Placer y obsesión

Primera parte: Encaje y seda

Sabía que aquello no estaba bien.

No solo por la diferencia de edad entre ambos, sino también por la relación profesional que manteníamos. Siempre me habían dicho que no era bueno mezclar los negocios con el placer, y hasta aquel momento me había mantenido fiel a las enseñanzas de mi padre en lo que al negocio se refería, pero caer en la tentación fue algo tan paulatino y gradual, que a duras penas fui consciente que lo hacía.

Empezó con mis ojeadas disimuladas. No podía evitarlo, mirar aquel trasero firme y delicioso cada vez que salía de mi despacho se convirtió en una costumbre. Cuando empezó a trabajar en mi empresa era invierno, y siempre llevaba unos tejanos ceñidos que le marcaban cada uno de los tentadores músculos que conformaban la parte baja de su anatomía. Muchas veces me sorprendí rezando para que se le cayera algo y tuviera que agacharse, y las veces que sucedió, le di gracias a Dios desde lo más hondo de mi perversa alma.

Después vinieron las miradas directas. Le sonreía, me pasaba la lengua por los labios mientras hablábamos, y me quedaba con la mirada fija en los suyos, hablándole con los ojos. Cuando se daba cuenta sonreía con coquetería, como diciéndome «te tengo comiendo en mis manos». Y era verdad.

Durante el verano, cuando los jerséis y las mangas largas dejaron paso a las camisetas y la piel al descubierto, vinieron los roces, y en esto ambos fuimos culpables. Buscábamos cualquier excusa para tocarnos aunque fuese levemente. Cuando me entregaba los informes, nuestras manos se acariciaban, recreándonos más de lo necesario con la excusa de los papeles. O cuando teníamos que colaborar, uno al lado del otro, sentados en la misma mesa, poníamos nuestras sillas tan juntas que nuestros hombros no dejaban de rozarse; y las rodillas; y los pies.

Nunca decíamos nada fuera de lugar, nuestras conversaciones siempre se mantenían dentro de lo profesional, pero nuestros cuerpos hablaban por sí mismos. Cuando estaba a su lado, mi respiración siempre se alteraba, volviéndose pesada, rugosa, como si acabara de llegar del gimnasio después de una dura sesión. Mi piel se humedecía con el sudor al tenerle tan cerca, y mi excitación era evidente hasta para un ciego.

Yo me decía y repetía que era una locura: trabajaba bajo mi mando, era diez años más joven que yo, y seguramente todo estaba en mi imaginación y no había nada de lo que yo soñaba.

Hasta que un día entró en mi despacho y habló claramente.

Por cierto, me llamo Abigail Rossi, tengo cuarenta años, y soy la dueña de una cadena de tiendas de lencería llamada «Encaje y seda».

—Ya se han ido todos —dijo mirándome con fijeza. Había cerrado la puerta de mi despacho y se había apoyada en ella, indolente.

Elliott era alto, con el pelo castaño claro y corto. Siempre lucía una mirada traviesa en los ojos, y la boca torcida en un rictus como una media sonrisa, como si estuviera a punto de burlarse de ti. Su cuerpo estaba bien definido por los músculos trabajados diariamente en el gimnasio del edificio donde tenemos la central de la empresa. Delgado, alto y flexible, como a mí me han gustado siempre los hombres. La mandíbula cuadrada emanaba seguridad y fortaleza de carácter, y los labios… ¿qué decir de sus labios? Gruesos, jugosos, apetecibles, besables… El único defecto que podía achacársele, era tener una nariz quizá un poquito demasiado grande, pero a mí me ponía como una moto pensando en que la usara para trazar caminos por mi piel.

Levanté la mirada de los documentos que estaba examinando y la dirigí hacia él.

—¿Tan tarde es? —Ni siquiera me había dado cuenta, concentrada en mi trabajo. Estiré los brazos, desperezándome como un gato, y mis pechos se levantaron amenazando con desbordarse por encima del escote de mi blusa. Lo hice a propósito, por supuesto: quería provocarlo un poco, dar un paso más allá para ver su reacción.

Sus ojos bajaron hacia allí con la rapidez de un tren bala, y se quedaron fijos. El color azul cielo del iris se transformó en un azul eléctrico intenso. Se pasó la lengua por los labios, probablemente sin darse cuenta, y yo sentí que mis pezones se erguían de deseo.

—Sí —contestó sin apartar la vista—. ¿Necesitas algo más de mí?

—No —le dije—. Puedes irte.

Sonreí subrepticiamente pensando en cuán mentirosa era. ¡Claro que necesitaba algo de él! Un buen revolcón; sexo húmedo, sucio y caliente; que me follara hasta quedar afónica de tanto gritar. Pero nunca iba a pedírselo. Era mi subordinado, además de diez años más joven. Nunca había sido una asaltacunas, y no iba a empezar entonces, aunque eso no quitaba que pudiera coquetear con él. Si Elliott se decidía y me entraba, ya sería otra cosa. No podía arriesgarme a ser mal interpretada y acabar denunciada por acoso laboral, tal y como estaban las cosas.

—¿Estás segura, Abby?

No sé por qué le permitía que me llamara así, ya que nadie más lo hacía. Yo era Abigail para todo el mundo, o señora Rossi, pero él, siempre irreverente, se empeñaba en llamarme por el diminutivo a pesar de que le había advertido varias veces que no lo hiciera. Eso sí, nunca lo hacía en público, sino siempre cuando estábamos solos.

—Estoy segura. Venga, lárgate. —Reafirmé mi decisión con un movimiento de la mano derecha—. Seguro que tienes alguna novia que te está esperando.

Su risa me sorprendió. Era suave, cálida, acogedora, y su sonido me rodeó como una caricia.

—No hay nada de eso. Es imposible con los horarios que me impones.

—Pues deberías buscarte a una que trabaje en el mismo edificio.

Me arrepentí en el mismo momento que lo dije, ¿Por qué tenía que darle ideas? La mía no era la única empresa que tenía oficinas en este edificio, y en el gimnasio había una gran cantidad de secretarias, administrativas e incluso ejecutivas, que acudían a hacer ejercicio regularmente. Jóvenes, guapas, libres… capaces de cubrir todas las necesidades que un espécimen tan magnífico como Elliott podría tener.

Él se encogió de hombros y se apartó de la puerta, dando un par de pasos hacia mi mesa, sin quitarme los ojos de encima, con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero.

¡Ay, madre! Me derretía bajo su mirada, caliente, poderosa. Si solo con sus ojos conseguía algo así, ¿qué podría conseguir con sus manos? ¿Su boca? ¿O su polla? Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, y todo el vello de mi cuerpo se erizó solo imaginándomelo.

—Solo hay una mujer que me interesa, y no tengo claro que sea recíproco. —Me sentí morir. ¿Qué quería decir con aquello? Lo miré con ojos interrogantes, esperando que se refiriera a mí, y temiéndolo al mismo tiempo—. ¿Lo es, Abby?

La pregunta, susurrada con aquella voz tan seductora, consiguió que mi cuerpo se licuara, literalmente, y toda la pérdida se producía a través de mi coño, que se empapó de jugos producidos por el intenso deseo que sentía en aquel momento. Tuve que apretar los muslos y respirar profundamente varias veces para no levantarme de un salto, agarrarlo, tirarlo sobre la mesa, y follarlo allí mismo sin siquiera pedir permiso.

Me estaba volviendo loca.

Tragué saliva con dificultad, y él se dio cuenta de todas mis reacciones. Sonrió, arrogante, y se acercó a mí, rodeando la mesa, hasta ponerse tras la silla en la que estaba sentada.

—Estás muy tensa, Abby.

El susurro, dicho muy cerca de mi pelo, me provocó estremecimientos, y cuando puso sus manos, enormes, masculinas, sobre mis hombros para empezar a masajearlos, no pude evitar temblar.

—¿Qué pretendes, Elliott? —pregunté en un balbuceo.

No era yo misma. Nunca balbuceaba, ni me dejaba seducir tan fácilmente. Era una mujer fuerte, una empresaria de éxito, una mujer madura, con experiencia, que sabía bien qué y cuándo quería algo, y que no se dejaba manipular por nadie. Cabezota, sobre todo, acostumbrada a mandar, a hacer que los demás se estremecieran ante mi mirada o mi toque…

Y ahí estaba, como una quinceañera, derritiéndome bajo el «inocente» roce de las manos de un hombre que era mi subordinado.

—Llevamos meses jugando al escondite —respondió. Mis hombros estaban cada vez más relajados, y mi cabeza cayó hacia atrás sin que yo pudiera evitarlo, apoyándola en su cintura—, y estoy cansado. Quiero pasar a la siguiente fase. Te encontré, y quiero que seas mi «prisionera»… Te deseo, Abby, pero no de una forma convencional. ¿Qué sabes del BDSM y los Amos?

Las palabras «prisionera» y «Amo», y las siglas «BDSM» me provocaron un estremecimiento de placer. Mi imaginación voló sin poder evitarlo, y me imaginé desnuda, atada, sometida por su fortaleza, «soportando» todo lo que él quisiera darme, llevándome a cimas de placer inimaginables.

Nunca se lo había permitido a nadie. Yo estaba acostumbrada a ordenar y ser obedecida, a tomar decisiones rápidas e importantes bajo presión, en las que ponía en peligro el futuro de mi empresa y los puestos de trabajo de todos mis empleados. Y siempre me había preguntado cómo sería poder dejar todo eso atrás durante un rato, permitir que fuera otro el que decidiera y se arriesgara, y limitar mi participación a una obediencia ciega sin posibilidad de discusión. No en mi empresa, por supuesto, pero sí en algún otro ámbito de mi vida, y el sexo podía ser la válvula de escape perfecta. Pero, ¿con Elliott?

—Antes quiero dejar claras algunas cosas —dije con esfuerzo. Sus manos se quedaron quietas. Creo que se sorprendió que yo claudicara tan fácilmente, aunque no puedo saberlo con exactitud porque no podía verle a través de mis ojos cerrados—. Nada de juegos en horario de oficina. Cuando trabajamos, trabajamos, y no puede haber distracciones. Y nada de traspasar de un ámbito a otro, los problemas que puedan surgir. Nada de mezclar emociones: esto es solo un «rascarse un picor», así que no esperes nada más.

