Irresistible

CAPÍTULO UNO

La noche en que Steve me empeñó como si fuera un reloj viejo, yo estaba bañándome en el piso de arriba. Eran las ocho de la tarde y mi número empezaba a las once, así que tenía tiempo de sobra para dedicarme un par de horas a mí misma. Entonces Steve entró sin llamar y me tiró una toalla a la cabeza, cargándose todo mi zen, mi ki y mi feng shui.

—Vamos, Alex, sal de ahí —me dijo—. Tienes que venir a un sitio.

Le miré con fastidio, pero no le hice caso. Nunca le hago caso, ni a él ni a nadie, y mucho menos a la hora de mi puto baño. Es mi momento y me gusta que respeten mi intimidad, así que le ignoré. Pero al cabo de un rato empezó a enfadarse. Me gritó. Le grité. Me tiró del pelo para sacarme a rastras de la bañera. Le solté un puñetazo… Y así durante un rato. Lo que viene siendo una pelea callejera, solo que conmigo en pelotas. Luego al fin, cedí y fui a vestirme. Media hora después, cuando llegamos al parking, yo tenía un ojo morado. Pero deberíais ver cómo estaba él.

—¿Dónde vamos? —pregunté, al ver que pasábamos de largo su coche.

No me respondió. Steve no era la clase de tío que va a buscarte para salir a cenar, así que me imaginé que quería algo de mí. «¿Qué coño estará tramando?», me pregunté.

Giramos el último recodo del aparcamiento y entonces vi la luz al fondo, la mesa y las dos sillas, dispuestas allí como un despacho improvisado. Su hermano estaba en una de ellas. A la otra persona la tapaba con su silueta.

Steve solía hacer negocios en los reservados de La Ratonera, el local donde yo trabajaba por entonces. Era bailarina de pole dance. Como empleada, estaba sujeta a un contrato poco habitual, nada que ver con los que firman los trabajadores de oficina o las administrativas. Según el papel, yo pertenecía a la Ratonera, y por consiguiente, a Steve. El resto de mis compañeras estaban en la misma situación, algunas incluso peor, pues eran más que bailarinas. Todas pertenecíamos a La Ratonera… y éramos La Ratonera. Nosotras conformábamos el alma del negocio, su principal activo y productor de beneficios. Los tíos iban allí a gastarse la pasta por nosotras, por nuestros culos, nuestros coños y nuestras tetas. Y a pesar de eso, no valíamos nada.

Así pues, éramos de La Ratonera, y el gerente de La Ratonera era Steve. Al parecer, eso le había hecho creer que nosotras éramos de su propiedad.

—Nadie puede poseer un alma humana, a menos que trates con un brujo o con un demonio —le había dicho a Steve en una ocasión, cuando quiso meterse en mi cama con el puto papel como excusa—. Y tú no eres ni lo uno ni lo otro, solo eres un gilipollas.

Aquella fue la primera vez que le eché de mi cuarto. Lo intentó otras dos veces y a la tercera escarmentó, llevándose un oportuno rodillazo en las pelotas de regalo.

En fin, como estaba diciendo, Steve hacía negocios en los reservados, pero para las cosas realmente turbias montaba reuniones en el garaje. Así que al ver que se trataba de una de esas reuniones, supe que iba a pasar algo muy chungo. Todo tenía un aire sucio, rudo, como de película de Tarantino. Además, Steve se comportaba de forma extraña. Solía ser un chulo insoportable y altivo, pero esa noche parecía muy nervioso. Sus ojos brillaban como los de un perro asustado y tenía la cara pálida.

Nos detuvimos delante de la mesa y su hermano Brent se levantó para hacernos sitio.

Esa fue la primera vez que vi en persona a Crowley Hex. Y la verdad, impresionaba.

. . .

No soy famoso por mi paciencia. Son pocos los que saben hasta qué punto se me pueden tocar las pelotas, y estos tíos ya habían superado el límite con creces.

