Descubriendo a Sarah

CAPÍTULO 1

—Paul, colega, necesito que te acerques a casa de mi madre. Ha preparado un paquete para mí y yo no puedo acercarme. —Paul se frotó la sien intentando disipar el dolor de cabeza que se había instaurado desde primera hora de la mañana.

—Vale, tío, sin problema. Dame la dirección y me paso esta tarde —contestó Simon haciendo equilibrismos para que el teléfono no se le cayera del hombro mientras se desnudaba para meterse en la ducha.

—Gracias, Paul. Y oye —le advierte—, no tengas sueños guarros con mi madre.

Simon rio ante la ocurrencia de su amigo y contestó:

—Seguro, colega.

«Yo de ti no estaría tan seguro, Simon». pensaba Paul dejando el teléfono encima de la mesa de su despacho y sirviéndose una copa.

Sarah se levantaba a las ocho de la mañana como si aún tuviera que cuidar de su único hijo. Madre soltera a la temprana edad de los quince años, crió a Paul con la ayuda de sus padres hasta que estos fallecieron hacía unos años. Fue entonces cuando dejó de trabajar para ofrecerle todo su apoyo. Gracias a Dios, sus padres la habían dejado en una buena posición financiera que le permitía vivir de las rentas sin problemas.

Se vistió y limpió la cocina a fondo como cada viernes. Hizo la comida y un pastel de chocolate para enviarle a Paul, junto a la caja de ropa que le había pedido. Qué orgullosa estaba de él, de lo que había conseguido. Con apenas veintitrés años, era un empresario de éxito gracias a sus absurdas pero totalmente productivas ideas.

Se pasó la mano por la frente, perlada de sudor y desabrochó un botón de la camisa. Tenía mucho calor.

Sarah Lee podía presumir de tener un cuerpo de infarto a sus casi treinta y nueve años. Pues aunque fue madre muy joven, y eso podría haber estropeado su esbelta figura, su actividad física no había parado en todos estos años. Se apuntaba a todas las clases de gimnasia y yoga que hacían en el centro de la comunidad, y caminaba casi a diario por los parques de la ciudad.

Fue al baño a lavarse las manos y la cara. Se miró en el espejo y se arregló el pelo en una coleta alta que la hacía parecer más joven. Sonrió y se fijó en una arruguita que le había salido justo debajo del ojo derecho.

—Oh, mierda, ya empiezan… —se dijo a sí misma mientras intentaba hacerla desaparecer con un masaje ligero.

Abrió un cajón del baño y descubrió sus juguetes eróticos. A lo mejor no era el sitio idóneo para guardarlos, pero no recibía visitas normalmente y si lo hacían, usaban el aseo de la primera planta. No es que la vida amatoria de Sarah fuera muy lograda, así que se había provisto de gran cantidad de ellos y había aprendido mucho. Quizás, ahora que Paul ya no estaba en casa, era hora de buscar con quién compartirla. O quizás más de uno.

Simon llegó en su moto antes de la hora prevista. No conocía la dirección exacta y había salido con antelación para no encontrarse algún inconveniente en el camino que le hiciera llegar tarde.

Se quitó el casco y miró la casa. Número 247, casa blanca con flores en el porche. Sonrió. 247, curioso. Cuando Paul le dio la dirección ni siquiera se había percatado del detalle. Era esta, sin duda. Había comprobado el cartelito de madera grabada con el nombre de su amigo en una de las esquinas de la casa.

Bajó de la moto, colocó el casco en su brazo y la mochila en un hombro. La gorra de los Bulls en su cabeza rapada, las gafas de sol y una sonrisa en su rostro. No hacía falta nada más.

Sarah se dio una ducha rápida, pues se sentía incómoda con la ropa que llevaba, salió empapada y se secó cuidadosamente con una de las toallas que había comprado la semana anterior en el mercado. Suave y esponjosa, como a ella le gustaban. Miró el cajón aún abierto y se le ocurrió que podría usar sus juguetes en la ducha la próxima vez. Tenía que ser excitante.