—Me parece bien. Pero yo también tengo algunas normas que poner. Fuera del horario de oficina, yo tengo todo el control y harás todo lo que yo te diga. Sin excepciones. Tendrás una palabra de seguridad para usar, por supuesto, pero te llevaré al límite y no permitiré que te acobardes a la primera de cambio. ¿Entendido?

La seguridad en su voz me envió un escalofrío de placer por todo el cuerpo. «Todo lo que yo te diga, sin excepciones». Significaba no tener que preocuparme, no verme obligada a tomar decisiones, poder liberarme de la presión que suponía tener la responsabilidad.

—Entendido.

—Bien. Redactaré un borrador de un contrato privado que traeré el lunes; lo hablaremos y modificaremos hasta que quede a gusto de ambos, y después, lo firmaremos. Si no tienes experiencia con este tipo de juegos, es mejor que este fin de semana te dediques a informarte sobre en qué te estás metiendo. Después no quiero lamentaciones ni acusaciones, Abby.

—Me parece bien.

—Hasta el lunes, entonces.

Me dio un beso en lo alto de la cabeza y salió del despacho. Yo me derrumbé en la silla, sorprendida, preguntándome dónde me estaba metiendo.

El lunes trajo el contrato, tal y como había dicho. Yo había pasado gran parte del fin de semana pegada al ordenador, leyendo toda la información que pude conseguir sobre el BDSM. Palabras como caning o edgeplay, me llenaron de dudas, pero pensé que todo podía aclararse a través del contrato. ¿Ser azotada por una caña? Ni loca. El dolor en tal magnitud no entraba dentro de mis varemos de lo aceptable. En cambio, otras como cinching, o spanking, me enviaban inequívocas señales en forma de temblores vaginales, acompañados de una excesiva producción de fluidos a causa de la curiosidad. No me importaría nada que Elliott me tumbara sobre sus rodillas y me azotara el culo como si fuera una niña traviesa. La sola idea me excitó.

Cuando terminó la jornada laboral, Elliott vino a mi despacho y hablamos largo y tendido sobre el contrato, modificándolo muchas veces. Nada de dolor extremo, era una de mis cláusulas. Obediencia absoluta cuando jugáramos, era una de las suyas. Confidencialidad, en eso estuvimos de acuerdo los dos. No quería que nadie supiese nuestra relación.

—¿Qué es esto de llevarme a un club? —pregunté algo indecisa. No me hacía ninguna gracia—. Quítalo, nada de salidas. Nos limitaremos a nuestras casas, o a hoteles donde no nos conozcan. No quiero correr el riesgo de encontrarme con alguien conocido.

—Llevarás máscara —me tranquilizó—, y nadie sabrá quién eres si tú no quieres. Usarás un alias. Es un club BDSM, y será una experiencia que, estoy seguro, no querrás perderte.

Lo pensé durante un momento. La idea era interesante, acudir a un lugar así sin que nadie pudiera saber quién soy, disfrutar de ser una verdadera sumisa sin el riesgo que mi credibilidad como empresaria pudiese salir mal parada.

—De acuerdo —acepté al final.

Aclaramos algunas excepciones que podrían hacer que nuestros juegos fueran más divertidos y excitantes, como obligarme a llevar un dildo o pinzas en los pezones durante mi horario laboral, por ejemplo. Pero no estaba permitido ningún tipo de interacción sexual en el trabajo, ni siquiera una leve insinuación a lo que estábamos llevándonos entre manos. De ocho a cinco, incluidas las dos horas que teníamos para comer, estaba prohibido cualquier referencia o acto. Y si había alguna reunión programada fuera de ese horario, también.

—Nada de fotos o grabaciones —añadí. Elliott parecía de fiar, pero no quería correr riesgos: no sería la primera mujer que había sido objeto de un chantaje a causa de unas fotos hechas por el amante de turno—. No esperes un aumento de sueldo o regalos caros en compensación por tus servicios.

Eso pareció ofenderlo y divertirlo a partes iguales, porque sus ojos rieron y la curva irónica de su boca se extendió en una mueca.

—Solo espero una cosa, Abby, y no tiene nada que ver con el dinero.

No especificó qué era lo que esperaba, y eso me dejó un tanto desorientada y llena de curiosidad. ¿Por qué había dicho aquello? Quizá solo quería hacerse el interesante y el misterioso, por lo que no le di más vueltas.

—Palabra de seguridad. ¿Tienes alguna preferencia? —me preguntó.

Yo lo pensé durante un momento, y recordé una serie a la que mi madre era adicta cuando yo era pequeña. Contaba una historia prohibida entre un cura y una jovencita virginal, y aunque nosotros no encajábamos en los personajes (Elliott se asemejaba más a un diablo que a un cura, y yo de virginal e inocente no tenía nada), sí había cierto paralelismo que me hizo gracia, y era el hecho que, de alguna manera, nuestra relación también podría clasificarse de prohibida en muchos aspectos.

—El pájaro espino —dije. Me miró con extrañeza; probablemente no tenía ni idea de a qué me refería, pero lo aceptó sin ningún problema.

En cuanto terminamos de modificar el contrato y quedó a gusto de ambos, lo firmamos. Él se guardó una copia; yo, la otra.

En el mismo momento en que cerré la caja fuerte donde lo había guardado, empezó el juego.

—Quítate las bragas —me ordenó.

El tono de su voz no admitía ni réplicas ni equivocaciones: era una orden. Temblé de pies a cabeza, y tragué saliva con dificultad. Empecé a sentirme insegura y a creer que no me lo había pensado bien. ¿Qué querría un hombre guapo, atractivo, hermoso, de treinta años, de una mujer de cuarenta? Vale, estoy en forma, y sigo siendo atractiva, pero un hombre como él podría elegir sin problemas a cualquier muchacha más joven que yo.

—¿No me has oído?

Su voz restalló como un látigo en medio del silencio reinante, y me sobresaltó. Me había perdido en mis cavilaciones estériles.

—Sí, lo siento.

Pasé mis manos por debajo de la falda intentando no levantarla demasiado. Ahora, de repente, me daba vergüenza que pudiera verme. ¡No había quién me comprendiera! Ni yo misma lo conseguía. Nunca había sido especialmente pudorosa, ni me había avergonzado mostrarme desnuda ante mis ocasionales amantes. ¿Por qué ahora sí?

Me bajé las bragas y las tiré al suelo, al lado de la mesa. Esperaba no olvidar recogerlas después, o Marga, la mujer que venía a limpiar por la mañana, iba a alucinar en colores cuando las encontrara.

—Ven aquí.

Extendió su mano hacia mí con la palma hacia arriba. La cogí y tiró de mí con suavidad hasta pegarme a él. Puse las manos sobre su pecho y me maravillé con el tacto de su musculoso pecho. Allí no había ni un gramo de grasa.

—Llevo demasiado tiempo deseando esto —susurró, y dejó caer su boca sobre la mía.

No me besó: me devoró. Inundó mi boca con su lengua, y con un baile erótico y agresivo me demostró quién era el que mandaba allí. No me dio opción a negarme, o a rechazarlo (no es que yo quisiera hacerlo, tampoco), y temblé de pies a cabeza al sentir cómo la excitación crecía en mí hasta hacerse insoportable. Y solo con un beso.

Cuando empezó a subir la mano por mi muslo y se metió bajo la falda, mientras seguía comiéndome la boca como si le fuera la vida en ello, tuvo que agarrarme la cintura con fuerza porque estuve a punto de desfallecer. En serio, nunca jamás me había pasado algo así, pero la fuerza de mis piernas se desvaneció como si todos mis músculos y tendones se hubieran convertido en gelatina. Yo me agarré a sus hombros, y cuando su mano llegó a mi pubis y sus labios dejaron ir un gruñido de satisfacción al notarlo rasurado, creí morir.

—Afeitado, como a mí me gusta —murmuró separando sus labios de los míos durante unos instantes—. Odio encontrar pelos en la comida. Porque ten presente que te voy a comer entera…

¿Os lo podéis imaginar? Solo de recordar aquel momento, mi coño chorrea como una fuente… igual que lo hizo entonces, y él lo notó.

—Estás mojada.

Yo jadeaba. Tenía todo el vello del cuerpo erizado, me dolían los pezones, mi útero pulsaba y dolía. Y él seguía acariciando mis intimidades mientras mantenía su boca a escasos milímetros de la mía.

—Ábrete más de piernas.

No dudé. Separé las piernas para darle más acceso, y metió un dedo en mi coño. Apoyé la frente en su hombro mientras un gemido salía de mi boca, largo, agónico, que le provocó una risa de satisfacción masculina.

—Eso es, nena; déjame hacerte sentir bien.

«Nena». Que me llamara así me hizo sentir como una jovencita, y cuando metió otro dedo, estimulándome, mientras con el pulgar jugaba con el clítoris, el deseo se enroscó en mi bajo vientre y estallé en convulsiones mientras gritaba y clavaba mis dientes en su hombro, mordiéndole, llenando de saliva su camiseta y dejando allí la marca de la mordida.

Sacó los dedos de mi interior y los llevó a su boca, chupándolos con ganas, uno a uno, con los ojos entrecerrados, como si estuviera deleitándose con un manjar.

—Mmmmmm… delicioso, tal y como esperaba.

Me acompañó hasta el sofá que tenía en el despacho y me ayudó a sentarme. Me sentía como un ovillo desmadejado, sin fuerzas ni raciocinio.

Quid pro quo —me dijo, agarrándome del pelo y alzándome la cabeza para obligarme a mirar hacia arriba—. Es tu turno de hacerme sentir bien, nena. Hace tiempo que sueño con follarte la boca.

Me relamí, no pude evitarlo. No iba a ser mi primera mamada, pero nunca había tenido en mi boca la polla de un hombre más joven, y la inseguridad se apoderó de mí. Elliott era un hombre al que se veía con mucha experiencia, y que sabía muy bien qué quería, y me pregunté por primera vez si yo sería capaz de satisfacerlo.

Desabroché sus pantalones, uno de esos tejanos que tienen la bragueta con botones en lugar de cremallera, y los arrastré por sus muslos, llevándome también los bóxer.

Me alegré que usara ese tipo de calzoncillos. Eran negros, de seda, ligeros y suaves. Si hubiera llevado unos de abuelo, de esos tan feos y blancos, creo que se me hubiera caído la libido al suelo. Pero no, Elliott tenía clase y gusto hasta para eso.