Estaba sentado en la mesa de la «oficina» del gilipollas de Steve: el garaje cochambroso de La Ratonera. Un lugar muy apropiado para esos chulos de baja estofa. Dos años atrás había tenido la brillante idea de invertir en aquel tugurio y por entonces llevaba meses sin ver el dinero que me correspondía. Les había dado un par de avisos, más que suficiente. Mis socios sabían con quién se la jugaban, me conocían más allá de los focos de los escenarios y los flashes de las cámaras, por eso no necesitaba amenazarles para que se acojonaran.

—Normalmente no doy más de dos meses de plazo a los morosos. ¿Sabéis cuánto tiempo lleváis sin hacerme llegar mi parte? —Miré a Brent y seguí dándole la chapa mientras esperábamos a Steve—. Seis meses. Seis putos meses.

Me eché hacia adelante y apagué el cigarro en la copa de Jameson de ese capullo. Brent era el hermano menor de Steve y sus ojos me recordaban precisamente a los de una rata, saltones y de expresión nerviosa.

—Estamos seguros de que quedarás satisfecho. Es un seguro, tú te llevas a uno de nuestros mejores activos hasta que podamos devolverte lo que te debemos. ¿No te parece un buen trato?

—Una mierda es lo que me parece. ¿Para qué quiero yo un rehén? ¿Esto qué es, la mafia china o qué?

—No es un rehén. No lo veas así. Es una de nuestras estrellas. Seguro que te gusta. —Su sonrisa de baboso aumentó mis ganas de reventarle la cara con el puño—. Encontrarás algo que hacer con ella durante estos días, estoy convencido.

Iba a responder algo cuando el repiqueteo de unos tacones sobre el asfalto me hizo volver la mirada sobre el hombro de aquel idiota. Steve había llegado y se acercaba a nosotros acompañado por una chica. «No, una chica no. Una mujer», me corregí mentalmente. Y es que cualquier diminutivo parecía ridículo para referirse a ella.

—Ah, ya estás aquí.

Brent saludó a su hermano y todos se acercaron a la mesa.

Ella era alta, casi tanto como yo, y tenía el pelo negro y húmedo, igual que el petróleo. Caminaba al lado de Steven como si flotara, aunque el tío la tenía agarrada del brazo de muy mala manera, pero no parecía atreverse a empujarla. Vestía unos pantalones vaqueros y botines de tacón, una blusa de tirantes que imitaba la lencería de encaje y una chaqueta de piel mullida, semejante al pelaje de un gato, color negro. Tenía los ojos verdes y luminosos, felinos, y una mirada directa y valiente. En el rostro ovalado destacaban una nariz pequeña y recta y los labios simétricos, carnosos, pintados de rojo intenso. Me di cuenta de que llevaba un ojo hinchado y de un feo color violáceo.

Nada más verla, las palabras de Brent cobraron sentido de inmediato. Hasta se me había secado la boca. Entrecerré los ojos y me bebí mi copa de un trago, deleitándome la vista mientras mi imaginación se disparaba. Era preciosa y además tenía clase, nos miraba como si ella fuera una reina y nosotros unos muertos de hambre. No entendía qué hacía allí, con esa gente.

—Buenas noches, Crowley —me dijo Steve nada más detenerse frente a la mesa.

—¿Pensáis pagarme con una de vuestras putas y ni siquiera os dignáis a traerla en buen estado?

—Puta lo será tu madre —soltó la mujer.

Lo dijo así, sin más. Desapasionadamente. Apenas me miraba por el rabillo del ojo, como si yo fuera una maldita piedra o algo igual de insignificante.

Y aquellas fueron las primeras palabras que me dirigió Alexandra.

. . .

Pues sí. El tío con el que Steve y Brent se habían reunido era Crowley Hex, el cantante de Masters of Darkness, un grupo de rock multimillonario que hacía giras mundiales y vendía millones de discos con cada nuevo lanzamiento. Y estaba ahí, delante mía.