Ató el cinturón del batín de seda rosa, justo cuando llamaron a la puerta de la casa. Miró el reloj de la cocina y comprobó que faltaban aún varios minutos para las once de la mañana, la hora que se suponía que tenía que llegar el tal Simon. Recolocó la tela del batín intuyendo que no sería él y abrió la puerta.

Simon se quitó las gafas de sol de golpe ante la visión que tenía delante de sus ojos. Miró el cartel del porche y frunció el ceño.

—Buenos días, creo que me he equivocado de casa, estoy buscando a la señora Lee —dijo un tanto intrigado.

—Oh, ¿eres Simon? Soy Sarah. —Le tendió la mano y este correspondió al gesto—. Soy la madre de Paul.

El maldito Paul le había advertido, pero no pudo evitar ponerse duro como una piedra ante aquella imagen. ¿Con cuántos años lo había tenido?

—Tenía quince, si es lo que te preguntas. Por favor, pasa —indicó a un estupefacto Simon.

Pasó tan cerca suyo que podía oler el perfume de jabón. Se acababa de duchar. Simon dejó sus cosas encima de la mesa de la cocina y se quitó la cazadora, dejando ver una camiseta ceñida, y unos brazos torneados y tatuados que no evitaron el suspiro de Sarah. Simon no se dio cuenta, pero ella estaba empezando a pensar en alguna travesura. Desechó esa idea de la cabeza cuando pensó en su hijo, y lo que pensaría de ella si hiciera aquella fantasía realidad. Pero por otro lado, ¡qué demonios! Paul estaba lejos y ya era un hombre hecho y derecho. Y ella aún era joven y estaba dispuesta a experimentar.

—¿Te apetece un café, Simon?

—Sí, gracias. —Se sentó detrás de ella observando el contoneo de sus caderas.

Sarah intentó darle un poco de conversación para ayudar a relajarse. Lo veía muy tenso.

—Y dime, Simon, ¿de qué conoces a mi hijo?

Simon, que no perdía de su campo de visión las caderas de la señora Lee, tragó saliva antes de contestar, intentando serenarse un poco de los pensamientos lascivos que le rondaban por la cabeza. Había tenido muchos encuentros sugerentes, pero este se llevaba la palma en lo absurdo y caliente.

—Estudiábamos juntos en el instituto, al final me incliné por las Bellas Artes y me hice tatuador. Pero seguíamos saliendo juntos los fines de semana y nos hemos ayudado muchas veces.

Sarah sacó una caja de galletas y acercó la humeante taza de café a la mesa en frente de Paul. El escote de su batín se abrió un poco dejando ver buena parte de sus pechos a Simon, que no podía quitarle ojo. Ella dejó la abertura así, a su antojo, pues quería ver hasta dónde estaba aquel muchacho dispuesto a llegar.

—Siempre me han gustado los tatuajes, pero nunca me he hecho uno —comentó despreocupada apoyando su trasero en la mesa al lado de Simon.

—¿Usted no se toma un café?

—Uy, no. Me acelera mucho y puedo llegar a cometer locuras.

Simon se puso serio de repente, pues no sabía bien a dónde quería llegar aquella rubia con pechos enormes y mirada lasciva.

—Quizás si toma café hasta quiera hacerse un tatuaje…—bromeó.

—Quizás…—dijo guiñándole un ojo—. ¿Me harías uno?

—Por supuesto, cuando quiera —afirmó dando un sorbo largo al café. A punto estuvo de quemarse la garganta y empezó a toser.

—Oh, Simon, querido, lo siento, olvidé decirte que estaba muy, muy caliente… —puso especial énfasis en la última palabra.

—Tranquila, no pasa nada. —Cogió una servilleta de la mesa y se limpió la boca.

Una gota de café había resbalado por su cuello, escondiéndose debajo de la camiseta. Sarah aprovechó la ocasión.

—Querido, ¿me permites? Creo que te has manchado —le quitó la servilleta de la mano y la introdujo por el cuello de la camiseta, acariciando el pecho de Simon.