Su polla, firme y gruesa, saltó ante mis ojos. Era preciosa, perfecta, recta, dura y suave, con un glande que había empezado a llorar líquido pre seminal.

La acaricié con la lengua, desde la base hasta la punta, como si de un helado se tratara. Él silbó hacia adentro, aspirando aire entre sus dientes apretados, estremeciéndose. Volví a bajar con la lengua, y me puse uno de los testículos en la boca y lo chupé, suave y fuerte al mismo tiempo, y utilicé mi lengua para estimularlo con provocación.

Apretó el agarre en mi pelo de forma convulsa, como si no tuviera voluntad para evitarlo. Regresé al glande y jugué con él, pasando la lengua pero sin metérmelo en la boca, desafiándolo.

—No juegues, nena —me dijo con los dientes entrecerrados—. En tu boca, ya.

La orden no admitía réplica ni dilación, pero no quise obedecerlo inmediatamente. Lo obligué a imponerse, y lo hizo. Tiró del pelo hacia atrás, forzándome a abrir más la boca, y me invadió sin ningún tipo de remordimiento. Me mantuvo la cabeza quieta agarrándola con las dos manos, sin permitir que la apartara, mientras la follaba. Me metió la polla hasta la garganta, y tuve que relajar todos los músculos para que pudiera caber. Era gruesa y larga, más de lo normal. El glande chocaba contra mi campanilla, y así y todo, mis labios no eran capaces de rozar su pelvis.

Tuve arcadas, he de admitirlo. Nadie me la había metido tan profundo, nunca lo había permitido, y el atrevimiento de verme forzada hizo que volviera a encender mi deseo. Jamás nadie se había atrevido a tratarme así. Era excitante.

Gruñí. Lo hice a propósito. No para quejarme, sino porque sabía que la vibración enviaría ondas a través de su verga que lo estimularían más. Me había puesto de nuevo a cien, y no era justo que el útero me doliera tanto cuando hacía solo unos minutos que había tenido un orgasmo brutal. Pero necesitaba otro, y lo necesitaba ya. Así que deslicé mi mano hasta alcanzar mi propio sexo y empecé a acariciarme. Nunca me había gustado masturbarme, pero en aquel momento no tenía más remedio, porque no parecía que él fuese a salir de mi boca para atender mis necesidades.

—Ni se te ocurra —siseó entre dientes cuando vio mis intenciones—. Nada de tocarte. Ahora es mi turno, Abby. Si te tocas, tendrás que pagar las consecuencias.

Siempre he sido una rebelde, y no iba a cambiar en aquel momento, así que no le hice ningún caso. Tragué con fuerza aprovechando que tenía toda su polla en la boca, lanzándolo a un orgasmo brutal, mientras yo me acariciaba frenéticamente el clítoris hasta poder acompañarlo.

Su semen se disparó dentro de mi garganta, caliente, salado, delicioso, y cuando le seguí, mis gritos murieron ahogados por la presencia de su miembro y del líquido espeso que, a pesar de mis intentos de tragarlo todo, se derramó por las comisuras de los labios, resbalando por mi cuello, empapándome la blusa.

Caí hacia atrás, desmadejada, liberando su miembro. Él se dejó caer a mi lado, respirando con agitación, mirando con fijeza hacia el techo.

—Me has desafiado —me dijo entre jadeos—, y tendré que castigarte. —Se quedó en silencio, esperando mi reacción. Cuando esta no se produjo, siguió—: Sobre mis rodillas, Abby, con el culo en pompa. Voy a tener que azotarte.

Me miró, esperando ver un brillo de rebeldía, pero yo me recompuse como pude y me levanté para colocarme tal y como me decía. Antes de hacerlo, me ordenó:

—Espera. Antes de ponerte en posición, desnúdate. Completamente. La ropa es un estorbo, y no la quiero en ti cuando juguemos.

Me estremecí. ¿Desnudarme delante de él, mientras me observaba con atención? Poseía un cuerpo bonito, no en balde me había estado cuidando durante toda la vida, pero la edad siempre se nota. Y nunca había recurrido a la cirugía para arreglarlo.

Pero él tenía que imaginárselo. Había llegado a conocerme muy bien, desde que empezó a trabajar para mí. Y si quería verme… que así fuera.

Desabroché el botón, deslicé la cremallera de la falda de tubo que llevaba, y la dejé caer al suelo. Ver el brillo de apreciación en sus ojos me dio valor para seguir. Me quité la blusa, que cayó sobre la falda. El sujetador fue detrás. Cuando fui a quitarme los zapatos para seguir con las medias, me detuvo.

—Déjatelos. Estás muy sexy tal y como estás ahora.

Me ruboricé, de pies a cabeza. ¡Hacía siglos que no me pasaba algo así! Ni siquiera sabía que pudiera ponerme roja como un tomate.

—Un color precioso, Abby —me aduló, sonriendo con picardía—, y tu trasero pronto acompañará al resto de tu cuerpo.

Me puse sobre sus rodillas tal y como me dijo. Apoyé las manos en el suelo para equilibrarme, mientras él pasaba una mano por mis nalgas.

—Tienes un culo precioso; estoy deseando follármelo. Pero no hoy. No podemos tenerlo todo de golpe, ¿verdad? Deberé ir dosificándome.

Aquellas palabras me estremecieron. ¿Qué hacía que este hombre consiguiera todo lo que no habían conseguido los que le habían precedido? Su voz, firme; y su porte, autoritario. Aquel Elliott no tenía nada que ver con mi ayudante personal; era como si fuesen dos personas distintas.

La primera nalgada me cogió desprevenida y grité. No fue fuerte, pero si contundente. Después me acarició para aliviar el picor.

—Esto es lo que pasa cuando eres mala, Abby.

Las siguientes, alternadas entre una nalga y la otra, fueron aumentando mi deseo. Al principio no; picaba y dolía, y empecé a preguntarme si esto era lo que realmente quería. Pero poco a poco, golpe tras golpe, caricia tras caricia, fui excitándome cada vez más. De vez en cuando, entre nalgada y nalgada, se entretenía en acariciarme también el coño. Metía la mano entre mis piernas y me penetraba con un dedo o dos. Cuando veía que el placer se enroscaba y que estaba a punto de estallar de nuevo, se detenía. Yo me mordía la lengua para no soltar alguna barbaridad.

—Eres una zorrita muy impaciente, Abby —dijo, y me gustó. ¡Me gustó que me insultara! Aquello provocó que mi deseo se disparara, y cuando volvió a meter la mano entre mis piernas, mi útero empezó a pulsar preparando un orgasmo arrollador que no llegó al final.

—Nada de eso, nena. No vas a correrte hasta que te lo diga.

No podía. Le supliqué, ¡yo jamás suplicaba!, pero lo hice entonces.

—Por favor, por favor, no puedo más…

Mis jadeos le hicieron reír, y me dio otro golpe en el culo.

—Nada de eso, nena. ¿Recuerdas? Haces lo que yo te diga, cuando yo te diga.

No sé cómo lo conseguí. Supongo que acabó teniendo compasión, porque después de veinte nalgadas, con sus consiguientes caricias provocadoras, yo ya estaba llorando de desesperación, me obligó a levantarme y a ponerme de cuatro patas en el suelo. Se posicionó detrás de mí y, sin previo aviso, me metió la polla de golpe, llenándome tanto que creí que iba a partirme por la mitad.

Me folló duro y rápido. En el despacho solo se oía el golpeteo de nuestras carnes cuando chocaban, y los jadeos que salían atropelladamente por nuestras bocas. De vez en cuando, Elliott dejaba ir alguna de sus frases que aún me ponían más cachonda.

—Joder, nena, tu coño está hambriento.

Y seguía martilleando sin parar, agarrado a mis nalgas, mientras mis pechos se balanceaban hacia adelante y atrás con cada empuje.

—Estás muy cachonda, eres como una perra en celo.

Y así me sentía, desesperada, más viva que nunca.

Me cogió del pelo y tiró de él, forzándome a incorporarme. Mis manos no tocaban el suelo y braceé, desesperada por encontrar algo donde agarrarme, pero Elliott deslizó el brazo por mi cintura para sostenerme, y me dejé ir, segura que no permitiría que me cayera.

—Tócate las tetas —me ordenó sin parar de follarme.

Me acaricié, y pellizqué los pezones. Él era como una máquina, como un martillo hidráulico que parecía no agotarse nunca. Quería correrme, pero intentaba aguantarme las ganas hasta que él me permitiera hacerlo, pensando en cosas que nada tenían que ver con lo que estaba haciendo: la factura de la luz, que aquel mes había subido más de lo normal; la discusión con Olvido, mi diseñadora principal, por los cambios que le había exigido para nuestra próxima colección; cosas por el estilo. Era difícil, casi imposible, y noté cómo el orgasmo se abalanzaba, arrollador.

—¡Córrete! —me gritó, y yo di gracias al cielo. Me dejé ir, grité como nunca antes, hasta que se me rompieron las cuerdas vocales. Convulsioné fuera de mí, mientras él me invadía con su semen, llenando mi vagina, chorreando por las piernas.

Caímos los dos al suelo. Él se dejó ir hacia un lado, llevándome con él, no permitiendo que me golpeara, arropándome entre sus brazos. Nuestras respiraciones parecían el sonido de una locomotora a vapor a punto de estallar.

—Esto ha sido brutal, nena —me dijo entre estertores.

Se levantó y me cogió en brazos. Yo no podía dar un paso, era como un guiñol al que le han quitado la mano, o una marioneta a la que le han cortado las cuerdas. Me dejó sobre el sofá, y me dio un beso en la frente.

—Ahora vuelvo.

Se alejó de mí, y yo fui incapaz de abrir los ojos para ver qué hacía. Oí la puerta del baño que había en mi misma oficina, y volvió al cabo de poco con una toalla húmeda, que pasó por mi entrepierna, limpiándome. Nunca un hombre se había preocupado por mí de esa manera después de haber tenido sexo, ni me había cuidado, y mucho menos, limpiado con ternura.

—¿Estás bien? —me preguntó poco después. Yo no pude contestar, solo asentir con la cabeza. Se echó a mi lado, y me rodeó con sus brazos y piernas, convirtiéndose en una manta para mí—. Duerme un rato —susurró, y me dio un beso en el pelo—. He subido la temperatura de la calefacción para que no cojas frío.

