser su vida a partir de ahora? No, no podía aceptarlo. Encontraría una salida.

Cuando sintió las manos de él manipulando los botones a su espalda, cerró los ojos con fuerza y se obligó a aguantar para no salir corriendo, gritando desesperada. Seguro que una reacción así lo divertiría, o lo enfurecería. ¿Hasta dónde sería él capaz de llegar si lo provocaba? No estaba segura de querer saberlo. Estaba demostrándole que ella no era más que su juguete, que no le importaba en ningún sentido, ni siquiera como un ser humano debería importarle a otro. Era un objeto con el que divertirse, y nada más.

—Ya está —dijo Malcolm cuando terminó con los botones—. Vuelve a tu sitio y quítate toda la ropa.

Georgina se estremeció. ¿Toda la ropa? Había pensado que le permitiría quedarse con la ropa interior, pero ya veía que había estado equivocada. Se levantó. Las manos le temblaban y un sudor frío le recorrió la espalda y le inundó las sienes. Caminó hacia el centro de la habitación, quedando de espaldas a él, y empezó a quitarse el vestido.

—Date la vuelta —dijo Malcolm—. Quiero verte el rostro. Quiero ver cada momento de humillación reflejado allí. —Sonrió cautivador—. No me prives de un placer así.

Georgina obedeció. Se deshizo del vestido quitándoselo por encima de la cabeza, y el corsé que también había aflojado. Dejó caer la crinolina al suelo, y se quedó con la camisola y los calzones. Lo miró, suplicando con los ojos que le permitiera ese reducto de decencia, pero él se negó.

—El resto. Ya. —Georgina no supo qué quitarse primero y dudó. Él vino en su auxilio con sus exigencias—. Tengo mucha curiosidad por ver cómo son tus pezones. Grandes, pequeños, oscuros, claros… —Ella tembló, avergonzada, y no pudo reprimir más las lágrimas, que empezaron a manar. El rubor ya hacía rato que se había apoderado de todo su cuerpo—. La camisola, ahora.

Ella se sobresaltó ante la fiereza de la orden, y se la quitó con rapidez, cubriéndose en seguida con los brazos.

—Nadie te ha dado permiso para cubrirte. —Un sollozo se escapó de sus labios, y sus hombros temblaron, pero apartó los brazos hasta que sus pechos fueron bien visibles—. Pezones oscuros y pequeños. Me gustan. Los chuparé con avidez. —Hablaba frío y calmado, como si estuviera enumerando las excelencias de un caballo en lugar de los pechos de su esposa. Hizo un gesto con la mano, impaciente—. El resto.

Georgina se quitó los zapatos. Para hacerlo tuvo que inclinarse hacia adelante y sus pechos quedaron colgando. Sintió mucha vergüenza, y más cuando vio, por el rabillo del ojo, la apreciación en el que ahora era su marido. Se estaba divirtiendo viéndola así.

Después se quitó las medias, y las tetas bambolearon con sus movimientos. Cuando terminó, le siguieron los calzones.

Estaba completamente desnuda, en un despacho en el que solo había estado dos veces, ante un hombre que, aunque era su marido, no conocía de nada. Quiso morirse y no pudo ahogar varios sollozos.

—Sé que ahora es duro, mi pequeña esclava —le dijo Malcolm, pero ella no supo si intentaba consolarla o se estaba burlando—. Será más fácil con el tiempo, ya verás. —Estuvo unos segundos observándola en silencio, recorriendo su cuerpo con la mirada—. Date la vuelta, quiero ver tus nalgas. —Ella obedeció. Sus hombros temblaban—. Un buen culo. Disfrutaré desvirgando ese ano tan delicioso.

Georgina no pudo evitarlo y soltó un amargo gemido de angustia. ¿Pretendía decir que un día, introduciría su… cosa, por allí? Aquello era horrible, peor, mucho peor de lo que había imaginado. Esperaba no tener que hacer más que tumbarse sobre la cama, abrirse de piernas y dejar que Malcolm hiciera sus cosas. Sería rápido, quizá doloroso, pero no tan humillante como estaba siendo en aquel momento. Y ni siquiera la había tocado.

—Estás toda ruborizada, nerviosa, sollozante. —Soltó una carcajada seca—. ¡Y aún no hemos empezado! —Se estaba divirtiendo de verdad. Casi, solo casi, había valido la pena pasar por aquella humillación cuatro años antes, por estar aquí ahora—. Quiero ver tu coño.

