Malos presagios

Capítulo uno

Que tropieces con tus propios pies y te caigas por la puerta del tren justo cuando acabas de llegar a la que será tu nueva ciudad, es un mal presagio. Que justo cuando estás convencida de que te estamparás contra el suelo y te romperás todos y cada uno de los dientes que forman tu perfecta dentadura, te agarren unos brazos duros como el hierro y nunca llegues a estrellarte contra el hormigón, es tener una suerte tremenda.
—Hola, preciosa.
La «preciosa» soy yo, Daniela Vivancos, para servir a Dios y a usted, como decía mi abuela. El que habla es un morenazo de ojos claros y tez curtida por el sol, el mismo que ha evitado que me caiga de morros al suelo como una mala caricatura del Papa ese que iba besando suelos cada vez que bajaba del avión.


—Hola —contesto. Creo que hasta estoy bizqueando y me falta algo de aire de lo fuerte que el muchacho me está agarrando. Pongo las manos en sus bíceps y sonrío—. Gracias.
—Las gracias debería dártelas yo a ti. Esta es una buena manera de empezar la mañana.
Quizá para él haya sido una buena manera, pero para mí ha sido espantosa. La maleta que llevaba en la mano se ha ido volando y tengo miedo de que alguien se aproveche y me la robe, pero el tío parece que no tiene muchas ganas de soltarme.
—Pues me alegro de haberte hecho el favor. Ahora, ¿podrías soltarme, si eres tan amable?
—Por supuesto. —Me suelta pero sin dejar de sonreír—. Me llamo Alonso. Bienvenida a Esquelles.
Esquelles es la ciudad a la que he venido a estudiar. Está en la costa del Mediterráneo, a pocos quilómetros de Barcelona, y posee, por extraño que parezca, una de las mejores academias de cine privadas que hay en España. Llevo seis largos años trabajando como una burra y ahorrando hasta el último céntimo, para poder venir aquí para hacer el curso especializado en dirección y realización. Trabajando al mismo tiempo que estudiaba el grado universitario en cinematografía y artes visuales.
—Gracias, Alonso. Yo soy Daniela.
—Dani, un nombre precioso.
Me doy cuenta de que el tío es un ligón. Es evidente por su desparpajo y por la sonrisa que me dedica, toda dientes blancos. Solo le falta que el sol incida en ellos y acabe deslumbrándome con el brillo.
Llevo casi toda la noche de viaje, y no estoy para muchas monsergas; además, odio que me llamen Dani, aunque no es momento para ponerme a gruñir por eso.
—Gracias, otra vez. ¿Todos los hombres de Esquelles son tan amables como tú con las recién llegadas?
Pretendo ser sarcástica, pero, o el muchacho no se ha enterado, o se está haciendo el loco, porque acaba de estallar en carcajadas. Genial. Y yo que pensaba que éramos las tías las que teníamos que reírnos de las bobadas que decían ellos. Parece que aquí la cosa va al revés.
—La gente de este pueblo suele ser muy acogedora, sí. —Me mira de arriba abajo y eso me está poniendo nerviosa—. Sobre todo con las chicas guapas como tú.
—Es bueno saberlo. ¿Y los hombres sois muy babosos? Lo digo para llevar encima una buena cantidad de kleenex.
Vuelve a reírse a carcajadas. Parece que todo lo que tiene de guapo, lo tiene de tonto. Qué desperdicio. Aunque no debería extrañarme ya que parece el típico tío que se pasa el día en el gimnasio machacándose con las máquinas. Seguro que se mete esteroides y mierdas de esas. Lástima. Dicen que esas cosas provocan impotencia, ¿verdad?
—Es una pena que tenga que irme —me dice—, porque me encantaría seguir hablando contigo. —Se sube al tren de un salto, justo cuando las puertas están empezando a cerrarse, y me dice adiós con la mano—. Espero que volvamos a vernos.
Vaya manera de empezar mi residencia en Esquelles.
Le saco la lengua y me giro para ir en busca de mi maleta. Por suerte, parece que aquí no es como en otros lugares, donde los ladrones están al acecho en las estaciones y en cuanto te descuidas, te roban hasta las bragas que llevas puestas, porque mi maleta sigue en el suelo.
Tampoco es que haya gente caballerosa, porque tengo que cogerla por mí misma sin ayuda de nadie, y pesa como un muerto. No es extraño, llevo aquí dentro media vida; la otra media la he dejado en Madrid, en casa de mis padres.
Salgo de la estación atravesando el edificio antiguo donde están las taquillas y las máquinas expendedoras de billetes, y bajo unos escalones que parecen una trampa mortal. Estoy a punto de caerme otra vez por culpa de la dichosa maleta. Me cuesta Dios y su madre poder bajarla por esos cuatro malditos escalones, pero por fin lo consigo y atravieso la calle directa hacia la parada de taxis.
Llevo la dirección de mi nueva casa apuntada en un papel que he guardado en el bolsillo de la chaqueta. Es un piso compartido que encontré por internet, y mientras el taxi me lleva hacia allí, voy rezando todo lo que sé, y lo que no sé me lo invento, para que no sea una leonera o algo peor.
Por suerte, el taxista no es de los que hablan hasta por los codos. Creo que está un poco mosqueado conmigo por el pedazo de maletón que llevo. Le ha costado lo suyo meterla en el maletero, al pobre. Y si meterla ha sido difícil, ya veremos cómo la sacamos.
Tanto pensar en meter y sacar, sacar y meter… se me ha venido a la mente el rostro de Alonso.
Lástima que me haya parecido tan capullo, porque guapote lo es un rato, del tipo que a mí me gustan: un palmo más alto que yo, bíceps bien potentes, delgado pero musculoso, mandíbula cuadrada y pelo ensortijado. Ojos verde esmeralda y el pelo castaño oscuro. Y por lo que intuí cuando me atrapó entre sus brazos, lo que guarda debajo de la bragueta no tiene desperdicio.
Por la Virgen del abrigo de pana. Creo que hace demasiado tiempo que estoy sin follamigo.
Tendré que ponerle remedio a eso muy pronto.