Yo volví a asentir, y me dejé llevar hacia el reino de Morfeo, segura que en sus brazos estaba a salvo de cualquier cosa.

Una hora después, desperté. A pesar de haberme dormido desnuda, y de no tener ninguna manta ni nada con lo que cubrirme, no tenía frío. Elliott seguía detrás de mí, tumbado en el sofá. Una de sus manos descansaba sobre uno de mis pechos. Jugaba con el pezón descuidadamente, y eso lanzó, otra vez, pulsaciones hacia mi coño. Estaba agotada, no me tenía en pie, y así y todo, volvía a entrar en la espiral de la excitación.

—¿Estás bien? —me preguntó cuando me vio abrir los ojos.

—Estupendamente —contesté, girándome para encararlo, y estirando mis brazos para desperezarme.

Me dio un beso en la frente y jugó durante un momento con un mechón de mi pelo.

—Me alegro. ¿Quieres ir a cenar?

Lo pensé durante un momento. Era tentador salir con él, tener una cena encantadora en algún lugar bonito, pero me recordé a mí misma que no quería que nadie supiera que estábamos liados. Nunca era bueno mantener una relación con un subordinado, pero si encima llegaba a saberse, los rumores podían destrozar una reputación de años. Si yo fuera un hombre, no habría problema, todos me felicitarían e incluso me estaría permitido vanagloriarme de ello y exhibirla como un trofeo. Pero en mi caso sería todo lo contrario. De los dos, yo era la que tenía más edad, y era la que estaba en la posición de poder, pues era su superior y dueña de la empresa en la que Elliott trabajaba. Todos dirían que estaba haciendo el ridículo.

—No, gracias. Prefiero irme a casa. —Me ayudó a levantarme y volvió a sentarse en el sofá, dispuesto a observarme mientras me vestía. Él ni siquiera había llegado a quitarse los pantalones del todo.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —le dije mientras me abrochaba la blusa. El asintió sin dejar de mirarme—. Cuando hace un rato entraste dispuesto a seducirme, ¿no pensaste que quizá podría despedirte?

—En ningún momento —contestó, seguro de sí mismo—. Sabía perfectamente que estabas deseando que te sedujera. Hace tiempo que lo sé. El olor de tu excitación me llegaba con claridad, siempre que estábamos cerca el uno del otro.

Creo que me atraganté. ¿Podía oler mi excitación? ¡Santo Dios! O tenía un olfato muy fino, o yo iba apestando por ahí sin darme ni cuenta…

—¿Cómo que podías olerme? —pregunte bastante alterada. Él se echó a reír; claramente, se estaba burlando de mí.

Se levantó y se aproximó. Se puso detrás de mí, y acercó sus labios a mi oreja. Me mordió el lóbulo y me estremecí. «No, por favor, —pensé—. Si empieza otra vez, nunca conseguiré llegar a casa».

—No te preocupes, nadie más se dio cuenta —susurró como si supiera qué era lo que había temido. Después se separó y caminó hacia la puerta—. Será mejor que me vaya para que los de recepción no nos vean salir juntos.

—Sí, mejor —contesté—. Te daré tiempo mientras intento recomponerme.

Cuando llegó a la puerta, se giró para mirarme durante un segundo. Me repasó con los ojos de arriba abajo y se llevó dos dedos a la frente, como si me saludara militarmente.

—Un placer, Abby. Hasta mañana.

No volvimos a follar en toda la semana. Elliott llegaba a las ocho en punto de la mañana, y a las cinco y minutos de la tarde, cuando se terminaba su horario laboral, entraba en mi despacho, me preguntaba si necesitaba algo más de él, y después se iba. Yo me debatía entre la rabia y la indecisión. ¿Me estaba evitando? ¿Se había arrepentido de nuestro contrato y no sabía cómo decírmelo? ¿Acaso se había burlado de mí? ¿O simplemente no le había gustado la experiencia conmigo, y había decidido no seguir adelante? Me moría de ganas de poder preguntarle, exigirle una respuesta, pero no me atrevía. Por un lado, temía la contestación que pudiera darme; por otro, yo había especificado que no podíamos hablar de nuestro acuerdo durante las horas laborales, y me negaba a no cumplir con ello. Así que pasé cuatro días, hasta que llegó el viernes por la tarde, completamente descompuesta.

Pero ese mismo viernes, contestó a todas las preguntas con una sola frase.

Entró con esa mirada en los ojos, entre divertida y provocativa, y me dejó un papel sobre la mesa, con una dirección e instrucciones.

—En una hora te quiero aquí —me dijo—, y si llegas tarde, atente a las consecuencias.

Y salió de mi despacho sin decir nada más.

Quería jugar, y yo también.

La dirección que me había dado era de un motel de mala muerte que había en las afueras de la ciudad. El exterior se veía cochambroso y falto de mantenimiento, y me pregunté si aquello era alguna especie de prueba. Le pagaba a Elliott un buen sueldo, sin contar las dietas y horas extras que me costaban un dineral cada mes; y sabía que tenía alquilado un apartamento en la parte norte de la ciudad, la zona más inn. ¿Y me traía a un hotelucho que, con toda seguridad, estaría infestado de cucarachas?

Me estaba poniendo a prueba, eso estaba claro.

Aparqué el coche en el parking y caminé decidida hacia la habitación que me había indicado en la nota. Iba vestida como me había especificado, y me sentía indefensa y vulnerable: solo llevaba encima una gabardina que me llegaba a las rodillas, unas medias de seda, y unos zapatos con tacones de aguja de diez centímetros. Nada más, y cuando digo «nada», me refiero a «nada». Me costaba caminar por el suelo de tierra, y tenía que ir dando pasitos con cuidado para no torcerme un tobillo. Cuando subí a la acera de madera, los tacones repiquetearon en las sombras que me rodeaban.

Todo estaba oscuro excepto por algunas lámparas que desprendían una luz amarillenta y sucia que a duras penas ahuyentaban la lobreguez del lugar. Temblé, supongo que tanto de miedo como de expectación por lo que podría encontrarme al cruzar la puerta ante la que me había detenido. Golpeé con los nudillos, y Elliott abrió.

Iba enfundado en unos pantalones de cuero apretados y una camiseta negra de manga corta, y en los pies calzaba unas botas militares. Estaba sexy, y parecía peligroso con su corte de pelo militar y su pose de tipo duro. Se apartó a un lado para dejarme entrar, y crucé el umbral.

—¿Por qué me has hecho venir hasta aquí? —le pregunté echando un vistazo a mi alrededor. La habitación era fea con ganas, con las paredes pintadas de un color verde sucio, y una cama de matrimonio que parecía tener más años que yo.

Él se puso detrás de mí después de cerrar la puerta y echar la llave, y me puso la mano en la nuca.

—No es de tu incumbencia —respondió, y su voz restalló como un látigo en mis oídos—. Dame la gabardina.

No dudé. Sabía a qué había venido, y no iba a empezar con remilgos a esas alturas. Me quité la prenda y quedé completamente desnuda ante él. Elliott la dejó sobre la cama y se paseó a mi alrededor, observándome con interés. Me recorría con la mirada, acariciándome sin tocarme. Sentí su calor, mis pezones se irguieron y mi sexo se humedeció, anhelante por sus caricias.

Se paró enfrente y dio un paso hacia adelante hasta quedarse a pocos centímetros de mí. Me acarició un pecho mirándome con fijeza a los ojos, valorando mi reacción. Suspiré sin poder remediarlo, y curvé la espalda mientras levantaba las manos para tocarlo.

—Manos quietas —me ordenó, y mis brazos volvieron con renuencia a su posición anterior, caídos a los lados de mi cuerpo. Quería tocarlo, acariciarlo, deslizar mis manos por debajo de esa camiseta que cubría los perfectos músculos que formaban su abdomen.

Cuando apartó su mano de mi pecho, lancé un gemido de desazón. Caminó hacia el otro lado de la cama y se puso en cuclillas a revolver en algo que yo no podía ver hasta sacar una cuerda de seda.

—Las manos a tu espalda.

Cada vez que me ordenaba algo, mis pezones se endurecían más y mi sexo goteaba. No tener que pensar era liberador, y verme en una situación en la que yo no tenía ni voz ni voto, me excitaba. Nunca me había imaginado que aquellas perversiones me harían sentir viva, y mucho menos a estas alturas de mi vida.

Elliott se colocó detrás de mí y se dispuso a atarme los brazos con minuciosa celeridad. No hablaba, solo podía sentir su respiración, segura y contenida. En cambio, yo respiraba con agitación con cada vuelta de cuerda que le daba a mis brazos.

Enrolló la cuerda desde las muñecas hasta los codos, asegurándose con creces que no podría desatarme ni siquiera accidentalmente. Después volvió a rebuscar en la bolsa que tenía tras la cama, y sacó una barra metálica con esposas de neopreno en cada extremo.

—Ábrete de piernas —me ordenó y se agachó detrás de mí.

Así que aquello era para mis tobillos, para impedir que pudiera cerrar las piernas. Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo mientras oía el ras, ras del velcro al cerrarse en torno a mis tobillos, fijando la barra espaciadora.

—Estás preciosa —susurró contra mi oído—. Otro día añadiremos más cosas, pero por hoy, bastará. No quiero asustarte el primer día, cariño.

Subió las manos por mis brazos, deteniéndose en los hombros, y me dirigió con cuidado para que no me tropezara, hasta ponerme a los pies de la cama.

—Inclínate.

Me doblé por la cintura hasta apoyar el rostro sobre la cama. Mi culo había quedado completamente en pompa, y con las piernas abiertas, mi sexo estaba bien visible.

—Una vista preciosa —susurró mientras pasaba las manos por mi espalda y se detenía en las nalgas—. Mmmm… tenemos todo el fin de semana para nosotros, y me encantaría acabarlo follando tu precioso culito —me dijo sin dejar de acariciarlo—, Pero antes…

La primera nalgada resonó por toda la habitación. Me cogió desprevenida y lancé un grito de dolor, pero me mordí los labios con rapidez. Después del dolor, llegó el calor que me recorrió toda la espalda y me erizó el vello y los pezones.