—¡No! —exclamó ella sin poder contenerse. Inmediatamente, la risa murió en la boca de Malcolm.

—¿Qué has dicho? —Georgina abrió y cerró la boca compulsivamente, no atreviéndose a decir nada más—. Ya me parecía a mí que no habías dicho nada. —Pareció tan absolutamente satisfecho consigo mismo, que a Georgina le dieron ganas de romper algo en su cabeza. Quizá algún día—. Ven aquí —le dijo, tendiendo su mano. Ella se acercó hasta estar a su alcance. Cuando Malcolm la tocó por primera vez, su piel se erizó de repulsión. Era guapo, alto, fuerte; debajo de la ropa parecía tener unos buenos músculos. Pero tenía un corazón negro.

Tiró de su mano hasta que ella estuvo entre sus piernas. Sentado como estaba, la boca le quedaba a la altura de su ombligo. No pudo resistir la tentación de acariciarlo con su lengua. Georgina tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar y luchar contra su contacto, pero no pudo evitar encogerse ligeramente.

—Ahora te repugno —soltó él riéndose quedamente—, pero llegará un momento que odiarás cuando te deje sola.

Georgina no lo creyó, por supuesto. Siempre lo odiaría. Aborrecería su presencia, su toque, su voz, el sonido de su respiración. Pero tendría que aprender a soportarlo. No tenía más remedio. Era su esposo. ¿Por qué había accedido al chantaje? Si su hermano hubiera ido a parar a la cárcel, quizá le hubiera servido de escarmiento. Su padre no permitiría que estuviera allí más de unos días. Estaba segura de ello. ¿Por qué había permitido que las lágrimas de su hermano la ablandaran hasta llevarla a aquella situación?

—Sube aquí —le dijo Malcolm indicándole la mesa—. Siéntate ahí, y pon un pie encima de cada reposabrazos de mi silla.

Si hacía aquello, quedaría mucho más expuesta de lo que ya estaba. Él podría ver con claridad toda su intimidad. Y tocarla. ¡Oh, Dios! Pero no le quedaba más remedio que obedecer.

—Así me gusta —la alabó él mientras se sentaba, pero frunció el ceño y la miró con dureza cuando ella titubeó en el momento de subir los pies hasta donde le había indicado.

Él se cruzó de brazos, impaciente, y ella se doblegó, de nuevo, a su voluntad.

—Un coño precioso —susurró, y lo pensaba de verdad—. Pero no me gusta con tanto vello. Dentro de un rato te enviaré a una de las chicas para que te lo afeite.

—¡¿Qué?! —gritó, e intentó cerrar las piernas. Él no se lo permitió, poniendo sus fuertes manos en sus rodillas, manteniéndola en aquella postura.

—Ya me has oído. Eres mi esclava. —Sonrió muy frío—. Tu trabajo es complacerme. En todo.

Deslizó las manos con las que la había sujetado por las piernas, hacia abajo hasta los pies primero, y después empezó a subir, pasó de largo de las rodillas hacia los muslos, muy lentamente. No dejaba de mirarla, observando sus reacciones, cada temblor, cada lágrima, cada ceño fruncido, cada rubor. A ella no le gustaba nada lo que le estaba haciendo. Sonrió de nuevo. Ya cambiaría. Pero si no lo hacía, no le iba a suponer ningún problema.

Llegó al final de los muslos y allí dejó quietas las manos. Movió solo los pulgares, que se acercaron peligrosamente al bonito coño que estaba escondido bajo el vello. Las manos de Georgina, que estaban aferradas al borde del escritorio, se apretaron más. Cuando la rozó levemente en su parte más íntima, ella saltó y dejó ir un tembloroso gritito. Malcolm no pudo evitar echarse a reír. ¡Ah, cuánto se estaba divirtiendo!

—¿No te gusta que te toque? —Ella negó con la cabeza, sacudiéndola con fuerza—. Bien. Prefiero que no lo disfrutes. Aunque deberías saber que la mayoría de las mujeres gozarían mucho de lo que tú estás viviendo ahora.

Georgina no se lo creía. Ninguna mujer decente se deleitaría con algo como aquello.

Malcolm apartó las manos de su sexo de repente y la cogió por las nalgas. La levantó y la acercó a él hasta que la tuvo sentada en su regazo, con las piernas abiertas colgando por encima de los reposabrazos. Georgina gritó, y Malcolm rio durante el segundo que tardó en apropiarte de un pezón con la boca y empezar a chuparlo con fuerza. Georgina luchó de forma instintiva, cogiéndolo por el pelo y tirando de él para apartarlo. Malcolm gruñó, le cogió las muñecas y se las inmovilizó detrás de la espalda.