Me gustaban mucho Masters of Darkness. Tenía todos sus discos, seguía sus redes sociales y hasta tenía una camiseta. Las imágenes que había visto de Crowley en las revistas, en la televisión, en Internet, pasaron por mi mente a toda velocidad. Siempre posaba provocativamente: con los ojos pintados de negro, vestido con apretados pantalones de cuero que marcaban su anatomía, con el torso desnudo, sacando la lengua, enseñando el dedo corazón a la cámara, mordiendo una guitarra eléctrica, morreándose con sus compañeros de grupo y con las fans… Sí, era una superestrella. Y sí, le admiraba, sabía sus canciones de memoria e incluso alguna vez me había masturbado pensando en él. Pero por muy guay que fuera, a mí no me iba a llamar puta, hombre.

Cuando le respondí, frunció el ceño con sorpresa. Luego se echó a reír.

—Vaya, vaya. Parece que necesitas una lección de modales.

—Pues no creo que me la vayas a dar tú, precisamente —repliqué. Él se levantó, acercándose a mí. Tenía los ojos azules, brillantes, y me escrutaba con esa expresión fija de los depredadores. Sentí un leve estremecimiento en la espalda. Estaba acostumbrada a que me mirasen de muchas formas, pero aquellos ojos de lobo nunca los había visto en ningún hombre. Me volví hacia Steve—. Si lo que el señor Hex desea es una puta, deberías haberle traído a Suzanne. Esa barriobajera es más de su estilo.

Steve no respondió, algo nervioso con la situación. Seguramente empezaba a pensar que no había sido muy buena idea traerme. Entretanto, Crowley me rodeó, estudiándome como si fuera una pieza de museo. Intenté no apartarle la mirada y aproveché para estudiarle también a él.

Ya sabía que era guapo, pero en directo ganaba aún más. El pelo rubio le llegaba hasta los hombros. Tenía rasgos muy masculinos: mandíbula fuerte, nariz recta y algo respingona, pómulos marcados y barbilla cuadrada cubierta por una barba de tres días. La camiseta sin mangas se ceñía a su cuerpo musculoso y los vaqueros ceñidos revelaban que ahí adentro guardaba un buen instrumento. No era solo que fuera guapo y estuviera bueno… es que exudaba peligro y sensualidad. La forma en que se movía, la actitud, sus ojos, todo. Me encontré pensando en cosas impropias.

—¿Sabes por qué estás aquí, muñeca? —me preguntó.

Me había quedado mirando los tatuajes de sus brazos hasta que me habló. Ver que ignoraba a los demás y se había dirigido directamente a mí me despertó un cosquilleo de satisfacción en el estómago. Aun así, no me ablandé.

—No, pero me lo vais a explicar ahora mismo.

Steve se puso aún más nervioso. No dejaba de mirarnos, atento a la reacción de Crowley y a la mía.

—Te vas a venir conmigo unos días, hasta que este imbécil me pague lo que me debe —dijo Crowley.

Steve se apresuró a intervenir.

—Solo tienes que quedarte con él una temporada, nena. En cuanto reúna el dinero te traeré de vuelta.

Sonreí. El muy gilipollas pensaba que me preocupaba alejarme de él.

—Así que se trata de eso. Soy una especie de garantía. —Miré a Steve con frialdad—. Eres un hijo de puta.

El contrato que había sobre la mesa era el mío, ese que no se parece en nada a los que firman los oficinistas. Ahora se lo iban a traspasar a Crowley. Me sentía ofendida, sí, y también vejada, pero era una ocasión perfecta. Si lograba hacer desaparecer ese maldito papel, sería libre. Libre al fin.

Alcé las cejas y suspiré con hastío.

—Bueno, acabemos con esto de una vez. Habéis interrumpido mi baño y me gustaría reanudarlo cuanto antes. Sea donde sea.

Crowley me miró con sus ojos azules y penetrantes y dibujó una sonrisa de lobo. Supuse que me dejarían hacer las maletas, por lo menos. No pensaba dejar ahí mi eyeliner para que esa furcia de Suzanne me lo robara.

. . .