Me dio unas cuantas más, hasta que dejó mi culo bien rojo. El calor subía y bajaba por todo mi cuerpo, y mi instinto hacía que luchara contra las cuerdas para liberarme a pesar que en realidad no quería hacerlo. Gemía, y con cada bofetada que le daba a mi culo, el placer se agolpaba en mi sexo, hinchándolo y haciendo que goteara de deseo.

—Por favor… —gemí.

—Silencio —me ordenó—. Lo único que quiero que salga por esa boquita preciosa son los gemidos de rigor, ¿entendido?

Yo asentí con la cabeza y cerré la boca con decisión para impedirme hablar de nuevo. Él ordenaba, y yo obedecía.

Se arrodilló detrás de mi, y abrió mi sexo con los dedos. Sentí algo de vergüenza al saberlo allí, sintiendo sus ojos fijos en mis intimidades.

—Tienes el coño hinchado como una fresa —murmuró—. Estás chorreando y yo tengo mucha sed. Voy a saborear este coñito tan dulce.

Cuando la lengua tocó mi clítoris, me sacudí; empezó a lamerme mientras un escalofrío de placer me recorría todo el cuerpo. Me acariciaba con la lengua sobre el clítoris y la entrada de mi vagina, y después la introdujo en mi cuerpo, succionando y chupando como si fuese un dulce helado. Yo gemía y gruñía, maldiciendo por estar inmovilizada. Quería poder tocarlo, moverme, ¡no sé! hacer algo que aliviara la presión que sentía que se estaba gestando en mi útero. Pero cada vez que Elliott se percataba de mi inquietud, se separaba de mí durante unos segundos, el tiempo suficiente para que el orgasmo que se estaba construyendo, remitiera en lugar de explosionar. Yo quería maldecirlo por aquello, era como una tortura inmisericorde, haciéndome subir hasta la cima del monte más alto pero, a pocos metros de llegar a la cumbre, obligándome a bajar de nuevo hasta el valle…

—No vas a correrte aún —me anunció con sorna—. Tengo planeada una larga noche de sexo desenfrenado, nena, así que será mejor que te hagas a la idea.

Me depositó un beso en la parte baja de la espalda, y me dio un azote cuando lo maldije en voz alta por su falta de sensibilidad. ¡Quería correrme, y quería hacerlo ya! Nunca en mi vida me había excitado tan rápido con un hombre, pero Elliott conseguía volverme loca de deseo.

Cuando se separó, me tuve que morder la lengua para no gritar. Yo jadeaba, desesperada, mientras lo veía revolver otra vez en la maldita bolsa hasta sacar un anillo y un bote de lubricante. Se puso de frente a mí, arrodillado sobre la cama; se bajó los pantalones, y empezó a aplicarse un poco del lubricante sobre el pene, mirando mi reacción a aquella vista. Era como si se masturbara. Después deslizó el anillo por su verga hasta llegar a la base, y lo dejó allí, apretándolo. La polla era gruesa y ancha, y me moría por tenerla en mi interior. La ansiedad debió reflejarse en mi mirada y en mi lengua mojándome los labios, porque se rio, divertido, mientras me decía:

—Paciencia, Abby.

Se sentó sobre la cama y procedió a desnudarse. Se lo tomó con calma, mirándome de vez en cuando, como si quisiera calibrar mi grado de paciencia; y probablemente era lo que estaba haciendo.

Yo me mantuve quieta y callada. Lo único que se oía era mi respiración jadeante y el ruido de su ropa cuando caía al suelo. Cuando por fin estuvo completamente desnudo, suspiré de anticipación. ¿Iba a follarme ya? Porque no sabía cuánto más podría aguantar antes de dejar que mi instinto saliera a la superficie y empezara a exigirle que me follara hasta correrme.

Se movió sobre la cama hasta quedar sentado al lado de donde yo tenía apoyado el rostro. Me acarició el pelo mientras yo mantenía fija la mirada en su polla, erecta, majestuosa, adornada con aquel extraño anillo que la comprimía en su base.

—¿No sabes para qué es esto? —me preguntó. Había visto en mi mirada que no tenía ni idea—. ¿Con qué clase de hombres has follado hasta ahora, preciosa? —me preguntó con sorna. Me molestaba un poco cuando se ponía en ese plan, pero estaba segura que formaba parte del juego—. Esto hará que mi erección dure más tiempo y, por lo tanto, podré follarte más rato sin eyacular. Pero antes… —Me cogió por el pelo, tirando de él y obligándome a levantar la cabeza—, follaré tu boca.

Me posicionó sobre su enhiesta verga sin soltarme del pelo. Me dolía, pero al mismo tiempo los ramalazos de dolor se expandían por mi cuerpo y se transformaban en deseo cuando llegaban a mi coño. No entendía por qué el dolor me estaba excitando de aquella manera, pero lo hacía. Y quería más.

Se cogió la polla con una mano y la posicionó ante mi boca. Yo la abrí, impaciente por engullirlo, y me penetró. Con la mano que me agarraba, hacía que mi cabeza subiera y bajara sobre su verga.

—Eso es, chúpala —dijo.

Dejó ir un leve gemido y apretó más el agarre sobre mi pelo. Yo cerré los ojos y permití que dictara el ritmo. No me quedaba más remedio que hacerlo, porque en mi posición y estado, no tenía ni voz ni voto en aquello. Estaba completamente a su merced pero, curiosamente, no tenía ni un ápice de miedo o desconfianza.

—Tu boca es pura seda, pequeña —me dijo. Me la metía tan adentro que sentía su roce en la campanilla. Yo intentaba acariciarla con la lengua y relajaba los músculos de la garganta para permitirle que llegara todo lo adentro que quisiera. Tenía la polla muy gruesa y larga, y me costó un milagro conseguirlo.

Me acarició la mejilla y el mentón con la mano que tenía libre, para estimularme y tranquilizarme mientras se hundía en mi boca.

—Eres preciosa —murmuró mientras seguía empujando dentro de mi boca. Su sabor era muy masculino y embriagador—. Joder… —gimió cuando deslicé la lengua sobre la cabeza hinchada.

No tardó mucho en cambiar de posición. Volvió a dejar mi cabeza sobre la cama, y se levantó. Yo no podía ni respirar. Sentía los pulmones a punto de reventar, como si el oxigeno ya no fuera capaz de llegar allí.

De repente, sus dedos se hincaron sobre mi trasero. Giré la cabeza para poder verlo entre mis piernas. Estaba guiando la polla hacia mi coño. Restregó el glande por la entrada de mi vagina, arriba y abajo, para deslizarse entre mi humedad. Estaba asegurándose que yo estaba preparada. ¿Cómo podía dudarlo? Estaba más que eso, estaba necesitada con urgencia.

Quería gritarle, moverme hacia atrás para empalarme, maldecirle por estar jugando así conmigo, pero me contuve.

Cuando finalmente se introdujo en mí, lancé un rugido de triunfo. Me encantaba la sensación de estar llena, y cada uno de sus movimientos hacían que me estremeciera.

Elliott salió de mi cuerpo y volvió a entrar hacia adelante, con lentitud y mucha sensualidad, totalmente controlado. No podía comprender cómo podía yo estar desesperada y él mostrar tal fuerza de voluntad. ¿Acaso yo no conseguía hacer que perdiera esa capacidad? Quería que se perdiera, que se enterrara en mí con furia y ferocidad. Quería que se perdiera tanto en la experiencia como yo lo estaba haciendo, que no pensara en nada más que el increíble placer que estábamos sintiendo.

Intenté provocarlo, moviendo el culo, y el azote que me dio consiguió sorprenderme.

—Paciencia, princesa —me dijo con voz cálida y contenida. Parecía que estuviera hablando entre los dientes. ¿Podía ser que toda esa contención no fuera más que una fachada?—. Quiero que esto dure y que sea muy bueno para ambos, y no lo conseguiré si no dejas de moverte.

Sonreí. De repente, todas las dudas desaparecieron y me di cuenta que sí, que él estaba tan desesperado como yo, solo que tenía más experiencia en disimularlo.

Las manos de Elliott se apretaron sobre mi culo, y su cuerpo se tensó. Supe que estaba a punto de correrse. Se retiró hasta que el glande se quedó justo en la entrada, y después se enterró de nuevo con rapidez y pasión. Jadeé y temblé, me sacudí sin control. ¡Quería correrme! No podía aguantar más…

—Estoy cerca, cariño… —murmuró sin dejar de golpear mis nalgas con su pelvis—. Córrete, ¡ya!

No pude resistirme a la orden. Elliott me agarró los dos cachetes con fuerza mientras me embestía con decisión una y otra vez, cada vez más y más fuerte. Estaba llegando hasta lo más profundo de mí, y la fricción era tan deliciosa que todo empezó a dar vueltas a mi alrededor.

Cerré los ojos y me dejé ir tal y como me había ordenado. El éxtasis comenzó en la parte baja de mi vientre, golpeándome con brutalidad, arrollándome y extendiéndose como un río desbordado, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Una onda expansiva que se convirtió en una increíble explosión que me desintegró en minúsculos átomos y me repartió por el universo.

Yo no podía respirar, mientras Elliott ganaba intensidad y fuerza, golpeando los cachetes de mi culo con sus caderas. Cerré los ojos y me quedé quieta, completamente saciada, dejando que los temblores de mi orgasmo fueran desvaneciéndose mientras él seguía moviéndose detrás de mí.

Y entonces se tensó y se enterró bien hondo en mí, manteniéndose ahí mientras su cuerpo se retorcía y sacudía, presa de su propio orgasmo. Rugió como un león, con los dedos clavados en mi carne, estremeciéndose. Sentí los chorros calientes de semen en mi vagina, llenándome y desbordándose, resbalando por mis muslos.

—Maldita sea —exclamó cuando pudo recuperar el control de su cuerpo—. Quería que durara más, pero nena, eres tan jodidamente estrecha. Tu coño se ha aferrado a mi alrededor como un puño, y no he podido contenerme. —Salió de mí y me pasó la mano por la espalda, reconfortándome. Respiraba deprisa, agitado, haciendo un ruido ronco que me estremeció. Yo le había provocado esto, y hacía sentirme poderosa—. Descansaremos un rato —siguió, y empezó a desatarme los brazos con rapidez, para continuar con las restricciones de las piernas.

Cuando por fin estuve libre quise moverme, pero no pude. Él soltó una risita antes de cogerme en brazos con cuidado, y ponerme en la cama. Frotó mis brazos para ayudar a que el riego sanguíneo volviera a la normalidad. Me hormigueaban, pero no me importó lo más mínimo. Cerré los ojos y dejé que el sueño me venciera, segura que él cuidaría de mí.

