En la oscuridad

El sol me está dando en la cara.

Hace un buen rato que lo sé, veo el velo rojo y brillante de mis párpados, y eso no me deja dormir. Y además, hay algo tirándome del pelo, una caricia áspera. Me desperezo lentamente, aún no sé dónde estoy, pero el sol es cálido y agradable y el sillón de piel es demasiado acogedor. Estiro la mano para tocar los dedos de mi acompañante, pero ahí no hay nadie. Nadie humano, porque unos ojos felinos, verdes, me miran con atención cuando abro los párpados. Es uno de los gatos de Crowley, una gata negra que no se aparta cuando le rasco la cabeza. Su ronroneo me devuelve poco a poco a la realidad mientras me incorporo y me quedo sentado en el sillón. La gata me mira y salta al suelo para subirse al piano y tumbarse ahí, en un charco de sol.

Estoy solo en la sala de ensayo. La sala de ensayo de Masters of Darkness. Soy Grimm, el teclista. Mi nombre real es Evan Dwight, y anoche bebimos demasiado. Me sabe la boca a rayos, y además me martillean las sienes cada vez que el corazón me late. Me alegro de comprobar que no sufro de amnesia y que mi identidad sigue más o menos intacta, aunque al levantarme e ir a abrir las cristaleras del jardín me siento como un zombie incapaz de coordinar sus movimientos. He ido en línea recta, pero me he tropezado con el bajo eléctrico, que ha caído de su soporte. El estruendo hace que me lleve la mano a la cabeza y cierre los ojos. Tengo una resaca del copón, pero no es el ruido lo que me ha sobresaltado, ni haberle roto una clavija al bajo de Draven.

Es que me he acordado de Draven.

Con cuidado, vuelvo a poner el instrumento en su sitio. Intento no hacer ruido, me da miedo que me oigan, que alguien venga ahora a hablarme. No puedo enfrentarme a nadie aún. Antes necesito mantener una conversación conmigo mismo, porque me estoy acordando de todo lo ocurrido la noche pasada y estoy empezando a sentir vértigo. Será que no bebí tanto como creo, porque no he olvidado ni un detalle. Todo es tan nítido de pronto que no puedo echarle la culpa de lo ocurrido al alcohol.

La culpa es de Draven. Anoche, él me besó. Es culpa suya, sí.

Bueno, también es culpa mía.

Definitivamente, el alcohol es inocente en todo esto. Aunque hubiera estado lúcido y con los sentidos alerta, habría ocurrido. Es algo con lo que he fantaseado muchas veces, y que en realidad siempre he temido como al fuego.

Mi relación con Draven es distante, lo ha sido desde el principio. Él entró en el grupo en 2010 y me gusta desde entonces. Lo tuve que aceptar pronto. Tenerle cerca me ponía nervioso. Que viniera hacia mí en el escenario y pretendiera tontear y besarme para dar el espectáculo como hacían de vez en cuando los demás, era algo que me ponía enfermo, y no precisamente porque me diera asco. Así que no tardé en darme cuenta de que me gustaba. Y aquello era un problema. Creo que Draven, y el resto del grupo, simplemente creen que soy tímido. Y lo soy, un poco, pero la verdadera razón de que le rehúya es que esas cosas me joden. Me joden porque no son reales, y durante un tiempo deseé que lo fueran, hasta que asumí que era imposible.

Siempre he sabido que Draven es hetero. Le he visto liarse con demasiadas tías ya, y sus tonterías con los chicos son pura pose. Les he visto a todos besarse, meterse mano y tocarse el culo en el escenario. Les he visto fingiendo tener sexo oral y llamarse maricas, pero ninguno de ellos lo es. Ash solo es curioso, todos sabemos que está loco por Demona. Crowley… bueno, Crowley es harina de otro costal. Pero Draven es absoluta y tremendamente heterosexual.

Sin embargo, después de que me haya besado como lo hizo anoche, no lo tengo tan claro.

Necesito un café con urgencia. Algo que me haga pensar con claridad.

Voy a la cocina, asomándome por las puertas antes de salir, en plan comando militar. No quiero encontrarme con nadie, y menos aun con él. Aún no. Necesito ese café antes. Así que entro y pongo la cafetera. El reloj sobre la cocina marca las nueve de la mañana. El único peligro a estas horas es Crowley, pero dudo que haya prestado atención a nada que no fuera Alexandra. Seguramente sigue en la cama con ella.