Steve y yo no firmamos nada. Ni siquiera le estreché la mano, estaba aún cabreado y quería marcar bien las distancias con él. Cuando dimos el trato por cerrado, le solté un par de amenazas más y luego Steve se acercó a besar en la mejilla a la mujer.

—Pórtate bien, nena —le dijo—. Pronto estarás de vuelta en casa.

La mirada de asombro y burla que ella le dedicó estuvo a punto de hacerme reír. Después, los dos idiotas desaparecieron y nos quedamos solos en el garaje. Cuando llegué a aquel sitio, la cochera apestaba a gasolina y aceite de motor pero ahora que Alexandra estaba allí su perfume parecía envolverlo todo. Y no solo eso. Al quedarnos a solas, una extraña tensión empezó a fluctuar entre los dos, algo vibrante y provocador, como un hechizo. Ojeé el contrato y me encendí un cigarro, repasándola de nuevo con la mirada: la piel clara y perfecta, esa boca roja y jugosa, las voluptuosas curvas de su cuerpo y la mirada desafiante.

—Así que… Alexandra Mills. ¿A qué te dedicas exactamente? —pregunté.

Ella se acercó. Mi presencia no parecía imponerle lo más mínimo. Cogió mi paquete… de tabaco y se fumó uno de mis pitillos, prendiéndolo con mi mechero y guardándoselo después en el escote, como si fuera suyo y tuviera todo el derecho. Apoyó el culo en la mesa y me respondió sin mirarme.

—Soy bailarina y relaciones públicas.

—¿Relaciones públicas?

—Sí. Relaciones públicas, sin más. —Me miró con asco, de arriba a abajo—. No soy puta, si es lo que te estás preguntando.

—Yo no he dicho eso, princesa.

—No me llames así.

Volví a sonreír. Ella me devolvió una sonrisa fría y sarcástica. Dios, me gustaba muchísimo esa mujer, y eso que acababa de conocerla. Pero cada cosa que hacía me despertaba lenguas de fuego por dentro. Me la habían traído como una ofrenda, y sí, resultaba apetecible, pero no era ni de lejos una gacela herida. Más bien me recordaba a una pantera. Una pantera sujeta por una simple cuerda, sostenida por el idiota de Steve. Steve… Esa rata sería incapaz de mantener a alguien como ella bajo control.

—Si han montado todo este numerito es porque no pueden darme lo que quiero. Aunque, sinceramente, no entiendo por qué te han traído a ti. Me pareces más bien un regalo envenenado.

Alexandra alzó una ceja, circunspecta.

—No soy un regalo. Lo del veneno ya es otra historia.

«Seguro que tienes una buena reserva de eso, nena», pensé. No me había pasado desapercibida la tensión que había entre Brent, Alexandra y Steve, la manera desafiante en la que ella les había mirado y tratado hasta que se fueron. Esa rebeldía me provocaba un cosquilleo de excitación, pero también me agradaba el hecho de saber que la mujer era, de alguna manera, valiosa para ellos. Me gustaba quitarle a la gente aquello que apreciaban. Sobre todo a los gilipollas.

—¿Cómo es que estás aquí con ese carácter? No pintas nada en un lugar así.

—Y tú qué sabes, si no me has visto en tu vida —me soltó. Me hablaba como si fuera un crío estúpido—. Aun así, hay cosas para las que viene bien tener a alguien como yo. A veces vienen clientes importantes. Algunos son extranjeros, y yo hablo tres idiomas. Así que les doy conversación. Conversación a su altura.

—¿Bailas para ellos?

—Bailo para ellos, les hablo en su idioma… les ofrezco cosas.

—¿Drogas?

—Lo que Steve quiere que les ofrezca.

—¿Te los follas?

Me miró, de nuevo con esa expresión cortante.

—¿Qué parte de «no soy una puta» es la que no has entendido?

—No hace falta ser puta para acostarse con…

—No, no me los follo —me interrumpió—. ¿Has terminado ya con el tercer grado? Quiero ir a recoger mis cosas.