Un par de horas después, me despertó el agradable aroma de las patatas fritas y la hamburguesa. Mi estómago gruñó, y oí la risa divertida de Elliott entre las brumas del sueño.

Abrí los ojos y lo vi sentado al borde de la cama, con dos bolsas del McDonald’s.

—¿Cómo…? —intenté preguntar.

—El dueño del motel ofrece cualquier servicio a cambio de una propina generosa —contestó antes que yo terminara.

Sonreí y me desperecé, feliz. Sabía que no me habría dejado sola en aquel lugar de mala muerte para ir en busca de comida, y me enterneció que trajera un par de hamburguesas de aquellas. No me permitía a mí misma ese tipo de comida casi nunca, y cuando lo hacía, después me sentía culpable por el exceso. No he sido nunca una adicta a las dietas, ni mucho menos, pero siempre procuro comer sano. En mi familia, los infartos de miocardio son algo demasiado habitual, y cuando cumplí los treinta decidí que iba a hacer lo posible por no engrosar esa lista.

—No puedo comer eso —le dije, haciéndome la remolona.

—Pues vas a hacerlo, Abby —me contestó fijando su mirada en mí—. Y no discutas.

Y ahí estaba. Ya no era responsabilidad mía el hacerlo, por lo que la culpa ya no se presentaría. Ahora lo culparía a él, y se ensanchó la sonrisa de mi cara al darme cuenta que lo había hecho a propósito. Él conocía de primera mano mis luchas cotidianas entre lo que me gustaba comer, y lo que me permitía. Creo que en aquel momento, lo adoré.

—Eres un peligro para mi salud —bromeé.

—Y tú lo eres para mi cordura —replicó, dándole un buen mordisco a su BigMac.

Cenamos con ganas. Me deleité con las patatas fritas, cerrando los ojos mientras las masticaba, paladeándolas. Oí la risita divertida de Elliott, y lo miré con los ojos entrecerrados, fingiéndome molesta, lo que lo hizo reír más hasta que yo acabé acompañándolo. Parecía que estuviera comiendo todo un manjar en lugar de una simple hamburguesa con patatas fritas.

Cuando terminamos, sacudimos las sábanas. Habíamos comido encima de la cama, y la habíamos llenado de migas. Cuando la tuvimos arreglada de nuevo, me miró y en sus ojos vi que estaba tramando algo. Me estremecí de anticipación. ¿Qué me tendría preparado?

Yo estaba de pie al lado de la cama, y se acercó a mi. Su cuerpo se movía como el de un felino, sigiloso, con movimientos fluidos. Me cogió la barbilla con dos dedos y me obligó a alzar la mirada hasta que nuestros ojos estuvieron fijos los unos en los otros.

—Es hora de la siguiente fase, nena.

Vi tal intensidad en su mirada, que tuve miedo. Tragué saliva y hablé sin pensar:

—Pero es tarde, debería irme ya a casa y…

—Nada de eso, nena. Este fin de semana es mío, y solo mío. ¿Comprendido?

—Pero tengo una cita familiar que…

—Nada de eso —me cortó, algo molesto—. ¿Recuerdas lo que me dijiste el día que empecé a trabajar para ti? «Si no está en mi agenda, no existe». Yo gestiono tu agenda y no hay ninguna reunión familiar este fin de semana.

Me había pillado. Había mentido descaradamente porque me surgieron dudas cuando vi su mirada intensa, o quizá lo que quería era provocarlo, o probar sus límites. Fue un intento algo absurdo.

—De rodillas, nena, a los pies de la cama.

Tragué saliva de nuevo y lo obedecí. Él se puso detrás de mí, y me empujó la espalda hacia adelante hasta que mi rostro y mi pecho estuvieron en contacto con la cama.

—Separa las piernas. —Lo hice, y noté cómo él se arrodillaba también—. Tienes un culo precioso —me dijo mientras me acariciaba.

Esperé que me azotara. ¿Quizá eso era lo que había estado buscando con mi pequeño intento de rebelión? Separó los cachetes y pasó un dedo por mi ano. Me estremecí. Que me tocara en aquel lugar era muy extraño.

—¿Has hecho sexo anal alguna vez? —me preguntó.

—No.

Eso pareció sorprenderlo, porque su dedo, que dibujaba pequeños círculos, se quedó inmóvil durante un segundo.

—¿Como puede ser eso? No eres del tipo de mujer remilgada a la hora de tener sexo.

—No sé… —contesté, pero lo cierto era que en aquel momento me dio vergüenza admitir la verdad. Parecía algo tan absurdo.

—No me mientas, Abby.

Su voz transmitía un filo de dureza, como si le molestara de verdad que yo intentara engañarlo, aunque fuera en algo tan nimio como aquello.

—Es que…

—Cuéntamelo, nena. —Su tono volvía a ser tierno—. Sabes que puedes contarme cualquier cosa. Confía en mí.

—Confío en ti —le dije, y en aquel momento me di cuenta que era cierto. Confiaba en Elliott. Tenía que hacerlo cuando nuestra relación era solo la de empresario y empleado, y después empecé a hacerlo con mi cuerpo cuando decidí que le permitiría introducirme en este mundo. Ahora me tocaba confiar en él también con mis temores, aunque fueran estúpidos—. Es una ridiculez —confesé—, pero es que… —tragué. ¡Tenía tanta vergüenza en aquel momento!—. El ano es algo sucio, Elliott. La función que tiene es la de…

—Entiendo. —No dejó que siguiera hablando porque lo había comprendido al momento. Acercó su boca a mi oído para susurrar—. Pero voy a contarte un secreto: cuando folle este culito tuyo tan sexy, lo disfrutarás de tal manera que querrás que te lo haga cada día. Se te olvidarán todos los miedos y las aprensiones, Abby; te lo prometo.

Me estremecí, porque le creí. Ya me había dado un placer inimaginable hasta aquel momento, y lo que me prometía era más placer. Iba a morir en aquella habitación de motel. Asentí con la cabeza, incapaz de hablar, embargada por una emoción intensa.

—Empecemos —dijo.

Alargó el brazo para alcanzar la bolsa que seguía en el suelo, aquella de la que anteriormente había sacado la cuerda de seda y las restricciones para mis piernas. Sacó un plug anal junto a una botella de lubricante.

Cerré los ojos e intenté relajarme. Sabía que era necesario para que mi ano no ejerciese demasiada resistencia a lo que Elliott iba a hacerme.

El primer contacto del gel fue frío. Lo extendió sobre y dentro de mi cavidad, introduciendo un dedo en su interior. Me morí de vergüenza al pensarlo, pero apreté el puño con fuerza, luchando contra aquella incomodidad emocional que no iba a llevarme a ningún lugar. Al cabo de poco, empezó a introducir el plug, muy lentamente, teniendo cuidado de no hacerme daño.

—Eres tan estrecha… —susurró Elliott—. Tu culito virgen va a volverme loco, nena.

Yo jadeaba. Sentir aquella presión en mi interior era algo extraño, pero no desagradable. Incómodo, sí, por lo menos al principio.

—Te acostumbrarás, Abby —me dijo cuando terminó, dándome una palmada en la nalga—. Y ahora, de pie. Antes me has mentido, y eso ha de tener un castigo.

Me levanté, pensando en qué me iba a hacer, imaginándome mil cosas placenteras; pero me sorprendió al poner una silla en la esquina de la habitación, cara a la pared, y ordenarme que me sentara allí, en silencio. ¿Sentarme cuando acababa de meterme un extraño objeto en el culo? Dirigí mis ojos hacia él, pero mi mirada no debió gustarle porque frunció el entrecejo y señaló la silla con el dedo en un gesto bastante parco. Parecía el típico profesor de la dictadura, como el que salía en Cuéntame. Caminé con renuencia, y me senté. La presión se multiplicó, pero permanecí quieta. ¿Cuánto tiempo me iba a tener allí, castigada como si fuese una niña pequeña? No me hizo ninguna gracia, pero lo aguanté.

Me pareció curioso que no me molestaran las nalgadas, algo que requería violencia, y que sí me ofendiera que me castigara cara a la pared. Elliott se movía a mi espalda, pero yo no veía qué hacía. Intenté mirar de reojo, girando un poco la cabeza, pero su voz me advirtió que ni se me ocurriera dejar de mirar la pared. Al cabo de unos segundos, oí la televisión. ¡El muy maldito estaba viendo la tele mientras yo estaba allí!

Resoplé, y el dejó ir una risa contenida al oírme.

—¿No te gusta tu castigo, nena? —me preguntó, sardónico—. Es bueno saberlo. Y espero que lo recuerdes la próxima vez que intentes mentirme.

Se dedicó a zapear durante un buen rato, cambiando de canal una y otra vez. Yo estaba segura que se aburría, y más teniéndome a mí allí, pudiendo volver a follarme como sabía que estaba deseando, pero su orgullo le impedía perdonar mi desobediencia. Sonreí. Pronto se cansaría.

Pero no lo hizo. El muy… encontró una película que le gustaba, y me tuvo a mí allí, castigada cara a la pared, durante las dos horas que duró. Cuando por fin la película terminó, Elliott apagó el televisor, y me ordenó que me metiera en la cama. «Ahora volverá a follarme», pensé, pero volví a equivocarme. Se acostó a mi lado, me atrajo a sus brazos para rodearme con ellos, me dio un beso en la frente, y me dio las buenas noches.

Me quedé abochornada. Yo tenía un calentón de mil demonios, un trasto metido en el culo que me hacía sentir incómoda, ¡y él me ordenaba dormir! ¿Cómo esperaba que lo consiguiera? ¿Y sin quitarme aquella cosa del culo? ¿En serio?

—Ah, —dijo con voz adormilada—, casi se me olvida. Mañana por la tarde saldremos. Estamos invitados a una fiesta en el club que frecuento. Vendrás como mi sumisa.

Yo abrí la boca para mandarlo a la mierda, pero me mordí la lengua a tiempo. No tenía ganas de volver al rincón del castigo, así que me obligué a aceptar su decisión e intenté dormir como pude. Que no fue mucho.