Ambos se miraron a los ojos. Simon estaba tan duro que pensaba que iba a explotar. A Sarah se le marcaban los pezones en el batín ante la anticipación. Fue Sarah la que bajó la vista hacia el pecho del muchacho y cortó la tensión.

—Vaya… Llevas muchos tatuajes.

—Bastantes…

—¿Podría verlos para tomar ideas? Me gustaría hacerme algo original.

Simon tembló de nuevo. Sarah retiró la mano y le miró a los ojos esperando una respuesta. Él asintió y Sarah aprovechó para ser ella la que retirara la prenda. Simon dejó a la vista un estupendo pecho torneado por el gimnasio y lleno de tatuajes por todas partes.

Sarah pasó la lengua por sus labios con lascivia, mientras que Simon no podía hablar. ¿Era una invitación o estaba soñando? La miraba con cautela esperando la tan ansiada invitación.

—Espera, que no los veo bien con esta luz. —Guiño un ojo y se puso de pie— ¿Te importa ponerte de pie un momento para verlo mejor?

Simon obedeció a sus deseos y se incorporó de la silla. Ella retiró el plato de galletas y el café, y se sentó delante de él con las piernas ligeramente separadas. Él se pegó de manera instintiva. Quería estar dentro de ella. O iba a explotar. Sarah le miró a los ojos y levantó la camiseta con cuidado. Él cogió el otro lado para que pudiera ver su torso completamente.

—¿Qué es esto, Simon? —preguntó pasando un dedo suavemente por encima del dibujo de un pez de colores, justo encima del pectoral derecho.

—Es una carpa japonesa —susurró.

—Interesante… —dijo ella mirándole a los ojos. Sarah abrió las piernas un poco más y él se acercó unos centímetros.— ¿Y esto, amor? —preguntó haciendo círculos alrededor de sus abdominales.

—Una batalla samurái, Sarah.

Genial, ya la empezaba a tutear. Justo lo que ella quería, hacerle perder la vergüenza.

—Genial… —Llegó al botón de sus pantalones y abrió aún más las piernas. El batín se abrió del todo, dejando su cuerpo desnudo expuesto al muchacho—. ¿Alguno más que pueda ver aquí abajo, Simon?

—Lo que quieras… tienes libre servicio.

Sarah desabrochó el botón del pantalón sin dejar de mirarle a los ojos. Se acercó a su ombligo y pasó la lengua despacio, alrededor, provocando el estremecimiento de Simon y una tortuosa erección que lo iba a volver loco. Simon aprovechó para quitarle completamente el batín, mientras ella continuaba bajándole los pantalones y la ropa interior.

Simon asomó su erección mientras se quitaba las deportivas y lanzaba la ropa a un lado de la cocina de una patada. Retiró la silla un poco y colocó a Sarah tumbada boca arriba en la mesa de la cocina.

—Me van a colgar por esto, cielo…

—No más que a mí, cariño. Pero es que ella —afirmó mientras Sarah cogía la polla con la mano— me estaba pidiendo su liberación. No podía dejarla así.

Simon sonrió y la besó con ardor mientras bajaba su mano hacia los pechos de ella.

Contorneó uno de ellos y estimuló el pezón con energía, casi con violencia. Sarah dio un grito.

—Eso es que te gusta, ¿imagino? —preguntó antes de dejar su boca y atrapar el otro pecho con sus labios.

—Eso es que estoy tan mojada, que creo que explotaré…

Simon continuaba con sus caricias. Bajó la mano hasta el coño de Sarah y comprobó que, efectivamente, estaba muy mojada. Pasó un dedo por su clítoris, mientras ella gemía, e introdujo un dedo en el agujero de ella.

—Dios…

—No soy Dios, soy el diablo, cariño. Dios nunca podría hacer esto —afirmó y la tumbó totalmente. Se sentó en la silla en frente de ella y puso las piernas de Sarah en sus hombros.

Simon se deleitó en saborear su sexo mientras con la otra mano estimulaba su polla un poco, no demasiado. Eso lo haría Sarah en pocos minutos. Su lengua bailaba repetidamente alrededor de su centro, pero él continuaba atormentándola introduciendo una y otra vez, un dedo, dos, tres. Si tuviera algunos juguetes la haría correrse del todo mientras su boca seguía atormentándola.