Alexandra era valiosa para Steve y Brent, sí, pero estaba cada vez más convencido de que semejante fiera era demasiado para dos ratas como esas. Y aunque su valor no compensara todo lo que me debían, seguro que sacaría provecho de la satisfacción de arrebatársela durante algún tiempo.

Había seguido fumando, mirándola tranquilamente mientras fingía estar pensando si me interesaba o no el trato. Para alguien como yo, que solo debe sacar la billetera para conseguir lo que desea, aquello se presentaba como una aventura diferente. Estaba harto de los lameculos, y Alexandra me parecía un cambio, un soplo de aire fresco. Por no mencionar que estaba buenísima.

—Posiblemente ganes más tú que yo con este negocio. Al menos estarás alejada de estos gilipollas durante una buena temporada.

Ella sonrió a medias. Parecía de acuerdo.

—Qué mas da. No es que yo tenga mucho que decir en todo esto. —Aspiró una calada, mirándome de reojo. Luego expulsó el humo entre los labios—. ¿Y ahora qué?

—No hace falta que vayas a recoger nada. No vas a necesitar nada más de este lugar —dije al fin, mientras me ponía en pie y apagaba el cigarrillo, aplastándolo contra el tablero de la mesa.

—¿Eso crees? —replicó misteriosamente. Cambió el peso del cuerpo y ladeó la cabeza con un movimiento natural pero muy sexy. No me miraba, intentaba aparentar que yo no le interesaba lo más mínimo pero yo sentía su atención sobre mí; la sentía en la extraña gravedad que se había creado entre los dos—. Imagino que tendrás un buen coche. Por lo que dicen en las revistas, ganas lo suficiente como para permitírtelo.

Iba a responder cuando, de pronto, ella se dio la vuelta para marcharse y un inesperado latigazo de excitación me azotó los nervios. Sentí el impulso de agarrarla y llevarla a rastras a la calle, pero me contuve, tomando aire despacio por la nariz, mirándola mientras echaba a andar, desafiándome con cada contoneo de sus caderas. El corazón se me había acelerado en el pecho y un calor semejante al de la ira se derramaba en mi propia sangre.

—Si hubieras leído lo suficiente sabrías que prefiero las motos, así que no traigas demasiado equipaje, princesa.

No esperé a que desapareciera. Sabía que vendría, no tenía otro lugar al que ir, y Steve no la detendría aunque comenzase a arrepentirse de lo que había hecho. La verdad es que esperaba que estuviera haciéndolo en esos momentos. Salí al exterior, donde mi flamante Harley negra esperaba sobre el pavimento cuarteado del callejón trasero de La Ratonera. Me apoyé en el asiento y saqué otro cigarrillo del paquete casi vacío.

Cuando fui a encendérmelo me di cuenta de que Alexandra se había quedado con mi Zippo. Sonreí, dejando que mi mirada se perdiera en la oscuridad de la calle.

Alexandra era agresiva y fría, pero algo había empezado a bullir entre nosotros. Era un magnetismo carnal, primario. Casi animal. Podía reconocer en ella el mismo fuego que yo tenía dentro. La había visto espiarme a escondidas mientras yo hablaba con Steve, recorrer mis tatuajes con la vista, los ojos brillándole de deseo, y luego detenerlos en mi entrepierna, justo debajo de la hebilla de mi cinturón. Fue disimulada, pero no lo suficiente para mí, que estaba atento a todo cuanto hacía. Esa atracción que yo creía ver tenía que ser real. Por fuerza tenía que serlo. Y si no, yo haría que lo fuera.

Cuando me alejé de él lo suficiente, pude volver a respirar con normalidad. Estaba excitada, alterada, igual que si me hubieran dejado a solas con un animal salvaje cuya naturaleza todavía no comprendía. No era miedo, no. Era algo diferente. Curiosidad, tal vez. Y el maldito Crowley era… era… no podía explicármelo. La manera en que me miraba, el timbre de su voz, esa forma de moverse, lenta pero estudiada, como si fuera a saltar sobre mí en cualquier momento… Dios, no tenía nada que ver con la clase de gente a la que me había acostumbrado en aquel garito de mala muerte. Nada que ver. Ese hombre era dinamita pura. Y una parte oscura de mí misma sentía un deseo malicioso de encender la mecha.