A las siete de la mañana me desperté con él encima, follándome. Había aprovechado mi sueño para estimularme y excitarme, y desperté jadeando al borde del orgasmo. Yo había mezclado realidad con sueño, y había estado soñando una cosa muy rara: me habían secuestrado y era la esclava sexual de un vikingo alto, rubio y muy fuerte, que me trataba como si fuera una mierda, pero yo bebía los vientos por él. Cuando abrí los ojos él me estaba violando otra vez, aunque no sé si «violar» es el término exacto ya que yo estaba más que dispuesta, aunque no me mostraba así. Había luchado con uñas y dientes hasta que él había conseguido someterme.

Estaba tan excitada con el sueño, que en cuanto abrí los ojos me corrí como una posesa, gritando y arañando la espalda de Elliott, totalmente fuera de mí. La sensación de su polla llenándome el coño, mientras el plug me llenaba el recto, había sido devastador. Por un momento pensé en qué se sentiría si me follaran dos hombres a la vez.

—Ah, mi princesa Caraboo —me susurró cuando, después del orgasmo que tuvo, se dejó caer a mi lado y me abrazó.

—¿Princesa Caraboo? —pregunté yo, extrañada.

—Sí, porque tienes a todo el mundo engañado, haciéndote pasar por lo que no eres, igual que ella.

—Yo no engaño a nadie —repliqué, molesta. Elliott soltó una risita que se enmarañó en mi pelo.

—Por supuesto que lo haces. Todo el mundo piensa que eres una mujer de negocios fría y calculadora, que controlas tu vida hasta las últimas consecuencias, no dejando nada al azar. Y en cambio, aquí estás, comportándote como una sumisa apasionada capaz de aceptar todo lo que tengo intención de darte, sin protestar, disfrutando de cada segundo, gritando de placer. ¿Eso no es engañar?

Lo pensé, y quizá sí tenía razón. Pero mi vida profesional nada tenía que ver con mi vida íntima, y necesitaba aquello que Elliott me estaba dando: unas vacaciones de mí misma, de mis responsabilidades y preocupaciones.

—Supongo que tienes razón —admití al final, y volví a dormirme, totalmente relajada, satisfecha y feliz.

La tarde de aquel sábado, tuve mi primera experiencia como sumisa en un club BDSM. Fue algo extraño, pero excitante.

Elliott me había proporcionado la vestimenta que consideró adecuada. No quería que me sintiera cohibida o expuesta, por lo que procuró que el vestido me cubriera decentemente sin dejar de ser sexy. Era de piel elástica, y se pegaba a mi cuerpo contorneando perfectamente mi figura; negro, corto hasta medio muslo, y con un corpiño que juntaba y alzaba mis pechos, que asomaban tímidos por un escote que no era escandaloso pero sí incentivador. Completaba el conjunto unas medias de encaje y unos zapatos de tacón de aguja, también negros, además de un collar de sumisa que, me dijo, mantendría alejados a los doms que estuvieran a la caza de subs sin Amo.

Me cubrió el rostro con una máscara que me tapaba media cabeza y que dejaba solo a la vista la parte baja de mi rostro.

—Mírate —me dijo, poniéndome ante el espejo del baño—. Nadie te reconocería.

Me miré, y me sentí un poco ridícula. Me reí, aunque intenté no hacerlo.

—¿En serio me obligarás a salir así a la calle? —le pregunté con humor.

—Por supuesto que no —masculló, quitándomela y guardándosela en el bolsillo de su cazadora—. Te la pondrás en el coche, en el aparcamiento, antes de entrar en el local. Y no es discutible.

—No pensaba discutir, Elliott —le susurré colgándome de su cuello y estampando un beso en sus labios.

—No provoques —replicó con una sonrisa torcida, mientras su mano se deslizaba por mi muslo hasta llegar a mi trasero. No llevaba bragas, tal y como él quería. Me acarició y en sus ojos vi que el fulgor de la pasión se encendía—. Será mejor que nos vayamos —dijo apartándose de mí—, o te tumbaré sobre la cama y te follaré ese culito después de azotarte por traviesa.

Nunca había estado en un local como aquel. Desde fuera no podía adivinarse qué se escondía detrás de la puerta de doble batiente, de madera de nogal, cristal opaco, y enrejado negro. No había ninguna indicación, ni rótulo o cartel. Parecía una puerta cualquiera de un edificio cualquiera.

Elliott picó en el timbre y salió a abrir un hombre vestido con un traje negro, de solapas estrechas. Parecía un agente de la película Men in Black y casi me dio la risa tonta. Nos miró; primero a mí, de arriba abajo, evaluándome bien, y después a Elliott, que había fruncido el ceño al ver en el rostro del portero el interés que yo había despertado en él.

—Hola, Elliott —dijo al fin—. Adelante.

Se apartó para dejarnos pasar. El vestíbulo era como un pequeño despacho decorado en tonos oscuros y dorados. Había un escritorio con varios impresos encima. Elliott cogió uno y me lo tendió.

—Tienes que rellenarlo, y firmarlo para poder entrar. Es una declaración que eres mayor de edad y que acudes aquí libremente como mi invitada. Yo también firmaré.

—¿En serio? —le pregunté, sorprendida. Él me miró y alzó una ceja.

—Cariño, aquí no se viene a jugar al mus.

Me reí, no pude evitarlo. Nos imaginé a ambos sentados en una mesa, desnudos, jugando a cartas. Mmmm podría ser interesante, ¿verdad?

Rellené el papel con mis datos y firmé bajo la atenta mirada del portero. Elliott firmó también, y entonces nos dejó pasar.

Fue como pisar otro mundo.

El local era muy amplio, con diferentes ambientes. Solo entrar te encontrabas con una barra en la que había varios camareros, de ambos sexos, sirviendo las bebidas, y era la zona más iluminada. Un poco más allá el local se abría en abanico. En el centro, varias zonas de butacas colocadas en círculo daban la impresión de ser más reservadas, separadas entre sí por una barrera de helechos que colgaban del techo, y rodeaban una pequeña pista de baile que en ese momento estaba ocupada por tres parejas. En los laterales, había diferentes escenarios con algunos aparatos que ya había visto durante mi investigación del mundo BDSM y que parecían sacados de un catálogo de torturas medievales, y otros que ni siquiera sabía qué eran.

No había mucha gente, y la mayoría de ojos se dirigieron hacia mí en cuanto puse un pie en el interior. Elliott, que me llevaba cogida de la mano, me la apretó levemente para darme confort y tranquilidad.

—No te preocupes, preciosa —me dijo susurrándome en el oído—. Hoy solo venimos a mirar… a no ser que tú misma te animes a probar algo, ¿de acuerdo?

Yo asentí con la cabeza, aliviada. Todo aquello parecía que iba a superarme de un momento a otro, pero saber que él no iba a exigirme nada aquella noche, me tranquilizó y me ayudó a mirar con creciente curiosidad sin sentirme presionada.

Observé a las tres parejas que estaban bailando. Una de ellas me llamó poderosamente la atención porque la chica llevaba, alrededor de su cuello, un collar del que pendía una cadena que estaba sujeta con firmeza en la mano del hombre. Solo vestía una minifalda tan mini, que parecía más un cinturón ancho que dejaba a la vista la mitad de sus nalgas y su depilado coño. En lugar de un top, llevaba unas pinzas para pezones que apretaban concienzudamente, y estaban unidas entre sí por una fina cadena dorada que brillaba con cada giro de ella. Él lucía una poderosa erección que con los pantalones apretados que llevaba, debía constreñir dolorosamente.

Elliott me ofreció el brazo como un caballero, y me agarré a él. Caminamos por allí, paseando entre las mesas. Él lanzaba un saludo de vez en cuando, alzando una mano, o con un cabeceo de reconocimiento, mientras mis ojos iban de un escenario a otro. En uno había una mujer desnuda atada a una cruz de san Andrés, y miraba provocativamente a un hombre que estaba ante ella y que jugueteaba con unas cosas metálicas que no pude ver qué eran. Me excité, y la caricia del aire fresco contra mis partes, privadas de ropa interior, fue desconcertante.

En otro había una chica a la que le habían dejado los pechos al aire. Estaba colgada del techo por unas cadenas, y su Amo estaba azotándole las tetas con un látigo mientras ella gemía de placer. El resto aún estaban vacíos, supuse que a causa de la temprana hora. ¿Se iba a llenar más tarde?

—¿Qué te parece todo esto? —me preguntó Elliott. Yo me estremecí ante su voz ruda y masculina.

—Excitante —contesté sin dudarlo.

—¿Quieres probar algo?

Lo miré. Estaba claro que él sí tenía ganas de hacerlo. Sonreí, pícara, sabiéndome quién mandaba por una vez. Él entrecerró los ojos, probablemente adivinando mis pensamientos.

—Aún no lo sé —contesté, fingiendo inocencia.

—Sentémonos un rato.

Se sentó en uno de los divanes del centro y me arrastró con él cogiéndome por la cintura. Caí sobre sus rodillas, sentada. Intenté moverme hacia un lado, pero me lo impidió.

—Aquí estás muy bien —me dijo, acariciándome la pierna—. A mi alcance, nena.

Su mano fue subiendo poco a poco sin que dejara de mirarme a los ojos. Yo me perdí en ellos y en aquella lenta caricia que iba erizándome el vello y provocando en mí una excitación que empezó a ser evidente en la humedad que me impregnó la entrepierna. Moví el trasero y junté las piernas, intentando aliviarla, y Elliott soltó una pequeña carcajada.

—Pequeña viciosilla —me susurró acercando su boca a mi oído—. Estás cachonda, nena.

Yo gruñí, en parte porque tenía razón, en parte porque me molestó que la tuviera. Me conocía mejor que yo a mí misma.

Hasta aquel momento, lo único que había habido entre nosotros había sido en la privacidad de mi despacho una semana atrás, y entre las cuatro paredes de la habitación de un motel la noche anterior. Sin testigos. Sin nadie más a nuestro alrededor. Estaba claro que él quería experimentar hasta dónde estaba yo dispuesta a llegar en este mundo, poniéndome a prueba para saber qué me excitaba y qué no. Y estar allí, delante de toda aquella gente, excitándome con las escenas que estaban ocurriendo ante mis ojos, me estaba poniendo a mil por hora. Era como el pez que se come la cola, y estaba a punto de tener un orgasmo sin que nadie me tocara… hasta que me tocó.