El piso es más grande de lo que esperaba. Cinco habitaciones, dos baños, una terraza jardín con césped artificial y que da a la calle, y una valla bastante alta rodeándola. Calle Águeda número 18, bajos segunda. Ahí es donde voy a vivir durante los nueve meses que dura este curso.
Nuria es quién me recibe. Hablé con ella por teléfono hace un par de meses, cuando me notificaron que me habían admitido para el curso, y ya me pareció una tía legal. Es muy hippie, de esas que van vestidas con faldas enormes llenas de flores, camisas campesinas y botas camperas. Jovial y agradable, lleva el pelo recogido en una trenza muy gruesa, y es de un color rojo tan intenso que casi parece anti natural. Pensaría que es teñido si no fuese porque tiene el rostro salpicado de pecas.
—Ya creíamos que no íbamos a encontrar a nadie de nuestro gusto cuando tú llamaste —me dice mientras me enseña el cuarto que voy a ocupar.
Tiene una cama individual, un armario y una mesita de noche, todo de madera rústica. Las paredes están pintadas de blanco inmaculado. Sobre el cabezal de la cama, hay una pequeña estantería vacía.
—El resto no vendrán hasta la hora de comer, así que tendrás tiempo de instalarte antes de que te asalten a lo bestia con mil preguntas. Aquí delante tienes el baño que compartirás con Susana. El lado izquierdo del armario es el tuyo, para que pongas tus cosas. Si quieres ducharte y descansar un rato, no te prives. Yo tengo que irme a trabajar. Estas son tus llaves. Bienvenida a tu nuevo hogar.
Me da dos besos sonoros en la mejilla, y se va, dejándome sola y muda en mitad de mi nueva habitación. ¿Todo el mundo aquí es tan confiado? Anda que, si yo fuera una ladrona, podría desvalijarles el piso con toda la tranquilidad del mundo. Menos mal que no lo soy.
Pero lo que sí soy, es muy cotilla.
No puedo resistir la tentación, y antes de ponerme a deshacer la maleta, he de recorrer todo el piso y curiosear un poco.
Empiezo por el salón comedor, que está al principio. Es amplio y soleado, con unas puertas francesas que dan a la terraza jardín. Tiene muebles del Ikea de color pino, y un sofá de tres plazas rojo sangre. A cada lado, un sillón a juego. Una televisión moderna, de esas súper planas, lo preside todo. A un lado, pegada a la pared, hay una mesa cuadrada con cuatro sillas a su alrededor. Las paredes no son blancas como en mi dormitorio. Aquí son dos de color verde, y dos de color naranja, enfrentadas unas con las otras.
Al lado del comedor está la cocina. No es muy grande, pero está bien equipada. De repente, me doy cuenta de que tengo mucha sed, así que cojo un vaso y abro el grifo. En cuanto pruebo el agua, tengo que escupirla. ¡Dios, qué asco! Sabe a rayos y a cloro. ¿Qué beberán? Entonces veo, a un lado, una garrafa de plástico llena de agua. Vale. Agua embotellada. Me sirvo un vaso y bebo con muchas ganas.
Lo siguiente que me encuentro, es un dormitorio como el mío de grande, pero este no está desnudo solo con los muebles. Las paredes están llenas de pósters de gente vestida de cuero, sacando la lengua, y haciendo los cuernos con los dedos. Hay una mesa escritorio llena de libros, papeles, un portátil; y mucha ropa tirada por el suelo.
Me da miedo pasar de la puerta, así que cierro y voy a la siguiente.