Apenas tardé diez minutos en hacer el equipaje. Una vez hube terminado de guardar mis zapatos, corsés, vaqueros, vestidos y lencería, me dirigí hacia la planta baja. Steve me miraba con rabia mientras fumaba el cigarrillo como si quisiera absorber la vida de Crowley a través del filtro del Marlboro. Sus ojos gélidos me seguían por la galería del piso superior, pegados a mí mientras hablaba con las demás chicas y me despedía de ellas. Cuando me dirigía hacia la puerta arrastrando dos maletas con ruedas y con el bolso al hombro, me agarró por el brazo.

—Cualquiera diría que te marchas para siempre —me dijo con una amabilidad tan cortante como el filo de un cuchillo.

Me deshice de su presa con un movimiento brusco.

—Y a ti qué más te da. Si valgo tan poco que me dejas empeñada como un reloj de bolsillo o las joyas de tu abuela, tienes que considerar la posibilidad de no poder recuperarme.

Me volvió a agarrar, apretando con fuerza los dedos alrededor de mi brazo. Le miré con rabia. Pero la expresión que vi en su rostro por primera vez me hizo sentirme en peligro.

—Esa posibilidad no existe —me dijo—. Tenlo claro. Y asegúrate de que a Crowley no se le olvide. ¿Lo has entendido, nena?

Steve me había sacudido en más de una ocasión. No es que fuera a quejarme, porque yo también le sacudía a él, y generalmente era quien salía peor parado. Nunca fui una mujer fácil. Sin embargo, en ese momento me di cuenta de que había un riesgo peor que no estaba contemplando. Hay hombres capaces de hacer cualquier cosa para salirse con la suya, sobre todo los hombres sin carácter ni valor alguno, como Steve. Tal vez fue esa sensación de verdadero peligro lo que me hizo reprimirme y no responder nada desafiante ni hiriente. Me limité a soltarme de nuevo y eché a andar hacia las escaleras. Apresuré el paso cada vez más y me metí en el cuarto de baño del piso de abajo para maquillarme. El club todavía estaba muy vacío, apenas eran las diez de la noche y aún no había público salvo los cinco o seis salidos de turno sentados en los sillones de cuero y terciopelo.

Saqué el estuche de maquillaje del bolso y me pinté los ojos, trazando la línea negra y embadurnando bien mis pestañas de rímel. Luego me retoqué los labios y lo guardé todo de nuevo, dirigiéndome hacia el garaje.

Cuando salí al callejón trasero, miré a Crowley y a su Harley Davidson como si no fueran más que un chaval de instituto y su scooter. En realidad adoraba esas motos. Pero él no tenía por qué darse cuenta. Me detuve a su lado con las maletas y saqué el móvil. Marqué un número y esperé a que diera señal.

—¿Taxi? Necesito que venga a recogernos.

Le di la dirección al taxista y me encendí otro cigarro con su mechero mientras esperábamos. Él me miraba con aquellos ojos de lobo y sonreía con malicia.

—¿Qué pasa? —solté, agobiada por su insistente mirada—. Alguien tendrá que llevar mis maletas.

Crowley se rió, pero no se opuso. Cuando el taxi llegó, me ayudó a cargar el equipaje y luego subimos a su moto. Me agarré a su cintura, pensando en el extraño giro que acababa de dar mi vida. La verdad, acabar saliendo de la ciudad a lomos de una Harley y abrazada a la cintura de Crowley Hex no era mi idea de una noche miércoles, pero qué demonios. Mientras él conducía, deslicé la mano con sutileza sobre su pecho. Él volvió la cabeza hacia atrás y me miró con malicia. Le dejé que pensara lo que quisiera. Mi interés era muy diferente a lo que él creía. Le sonreí. Había sentido el crujir del papel debajo de su chaqueta, justo en el lugar en el que se había guardado mi contrato.

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