Elliott pasó la frontera de la falda, internando su mano hacia mi sexo, y con un leve empujó de su palma, me incitó a abrirme más de piernas y me acarició. Yo me agarré a sus hombros y me mordí los labios para ahogar un gemido. Me metió un dedo, después dos, mientras con el pulgar empezó a torturarme el clítoris con intensidad. Agaché la cabeza hasta que escondí el rostro en su hombro y le mordí con fiereza cuando el orgasmo me asaltó, atravesándome con velocidad, haciendo que todo mi cuerpo se sacudiera con violencia.

La risa satisfecha de Elliott llegó hasta mis oídos, dominando cualquier otro sonido, incluso la música que estaba sonando en los altavoces y que hacía que las parejas que aún estaban en la pista, siguieran bailando ajenas a cualquier otra cosa.

A medianoche el local estaba lleno a rebosar. Nunca me hubiese imaginado que el BDSM pudiese mover a tanta gente, pero así era. La mayoría de los Dom eran hombres, pero también había bastantes mujeres que se veía claramente que lo eran, y no solo porque llevaban a sus subs masculinos caminado detrás de ellas en actitud sumisa; se veía en la manera que tenían de caminar y de moverse por allí, en sus miradas, sus gestos y su manera de hablar. Irradiaban la misma fuerza que emanaba de mí cuando estaba en mi trabajo. Y eso hizo que me preguntara…

—Elliott, ¿por qué no eres más duro conmigo?

Él se sorprendió ante mi pregunta. Alzó una ceja y creo que durante unos segundos estuvo considerando qué respuesta darme.

—No estoy seguro que estés preparada para ser una sub tipo esclava, Abby.

Entiendo que fue sincero en su contestación porque realmente pensaba eso, y quizá tenía razón en aquel momento, pero yo quería ir más allá. Me estaba dando cuenta que a pesar de la excitación que sentía, era consciente que en realidad, de alguna absurda forma, yo era quién estaba al mando, y que él solo lo tomaba cuando yo se lo permitía. ¿Quizá era a consecuencia de nuestra relación laboral? Nadie quiere arriesgarse a enfurecer a aquella persona que firma los cheques de su sueldo, y Elliott, a pesar de ser un hombre dominante, no era tonto.

«Esto no funcionará durante mucho tiempo», pensé agriamente.

—¿Por qué frunces el ceño? —me preguntó. Se había dado cuenta que mi mente no vagaba por paisajes placenteros. Sonreí y le mordí el lóbulo de la oreja para disimular y no contestar a su pregunta—. No te escabullas, nena —me riño—, o tendré que castigarte.

Eso hizo que me estremeciera. Quería provocarle, que no fuera tan blando conmigo. La noche anterior había sido intensa, sí, pero vislumbraba que podía serlo mucho más si conseguía que él actuara completamente como lo que era: un Amo.

—Eres una maldita lianta —se rio. Se había dado cuenta de mi juego—. ¿Quieres que te castigue, nena? ¿Es eso? Muy bien.

Ahí estaba. Yo era la que tomaba las decisiones y lo llevaba a él por donde quería. Era extraño que con solo unas horas yo sintiese que necesitaba mucho más de lo que Elliott me estaba ofreciendo, y aquello me disgustó. A duras penas había dado mis primeros pasos en aquel mundo extraño y perverso… y quería más, mucho más.

Elliott me llevó de la mano, atravesando una parte del local, hasta que se encontró con alguien que parecía el gerente o algo por el estilo. Le habló al oído un momento sin que yo pudiese entender qué le decía. El otro hombre asintió y le hizo un gesto con la mano para que le siguiésemos. En aquel momento, empecé a dudar sobre mi decisión de provocarlo.

Volvimos a atravesar el local hasta llegar a uno de los escenarios que estaba vacío. Cruzamos la cinta de seda que lo rodeaba, que servía para indicar a los mirones hasta dónde podían acercarse, y subimos. Yo fui reticente, maldiciéndome por mis cavilaciones absurdas.

Sobre el escenario había un aparato de madera alisada, sin aristas ni esquinas. Tenía la forma de un caballete de carpintero, con cuatro patas en forma de V, un par a cada extremo, y un listón grueso y suave que las unía, y que estaba recubierto de cuero acolchado. La altura de las patas era regulable, e intuí inmediatamente qué pensaba hacer conmigo y me estremecí. Me empujó con suavidad hasta que me puso de espaldas al aparato, con mi trasero rozándolo, casi apoyándose sobre el listón grueso.

—Es tu última oportunidad para decirme en qué estabas pensando, nena —me avisó, pero yo me emperré en mi silencio. ¿Cómo le decía que estaba pensando que no era un Amo lo suficientemente duro? No le gustaría oírlo—. Muy bien. Yo te lo diré.

Se aproximó a mí hasta que su cuerpo se pegó al mío. Sus ojos brillaron con conocimiento, taladrándome con la mirada. ¿Qué pretendía? ¿Que creyese que me había leído el pensamiento? Eso era absurdo. Le devolví la mirada, y lo reté en silencio. En respuesta a mi mudo desafío, acercó su boca a mi oído, y siguió hablando:

—Lo sé, nena. Crees que no estoy siendo lo suficientemente duro contigo; que tengo miedo a que me despidas y que por eso, estoy siendo blando. —Me sorprendí. ¿Cómo podía saberlo? A él se le escapó una risa entre dientes, suave—. Para mí, eres como un libro abierto, Abby. Estás tan convencida que siempre tienes el control, que cuando ya no lo tienes, insistes en engañarte a ti misma. Crees que te someto porque tú me lo permites… y en parte es así, pero no de la manera que tú piensas. —Se calló durante un instante, que aprovechó para apartar su boca de mi oído e inclinó con levedad su cabeza hacia atrás para poder mirarme a los ojos—. ¿Qué pasaría si te ordenara que te quitaras la máscara?

—No te… —«atreverías», quise decir, pero su risa satisfecha me interrumpió.

—Estás equivocada. Por supuesto que me atrevería. Porque a pesar que me da igual, lo cierto es que tú no te atreverías a despedirme. —Se calló, y me miró con profundidad—. No confías en mí, nena. No de verdad. Por eso no te atreverías a despedirme, pensando que quizá podría utilizar lo que hemos vivido estos días para chantajearte, o algo peor. Por eso incluiste la cláusula que estipula que nada de fotos ni grabaciones.

Tragué saliva. No confiaba en él, no en lo que era realmente importante, y me pareció ver en sus ojos que eso le producía dolor.

—Lo siento —murmuré, bajando la mirada. Levantó una mano y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Soy yo quién lo siente —contestó, y aquello me encogió el estómago porque me sonó a despedida—. Vámonos, te llevaré a tu casa.

No repliqué. Abandoné el local caminando tras él, compungida. Estaba triste y enfadada conmigo misma, por no ser capaz de entregar mi confianza de la manera que él necesitaba, y yo también. Quería liberarme de mis responsabilidades, por lo menos durante nuestros encuentros, poder ser libre para sentir sin pensar ni temer las consecuencias, pero ahí estaba siempre el miedo que me impedía conseguirlo. Durante unas horas había creído que lo estaba consiguiendo, pero no había sido así.

—¿Por qué no temes que te despida? —le pregunté cuando puso el coche en marcha, mientras me quitaba la máscara.

—Tengo varias ofertas de otras empresas, Abby. Las estaba considerando porque pensé que si nuestra relación iba a más, sería conveniente que dejáramos de trabajar juntos. —Me sentí angustiada. Él había tenido en cuenta la posibilidad que llegáramos a algo más que una mera relación sexual de conveniencia, y yo ni siquiera lo había considerado—. Pero hoy me he dado cuenta que eso es imposible. Tienes razón en algo, Abby. Yo no soy el Amo que tú necesitas.

—¡No, Elliott, eso no es cierto! —exclamé girándome hacia él todo lo que el cinturón de seguridad me permitió—. Solo necesito tiempo para deshacerme de los recelos que comportan la posición que ocupo. Sabes bien que dirigir una empresa como la mía no es fácil, que mucha gente ha intentado ponerme la zancadilla, y eso me ha hecho ser desconfiada por naturaleza.

—Lo sé, y precisamente por eso estoy convencido que nunca lo conseguirás… a no ser que te encuentres en una situación completamente diferente. Para olvidarte de esa desconfianza, has de estar en una posición en que no tengas nada que perder. Y eso no ocurrirá nunca. No aquí. No ahora.

—Pero puedo intentarlo…

Estaba desesperada. Me encontraba muy a gusto con Elliott. Tenerlo como ayudante personal había supuesto para mí poder quitar de mis espaldas muchas responsabilidades que pasó a ocupar él, y tenerlo como amante podría llegar a ser algo muy bueno para ambos si me daba la oportunidad.

—No, Abby —contestó—. Lo siento.

Llegamos a mi casa y bajé del coche en silencio. Le dije adiós pero no me contestó. Pensé que no iba a volver a verle, que el lunes encontraría en mi mesa su carta de renuncia, y eso me torturó.

Me pasé todo el domingo pensando sobre lo que me había dicho y, desgraciadamente, llegué a la conclusión que él tenía razón. Pero, ¿cómo podía olvidarme de todo? Encaje y seda era mi vida. La había construido de la nada, con esfuerzo y tesón, cuando nadie apostaba por mí y todo el mundo me decía que me estrellaría. Conseguí mis objetivos y convertí una pequeña tienda de lencería, en una cadena que se había expandido por medio mundo, y que tenía sus propias líneas de moda en ropa interior; y mantenerla me suponía enfrentarme tenazmente a competidores capaces de usar cualquier método para lograr vencerme.

Por la noche, cuando me acosté en mi vacía cama, me di cuenta que me era imposible hacer que ambos mundos, el de los negocios y el del BDSM, pudieran convivir en mi vida. Debía abandonar uno de los dos, y no pensaba renunciar al sueño de mi vida: Encaje y seda.

Fue una noche muy triste y dolorosa.

Pero el lunes, Elliott me esperaba en el despacho con una sorpresa: una invitación a un lugar en el que, me dijo con una de sus encantadoras sonrisas, quizá podría encontrar la respuesta a mis necesidades.

Por eso estoy ahora aquí, ante las puertas de un lugar llamado Pleasures Manor, mirando a los ojos de un hombre que se hace llamar El Maestro de las puertas

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