Alexandra es el nuevo rollito de Crowley. Ayer apareció de repente en la sala mientras ensayábamos. Al principio creí que el jefe se había mosqueado, pero terminamos bebiendo cubatas y montándonos una fiesta improvisada. Cuando todo ocurrió, ella estaba bailando en la barra. Creo que sonaba HIM de fondo, eso no lo puedo recordar bien, porque todos estábamos fijándonos en ella. Era impresionante lo que hacía, la fluidez y la fuerza con la que bailaba, colgándose de la barra de acero y agitando la melena, dando vueltas y deslizándose. Al principio la vitoreamos y aplaudimos, Demona silbaba y le echaba piropos, y Crowley la miraba como si fuera a saltar sobre ella y llevársela a algún lugar oscuro. No sé en qué momento la cosa comenzó a ponerse rara, pero fue de repente. Los movimientos de Alexandra se volvieron hipnóticos y todos nos quedamos en silencio. Yo comencé a sentir una tensión molesta en el estómago. Estaba sentado en el sofá, al lado de Draven, cuando Demona y Ash empezaron a darse el lote. No era la primera vez que pasaba, Demona y Ash no son lo que se dice discretos, pero esta vez me sentí incómodo, porque Draven estaba mirando a Alexandra en trance, a punto de babear, y yo… yo estaba deseando besarle cada vez más, como si aquel ambiente estuviera despertando mis deseos.

Debí ser el único que se contuvo, porque Draven no lo hizo.

Recuerdo lo ocurrido mientras sorbo el café, sentado en el taburete de la cocina. La piel se me eriza y el estómago se me encoge. Estaba oscuro, y ambos permanecíamos en el sofá de piel, a un palmo o dos de distancia el uno del otro. Yo intentaba no volver mis ojos hacia él por todos los medios, pero cacé un par de sus miradas de reojo, y cuando estaba planteándome levantarme para huir de allí, se me echó encima. Cerró una mano en mi nuca y me besó, empujándome contra el respaldo mullido, y fue como si alguien soltara una cuerda que me mantenía quieto. Cuando noté sus labios contra los míos le agarré de la camiseta y le devolví el beso. Abrí los labios y dejé que hiciera lo que quisiera. Y lo hizo, desde luego. No era como esos besos fingidos y cerdos de los escenarios… era un beso de verdad, apasionado y sediento. Y lo hacía con ganas, con tantas ganas que acabó enredando su lengua en la mía.

Ya no quise huir. Le besé hasta que me dolió la boca, me cobré todos los besos que había querido darle, pensando que no habría otra oportunidad, y que el mañana no importaba. Pero ya es mañana, y al lamerme los labios tengo la impresión de que saben a su saliva. A alcohol y tabaco y a algo picante como la menta. Ni el café me borra su sabor.

Dejo la taza sobre la mesa y cierro los ojos.

No hay forma de aclarar mi mente. Las ideas y los recuerdos revolotean y se entremezclan, soy incapaz de darles sentido. Anoche todo estaba oscuro, y esa oscuridad se ha metido dentro de mí y lo ha contaminado todo. Huele a él, sabe a él, arde y me confunde, me envenena. Soy una persona muy racional, pero de pronto es como si la lógica me hubiera dado una patada en el culo y se hubiera despedido para no volver. Hasta tengo el corazón acelerado.

Veamos, algo sí tengo claro: Draven me ha besado, no fui yo, fue él. Vuelvo a lamerme los labios, buscando retazos de aquellos besos. Aún me parece sentirlos. Eso es suficiente para darme cuenta de que la cosa se me está yendo de las manos, y de que será incómodo encontrarme con él y no saber cómo reaccionar. Quiero saber a qué atenerme, pero el café no va a hacer milagros ni me va a solucionar el asunto. Así que solo hay una solución: tengo que hablar con él. Y tengo que hacerlo ahora, porque no quiero pasarme el día comiéndome la cabeza con esto.