Ya lo sé. Lo que estoy haciendo no está bien, pero, ¡coño! ¿os parece normal que acabe de llegar y me dejen sola, sin ni siquiera enseñarme la casa? ¡Qué menos! Así que me la enseño a mí misma.
La siguiente puerta es otro baño, y la otra, un dormitorio. Este debe ser el de Nuria, seguro. Está pintado en tonos pastel, y tiene un enorme atrapa sueños colgado de la lámpara del techo. Está recogido y ordenado, y en las paredes hay un par de cuadros new age muy chulos.
Cuando estoy a punto de entrar en el tercer dormitorio, oigo abrirse la puerta de la calle. Al principio me asusto, porque según Nuria, no debería llegar nadie hasta la tarde, por lo que me quedo quieta como una estatua en mitad del pasillo. Si es un ladrón, ¿qué coño hago? Aunque los ladrones no tienen llaves de la puerta…
Me asomo y veo a una chica. Ha entrado en el comedor y está rebuscando algo en un cajón.
—¿Hola? —digo desde el pasillo, sin atreverme a acercarme. La chica se sobresalta y se gira hacia mí.
Va vestida bastante normal, con un pantalón vaquero, zapatillas y una camiseta roja de manga corta. Estamos a finales de septiembre y todavía hace una calor que espanta.
—¡Hola! —exclama con una gran sonrisa—. Tú debes ser Daniela, la nueva, ¿no? —Se acerca a mí con una mano extendida. Yo se la acepto y la sacudimos—. Soy Paula. Espero que Nuria te haya enseñado cuál es tu cuarto.
—Sí, sí, lo ha hecho.
—Menos mal. La pobre tiene una memoria un tanto peculiar. Bueno, como es toda ella. —Se echa a reír y me coge del brazo para arrastrarme hasta la cocina—. ¿Has desayunado? Porque yo no, y tengo un hambre que me muero.
Son las doce del mediodía, y mi desayuno hace horas que se cayó a mis pies. Mi estómago, que hasta aquel momento no había dicho ni mú, empieza a protestar ruidosamente. Me siento tan avergonzada que me pongo roja como un tomate de la huerta murciana, igualita a mi madre cuando le dan los sofocos de la menopausia.
Hablando de mi madre. Todavía no la he llamado y estará muerta de preocupación.
—No digas nada, está claro que tienes hambre. ¿Hacen unos cereales?
Saca una caja de Kellogs de la alacena, dos cuencos de plástico, una botella de leche, y lo pone todo sobre la pequeña mesa de la cocina que hay pegada a la pared. Me siento allí, agradecida de que alguien tenga la amabilidad de darme algo con que llenar la tripa. Sé que después tendré que buscar alguna tienda para comprar comida. Compartir piso no significa que pueda andar robando la comida de las demás. Cada una se compra y se paga lo suyo, y se tiene que respetar si se quiere tener una convivencia en paz y armonía.
Paula sirve los cereales y me pone delante el bol y una cuchara. Se llena el suyo de leche y me pasa la botella. La imito y empezamos a comer en silencio. Qué rico está lo que sea cuando se tiene hambre. Y qué pereza pensar en que tengo que poner a sacar todas las cosas de la maleta.
—¿Has venido en AVE? —me pregunta.
—Sí, con el pedazo maleta que traigo, facturarla en avión me hubiera costado un ojo de la cara.
—A mi me encanta ir en tren. Es tan… vintage —me dice con mirada soñadora—. Me encantaría poder hacer alguno de los viajes a través de Europa que se hacían a principios del siglo XX. En el Orient Express, o algo así. ¿Sabes si aún existe?
—Pues, no. No tengo ni idea.