Sarah estimulaba sus pechos con una de sus manos, mientras la otra descansaba en la cabeza de Simon, incitándolo a continuar, y a la vez ella movía las caderas en círculos muerta de placer.

Justo cuando estaba a punto de correrse, retiró la cabeza del muchacho, que gruñó de fastidio. Pero es que quería que fuera una mañana completa, y que aquello fuera duradero. Hacía mucho tiempo que no pasaba un rato tan bueno con un hombre.

—Mi turno…

Bajó las piernas de los hombros de Simon y se arrodilló frente a él. Simon abrió las piernas para que ella tuviera más espacio.

Sarah no dejaba de mirarle a los ojos mientras cogía su polla con las manos y se la introducía en la boca. Simon echó la cabeza hacia atrás, era demasiado bueno para ser verdad. Joder, estaba muy cachondo.

Sarah se recreó en la punta de la verga de Simon. Este abarcó la cabeza de la mujer incitándola a profundizar, pero Sarah quería atormentarlo un poco antes.

—¿Te gusta? —preguntó con coquetería pasando la lengua despacio por el glande.

—Joder, sí. Pero si sigues así vas a hacer que me corra antes de tiempo.

Sarah sonrió y no dijo nada más. Introdujo el miembro por completo en su boca y lo dejó ahí un par de segundos, después dejó a Simon que moviera la cabeza de la mujer a su antojo y deseo.

Cuando ya estaba a punto de correrse, la retiró.

—Ha faltado poco… —susurró, ayudando a Sarah a ponerse de pie—. Eres mala.

—No sabes cuánto, cariño —respondió ella, apoderándose de su boca aún sin sentarse.

Simon le abrió las piernas e introdujo de nuevo un dedo en la hendidura de Sarah, moviéndolo y sacándolo varias veces. Mientras, ella abarcaba sus propios pechos con las manos para seguir con aquel juego. Cuando pensaba que no aguantaría mucho más, Simon se levantó apresuradamente y la tumbó en la mesa de la cocina. No esperó. Se hundió en ella de golpe, provocando el gemido de ambos.

Simon se movía a un ritmo lento y acompasado, recreando su propia fantasía con aquella mujer. Sarah le animaba a profundizar cogiendo las nalgas del hombre con fuerza y empujándolo para que entrara completamente.

—Esto es riquísimo —decía ella con los ojos cerrados.

Simon se inclinó para abarcar ambos pechos con las manos y juntarlos. Pudo saborear ambos pezones al mismo tiempo, mientras continuaba meciéndose dentro de ella, ahora con un poco más de rapidez.

—Si sigues así vas a hace que me…ohhhh, oooooohhhhh, Simoooooon…

No dio tiempo a avisar de que su liberación andaba cerca. Simon dejó sus pechos para estimular su clítoris durante el orgasmo, provocando que tuviera una experiencia intensa. Él no tardó mucho más. Provocado por las contracciones de ella, se vació por completo y casi con violencia, dando golpes sin sentido, preso de la pasión del momento.

Rendido, y aún dentro de ella, apoyó su cabeza en el vientre de la mujer, dándole dulces besos.

—Esto ha sido pecado, seguro… —Sarah soltó una carcajada provocando la mirada divertida e interrogante de Simon—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—Que un hombre lleno de tatuajes piense en «pecado», es señal de que lo hemos hecho bastante bien.

Simon enterró el rostro de nuevo en el vientre de Sarah, negando con la cabeza mientras reía.

—Como se entere Paul de esto, me va a colgar por los huevos.

—Deja de pensar en mi hijo y vamos a darnos una ducha, anda —le indicó para que se levantara.

Simon salió de su interior y miró la mesa de la cocina. Estaba llena de fluidos de ambos. Miró a Sarah y pensó en la ducha que le había prometido. Levantó una ceja.

—¿Estarás repuesto? —preguntó mientras le besaba dulcemente.

—Dame cinco minutos y verás… —contestó él sin dejar de besarla.

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