Me paso la mano por el pelo y me arreglo la camiseta antes de salir de la cocina. Me siento cansado y un poco sucio pero seguro que a él le encuentro mucho peor, esté donde esté. Aún es pronto para los muertos, como suele decirnos Crowley, pero me importa un pito si le molesto. Tengo que preguntarle a qué demonios vino eso, porque estoy seguro de que no fue una de sus tonterías.

¿O sí?

***

A ver, por cien puntos, ¿qué es lo peor de las fiestas?

Bingo. El día después.

Siempre es así, de toda la vida, ¿ok?

Me he despertado a las siete de la mañana con dolor de cabeza, sed y un hambre de lobo y he tenido que robarle a Crowley de su nevera. Me va a echar la bronca porque no le gusta que toquen sus cosas sin permiso, pero qué más da. Siempre me echa la bronca por todo… Así que me he comido dos bocadillos con su pan de molde cutre, porque mira que es cutre. Y eso que es millonario. Pero compra el pan de molde malo malo malo, del que se rompe con nada.

Bueno, que me voy del tema. Me he hecho dos bocadillos y me los he zampado, y luego me he venido a dormir aquí porque pensaba que no me iba a molestar nadie.

Pero me equivocaba. Oigo primero el inconfundible golpe de mi bajo cayéndose al suelo. ¿Que cómo sé que es mi bajo? A ver. Pues porque yo mismo lo he tirado muchísimas veces. Bueno, vale, puede que no sea mi bajo, pero ese miedo está ahí, ¿ok? Temiéndome lo peor, intento volver a dormirme, pero entonces oigo pasos. Pasos suaves, como de gato. Y luego una voz muy débil diciendo mi nombre.

—¿Draven?

Agh. Vaya incomodidad. Ese solo puede ser Grimm.

La verdad es que Grimm es la última persona a la que quiero ver ahora.

No, no es que me caiga mal. Es un chico muy majo. Majo, pero raro. Un poco aburrido, también.

A mí me gusta mucho divertirme. Parece una obviedad, ¿eh? Pues no, hay gente muy muermo por ahí a la que no le gusta divertirse, y Grimm es de esos. Siempre tan comedido, tan contenido, no vaya a ser que se rompa una uña o se manche, o levante la voz… Bebe, pero rara vez demasiado. Se emborracha, pero no mucho. Hace el idiota, pero nunca el ridículo. Hay una puta línea imaginaria que nunca cruza. Quiero decir, entonces, ¿para qué sales, no? A ver. Estamos en una de las bandas más famosas y cañeras del panorama actual, ganamos una pasta gansa y viajamos por todo el mundo. ¿Cómo cojones puede alguien tomárselo con calma? ¡No! ¡No hay calma! ¡Hay que disfrutarlo, porque mañana podemos estar en la mierda! ¡Hay que beber hasta quedarse inconsciente, follarse a todas las tías que uno pueda, destrozar las habitaciones de los hoteles y levantar la maldita voz! ¡Gritar! ¡Gritar! ¡Hay que gritar y vivirlo a tope! Y no molestar a los compañeros cuando están sobando. Pero Grimm no hace nada de eso. Vive la vida pasando de puntillas sobre ella, y creo que es por eso por lo que me hace sentir incómodo.

—¿Estás dormido, Draven? ¿Qué haces durmiendo en el armario?

Cuando me vine aquí a sobar pensé que era una idea cojonuda, pero se ve que no. Grimm levanta las cortinas y el montón de abrigos y alfombras con los que me he tapado. Cuando la luz me hiere los ojos, los abro, gruñendo.

Me rasco el pecho desnudo y me revuelvo como un gato con urticaria.

—Maldita sea, ¿qué mosca te ha picado a estas horas?

—Vale, joder…

Grimm se da la vuelta para irse, pero yo le agarro del pie.

—No, ahora te quedas y me dices qué hostias quieres. Ya que me has despertado, que sirva de algo.

Tengo muy mal humor por las mañanas. Y por las tardes. Cuando me despierto de resaca, sea la hora que sea, tengo mal humor. Es lo normal. Es lo que le pasa a la gente NORMAL, pero a Grimm no. Grimm siempre tiene un humor neutro. O algo así.

Es que mira que es raro.