Paula ya no me parece tan normal. Dos de dos, y ambas locas. ¿Dónde he venido a parar?
—Es que me encanta leer a Agatha Christie, ¿sabes? Y una de mis novelas favoritas es Asesinato en el Orient Express. Hércules Poirot encarna mi hombre ideal. No muy alto, no muy guapo, con un bombín ridículo… pero taaaan inteligente y observador. Además, es belga, que es lo más parecido a un francés que existe. Ya sabes, el amour y el oh lalá.
—Ah. Sí. Claro. Completamente lógico. —Le doy la razón de los locos. Estoy empezando a pensar que me he metido en un psiquiátrico simulado o algo por el estilo. O es que en esta ciudad la contaminación es tan alta que afecta a los niveles de CO2 del cerebro.
—¿Te gusta leer?
—Sí, mucho.
—¿Y qué tipo de novela?
A ver, cómo le digo yo que leo novela romántica sin que me mire como si fuese idiota. El mal karma que arrastramos las lectoras de romántica no es nada sano.
—Me gusta de todo un poco —digo así, generalizando.
—A mí también. Pero lo que más, la novela negra y la romántica, ¿te lo puedes creer? Nada que ver un género con el otro.
¡Aleluya! ¡Lee romántica!
—Yo adoro la romántica. ¿Qué autoras te gustan?
—Uf, muchas. ¡Hay tantísimo donde escoger hoy en día!
Hablamos un rato de libros, y me quedo mucho más tranquila: no tendré que esconder mis novelas rosa, y no servirán para mi burla y escarnio. Tuve una mala experiencia en la uni, cuando un día me pillaron leyendo una. Ellos fueron gilipollas, como adolescentes de secundaria; y para mí fue bochornoso. Sobre todo porque acabé dándole una patada en los huevos a uno con el que me hubiera gustado acostarme. Antes de la tontería del libro, claro; después se me quitaron las ganas, que una es selectiva en estas cosas y, para mi gusto, los tíos han de tener un mínimo de inteligencia emocional.
Después de comerme los cereales, toca abrir la maleta y empezar a colocar todo lo que he traído de Madrid. Paula se ofrece a ayudarme, pero le digo que no hace falta. De manera educada, claro. No me gusta que hurguen en mis cosas, y menos alguien que todavía no conozco. Pero no se va, sino que se sienta sobre mi cama y empieza a parlotear sin ton ni son mientras yo empiezo a sacar mi ropa, libros y el resto, así que desconecto mis oídos para no oírla, algo que aprendí a hacer desde muy chiquita gracias a las interminables cantinelas de mi madre.
Hasta que oigo un nombre.
Alonso.
—¿Qué has dicho? —le pregunto.
—Que por la comida no te preocupes. Alonso ha dicho que traería un par de pollos a l’ast y patatas fritas cuando vuelva. Con que le pagues tu parte, será suficiente. Por la tarde te acompañaré al súper para que compres lo que necesites.
Alonso.
¿Alonso?
¿En serio?
No, no puede ser el mismo. Seguro que es una simple coincidencia, ¿verdad?
¿VERDAD?
Pues no.
A las tres de la tarde, cuando yo ya he conseguido guardar todas mis cosas, e incluso me ha dado tiempo de darme una ducha rápida y llamar a casa para decirles que he llegado bien, aparece él. Y sí. Es el mismo héroe gilipollas que interceptó mi aterrizaje en la estación.
Fantástico.
Simplemente fantabuloso.

Si quieres seguir leyéndo esta magnífica novela de Angélica Bovarí, búscala en Amazon. También está disponible en Kindle Unlimited.

Guardar

Guardar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s