—Nunca luches contra mí —rugió a dos centímetros de su rostro, y después volvió a poner su atención en el pezón que se había visto obligado a abandonar.

Lo chupó con fuerza, obligándolo a endurecerse. Lo mordisqueó, satisfecho, mientras ella se mordía los labios para no ponerse a gritar pidiendo auxilio. Se revolvió sin darse cuenta, y él le dio un azote en el costado sin dejar libre el pezón.

—¿Te gusta?

—No.

—Contestación equivocada. —La miró con fijeza, clavando sus ojos tormentosos en los suyos—. Siempre, siempre, ha de gustarte. Tu respuesta ha de ser siempre —reiteró, enfatizando el siempre—: Sí, mi amo. ¿Has entendido?

—S… sí, mi Amo —susurró Georgina.

—Bien. Ahora, de nuevo. ¿Te gusta?

—Sí… mi Amo.

—Perfecto, porque a mí también. Me has puesto muy duro con tu desvergonzada exhibición. ¿Quién iba a decir que detrás de la rígida y gazmoña apariencia con la que te presentaste ante mí, había escondida una pequeña puta? Una puta que goza con mis perversas atenciones.

Georgina tuvo ganas de gritar que eso no era cierto, que no estaba disfrutando en absoluto, que todo lo había hecho viéndose obligada por culpa del chantaje al que él la había sometido. Pero era tonto hacerlo, ¿no? Él lo sabía de sobras. Sus palabras eran para herirla, humillarla aún más.

—Ahora, esta pequeña puta va a satisfacer el deseo de su Amo, ¿verdad? —Georgina tuvo más miedo si cabe, y un repentino pavor se apoderó de ella. ¿Iba a quitarle la virginidad allí mismo? ¿Sobre la mesa? ¿Como si fuese una más de sus putas? No sabía por qué se sorprendía. Desde que se habían quedado solos la había tratado como a tal.

Malcolm volvió a cogerla por las nalgas y la ayudó a ponerse en pie. Ella se quedó rígida entre sus piernas sin saber qué hacer, mientras él la miraba y volvía a sonreír. ¡Cuánto odiaba esa sonrisa! ¡Y cuánto más aprendería a odiarla!

—De rodillas —le dijo, y ella obedeció sin titubeos. Malcolm se regocijó. Estaba aprendiendo deprisa—. Ahora, y con cuidado, desabróchame la bragueta y saca mi polla. Necesita que la mimes un poco. ¿Sabes cómo hacerlo?

—N… no.

—Así me gusta. Prefiero enseñarte. —Satisfecho con su respuesta, la miró mientras con las manos temblorosas desabrochaba botón tras botón hasta liberar su verga. Esta saltó, feliz y contenta. Era gruesa y larga, rojiza, con venas azules abultadas—. Dame tu mano —le pidió, y ella se la dio. Malcolm escupió allí—. Ahora, con cuidado, rodéame la polla. La mano firme, pero sin apretar demasiado. Si me haces daño —la amenazó—, lo lamentarás.

—S.. sí, mi Amo.

—Bien. —Le dio un golpecito en la cabeza, como si fuera un perro—. Así me gusta, obediente y cuidadosa. Buena chica. Ahora rodea mi polla con la mano y hacia abajo primero y hacia arriba después. —Lo hizo, pero la verga era tan gruesa que no la abarcaba con una sola mano. Lo miró, indecisa—. No te preocupes, y hazlo—. Georgina asintió y empezó. Malcolm gimió de gusto—. Aaaah, qué bueno se siente, mi pequeña esclava —la aduló—. Ahora, con la otra mano —su voz salía algo entrecortada mientras la miraba con los ojos entrecerrados—, acaríciame los huevos. Esas bolsas que hay detrás del pene —especificó cuando ella lo miró sin comprender a qué se refería. Por un momento, se había olvidado que Georgina era completamente inocente en estas cosas. Ella obedeció y, con dedos temblorosos, lo acarició—. Sigue así, pequeña —gimió—. Diossss, qué bueno. ¿Te gusta verme feliz?

—Sí, mi Amo.