***

No es extraño encontrarse gente tirada por los suelos después de una fiesta en casa de Crow. Incluso cuando la fiesta nos la montamos nosotros solos. Esta vez al menos Draven ha ido a esconderse a un armario empotrado y no se ha quedado dormido en mitad de la escalera. Si no hubiera dejado tirados varios abrigos en el pasillo no le habría encontrado, pero ha dejado demasiadas pistas y la puerta entreabierta.

Con todo, cuando le veo ahí me doy cuenta de que no ha sido una idea muy brillante. A Draven no le gusta que le despierten, suele hacerlo de un humor de perros y además ha ido a esconderse a un armario. Igual porque no quiere que nadie le encuentre.

Draven dentro del armario. Si pienso en las lecturas que tiene eso no sé si reírme o llorar.

Me doy la vuelta cuando me agarra del pie. Está ahí medio desnudo, entre las prendas y las cortinas que Crowley no usa, y todo me parece muy ridículo de pronto. Me empiezo a sentir inseguro. Al mismo tiempo, al mirarle, un escalofrío fuera de lugar me recorre la espalda. Draven siempre me ha parecido guapo y muy sexy, hasta el punto de provocar que se me acaloren las mejillas. Y ahora me está ocurriendo. Veo su pecho y sus hombros, los fuertes brazos tatuados, su rostro. Tiene cara de mala leche y el pelo —larguísimo y lacio, de color castaño claro— le cae como una cortina por la cara. Se lo aparta con los dedos. Sus ojos azules me miran con desagrado, pero no me importa, también me gustan así. Hay algo en sus ojos que siempre me ha puesto muy nervioso: una expresión como de chalado, ese brillo casi demente de la gente que no tiene miedo a nada y es capaz de todo. Es algo que debería asustarme pero que en realidad me excita. Y mucho.

Eso y el piercing de su nariz.

Pero había venido decidido a aclarar las cosas y es lo que debo hacer. Esto me incomoda tanto como a él, pero no quiero pasarme los días reconcomiéndome, pensando en los mil significados de lo que hizo o en sus intenciones reales. Así que me armo de valor, intentando no pensar más en su pecho, en el cuerpo desnudo que he visto tantas veces en las duchas del backstage… intentando no mirar su piercing, sus ojos, su pelo, sus manos ni su pecho.

—Te he roto una clavija del bajo. —Bravo, Grimm, lo estás haciendo genial—.  He tropezado con él y se me ha caído.

Me mira como si fuera imbécil. Y yo me siento como tal.

—Grimm, ¿en serio? No me jodas, tío.

—Te la pagaré.

—¿Me has despertado para eso? Vete a la mierda.

Se da la vuelta, cogiendo las cortinas para cubrirse de nuevo y disponerse a pasar de mí. Me siento aun más imbécil, pero me quedo ahí, sujetando la puerta antes de soltárselo a bocajarro.

—¿Por qué me besaste anoche?

***

¿Veis? Era mi puto bajo. No falla.

Y para terminar de arreglarlo, cuando voy a seguir durmiendo, va y me pregunta eso. Al principio me quedo un poco shockeado. Un temblor raro me coge por dentro, como si estuviera al borde de un precipicio así de pronto, medio en pelotas y de resaca. Genial todo. Luego lo pienso detenidamente, porque no sé de qué cojones está hablando.

Y entonces me acuerdo.

Jooooder.

Me doy la vuelta, apartando un poco la cortina, y le miro. Grimm tampoco tiene buen aspecto. Bueno, no es cierto. Sí que lo tiene, siempre lo tiene. Nunca le he visto unas putas ojeras. Lo que quiero decir es que parece… no sé. ¿Molesto? No sé. Me cuesta entender a Grimm.

—¿Que por qué hice qué…? —Finjo hacer memoria, aunque ya me he acordado, sí, y tanto que me acuerdo. ¡Me estuve pegando el palo con Grimm! Muy fuerte—. Ah… ¿Anoche hicimos algo de lo que tenga que arrepentirme?

Le dedico mi mejor media sonrisa, la de hacerme el loco con las tías cuando vienen a decirme que por qué no he vuelto a llamarlas.

—Que por qué me besaste.

—¿Te besé? Pues no sé, tío, se me iría la cabeza. Ni que fuera la primera vez que mariconeamos en esta casa. Si es la casa del mariconeo.

De pronto me doy cuenta de que estoy mirándole los labios. ¿Qué hago mirándole los labios, joder? A ver. Bueno. Aparto la mirada y finjo tener mucho sueño, frotándome la cara.