—Eres una buena chica. —Volvió a palmearle la cabeza, y entonces se inclinó un poco hacia adelante hasta poder agarrarle un pecho—. Sigue así, así, sí —le dijo mientras ella seguía acariciándolo y él le sobaba la teta—. Muy bien, pequeña. Serás una estupenda puta, ya lo creo. —Se rio—. Aaaah, nena, estoy a punto. Más deprisa. Más. El otro huevo, así, sí, ¡¡¡aaaaaaaaaaaaaaaaah!!!

Se corrió con un grito de placer, y su semen salpicó el rostro de Georgina, que escondió un gesto de repugnancia. Malcolm le cogió el puño en el que tenía agarrado su polla, y machacó con fuerza con la pelvis, follando la mano mientras el semen salía y salía, manchándolo todo. Cuando por fin el pene se deshinchó y quedó flácido, le dio permiso para soltarlo.

—Se ha manchado todo —le dijo—. Límpialo con la lengua, empezando por tu mano.

Georgina se miró la mano, llena de semen, y tragó saliva. Era repugnante. ¿De verdad le estaba pidiendo —no, ordenando— que lo lamiera?

—¿A qué esperas?

Georgina se lamió la mano, empezando por la palma, bajo la atenta mirada de él, que no apartaba los ojos de los suyos. Pasó la lengua una y otra vez, tragando lo que atrapaba. Después siguió con el dorso. A Malcolm le pareció como un gatito aseándose, y su boca se relajó con una sonrisa. Estaba preciosa, desnuda, de rodillas, ruborizada, y lamiendo su semilla como si realmente le gustara.

—Ahora límpiame la polla con la boca —dijo cuando había terminado con la extremidad.

Antes, había estado a punto de follarle la boca directamente, pero se contuvo. No quería presionarla demasiado, y desde luego, no quería sus dientes alrededor de su verga cuando aún no estaba domesticada. Tiempo habría para eso. Pero lamer… eso era otra cosa.

—Vamos. Mi verga es un dulce caramelo, y tú lo quieres lamer. Pero no la toques con las manos.

Sería divertido ver cómo se esforzaba por complacerlo.

—Sí, mi Amo.

Georgina se inclinó hacia adelante y empezó a lamerlo. La polla, flácida, se aposentaba sobre el pantalón donde también habían caído gotas de semen. Georgina se esmeró en limpiarlo todo como le habían ordenado, aguantándose las arcadas, haciendo que su mente volara hacia otro lado para no ser consciente de lo que estaba viviendo: la humillación, la vergüenza, la degradación a la que se había visto sometida durante todo el día.

—Muy bien, preciosa —le dijo con voz suave. Malcolm estaba sorprendido por la facilidad con que su esposa se había sometido, pero no se dejaba engañar. Tenía la certeza que lo hacía solo para tranquilizarlo, conseguir que se relajara y bajara la guardia, incluso que se mostrara caritativo y le ahorra más humillaciones. Si no se mostraba díscola, ¿qué motivos podría tener él para castigarla? Pobrecita Georgina. No podía ni imaginarse que no necesitaba motivos para divertirse, y verla así, ruborizada por la vergüenza, tan sumisa, era muy divertido..

—Ya está bien, pequeña. Ha quedado perfecto —le dijo, y le dio una palmadita en el hombro que se transformó en una lánguida caricia. Georgina no pudo evitar estremecerse de pavor, y Malcolm se regocijó. Podría intentar engañarlo, pero no estaba cómoda ni feliz. Ni resignada. Pero lo estaría.

Se levantó, dándola a ella una mirada que le decía «no te muevas». Ella obedeció al silencioso mandato sin protestar, pero sus ojos brillaron con la luz de la rebeldía. Malcolm sonrió de medio lado sin que ella lo viera, mientras se dirigía a la puerta. Se abrochó el pantalón por el camino, y sacó la llave de la puerta de su bolsillo. La puso en la cerradura y la giró dos veces. Georgina dejó ir un lastimero gemido cuando se dio cuenta de qué iba a hacer él. Estaba protegida detrás de la mesa, y era improbable que si entraba alguien pudiese verla, pero su ropa estaba diseminada por toda la estancia y no haría falta más evidencia para que supiesen qué había pasado.

Malcolm no llegó a abrir la puerta, pero tiró del cordón que llamaba a los criados. Esperó de pie hasta que uno de sus hombres entró.

—¿Señor?

Detrás de la mesa, Georgina no se atrevió a hacer ningún movimiento, ni a emitir ningún sonido. No iba a darle la satisfacción de oírla protestar.

—Busca a Elspeth y dile que venga.

—Sí, señor.

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