Sí que me acuerdo, sí. Me acuerdo de Alexandra bailando en la barra —menuda tía buena— y de esa música de fondo, y de los ojos verdes de Grimm, que parecían grises y líquidos en la oscuridad. Me esquivaba y estaba tenso. Además, si lo vierais podríais entender que en un momento dado, con el calentón, uno puede morrearse a Grimm, ¿ok? Porque tiene cosas así, muy de chica.

La boca, por ejemplo.

El recuerdo de la suavidad de su boca me ataca con una punzada extraña, fría y caliente a la vez. ¿Por qué he pensado en eso? Bah. Necesito una tía. Ese es el problema, que ayer no tenía ninguna a mano.

—No me pasé de la raya, ¿no? No me acuerdo de nada.

***

Una sensación helada me trepa por el pecho. Es muy parecida a la vergüenza, porque en parte es vergüenza, vergüenza porque en realidad se está esfumando una esperanza que nunca ha debido existir. Draven es así, actúa por impulsos, hace las cosas sin pensar y a veces acaba con la cabeza abierta o algún hueso roto, y riéndose. Le da igual hacerse daño, y tampoco tiene muy en cuenta si hace algo que pueda afectar a otros.

No es que sea un mal tipo, no lo es, en absoluto. Es leal, nos defiende a todos, es amable a su manera… lo que pasa es que no piensa. Tampoco estoy diciendo que sea tonto, es que… joder. Es impulsivo, y ya está. Y anoche yo estaba ahí, justo entre su deseo y sus impulsos. No tiene más. Eso ha sido todo. Tengo que bajar de las nubes.

Me he quedado mirándole, pensando en la respuesta, incómodo y con esa sensación desagradable en el pecho, que ahora baja poco a poco a mi estómago, aplastando esas estúpidas mariposas de las que todo el mundo habla, y que estaban montándose una fiesta. Bien, me alegro. Así es mejor.

—No te pasaste de la raya. Solo me besaste.

Y yo te besé. Pero prefiero que olvides eso. Seguramente ni te hayas dado cuenta de las ganas con las que lo hice, ni de los párpados caídos y la mirada de idiota, y de los dedos en tu pelo, y del oxígeno que me faltaba.

—¿Entonces cuál es el problema?

Idiota. Idiota. ¿Pero quién es el idiota?

—Preferiría que no mariconeases conmigo. No me van esas cosas.

Todos han respetado siempre mis límites, y ni siquiera he tenido que pedir que lo hagan. Crowley hace esas gilipolleces con Draven y con Ash, pero nunca he tenido que decirle que no lo haga conmigo. Simplemente, nunca lo ha hecho. Ash tampoco, pero Draven tuvo que llevarse un par de desplantes antes de entender que no iba a entrar en ese juego. Nunca me ha importado si piensa que soy un rancio, prefiero que piense eso a que piense que soy marica. Aunque sea verdad. No quiero que lo sepan, eso es lo cierto, no quiero que hablen de ello, ni que me etiqueten, ni estar en boca de nadie.

—Por el amor de dios, si no es más que una gilipollez… —se queja impacientemente—. Olvídalo y no te traumes tanto, tampoco es que bese mal como para que te ofendas tanto, hostia.

Estoy más cabreado conmigo mismo que con él. Hace tiempo que tengo claras las cosas, y hace tiempo que sé que Draven no piensa antes de actuar. Yo debí apartarle e impedir que me besara, e irme como quería hacer en un principio.

Cojo los abrigos que hay en el pasillo y se los tiro encima con mala leche, como si quisiera ahogarle con ellos. Es un impulso tonto, me siento frustrado y tengo que tragármelo.

—Sigue sobando. Y la próxima vez puedes ir a buscar un espejo o ir a pedirles permiso a Demona y Ash para participar.

Le cierro la puerta del armario antes de largarme.

—¡Ash no me deja! —grita desde detrás de la puerta—. ¡Las tetas de Demona me están vedadas, tío! —Luego suelta una de sus carcajadas de loco.

Voy a por mi chaqueta. Quiero volver a mi casa y dejar de pensar en ello. Perderle de vista hasta el próximo ensayo y olvidarme de que esto ha pasado.

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